domingo 12.07.2020

Cataluña, y III

Don Enrique, hombre de progreso, que se había formado educativa y profesionalmente en Francia y Alemania, siempre tuvo a Cataluña como motor de la península, seguramente la región más europea.

“Cataluña resulta en la Península española una personalidad bien determinada y clara. Cataluña en la historia siempre fue un pueblo científico de negociantes y mercaderes; un pueblo dispuesto á sacar partido de todos los beneficios que la naturaleza encierra, á vivir en paz con el mundo, y á aprovechar esta buena situación de amistad y tolerancia de los hombres para poder cambiar entre ellos sus recíprocos servicios.”

(Enrique Diego-Madrazo: ¿El pueblo español ha muerto?, 1903, 212)

La evolución progresiva de la sociedad catalana se hará por el procedimiento de la rectificación; rectificando un detalle hoy y otro mañana, llegará á su perfección social

“Late en el espíritu catalán un sentimiento tan real y positivo de la vida, que no comprenden otros procedimientos de perfección y progreso humanos que los realizados por el trabajo, aplicando el arte y la ciencia por medio de la industria y el comercio á su mejoramiento social é individual, teniendo todo lugar en el seno de la concordia entre los hombres. Esta es el alma catalana, éste es su hermoso ideal, lleno de justicia; y mientras se agitó bajo la influencia de este ideal suyo, cultivó sus libertades, único ambiente en el cual podía desenvolverse, y al cual debe volver si aspira á realizar su misión histórica. El espíritu positivo del carácter catalán, que arranca de la propia observación de los hechos, que parte siempre de una realidad para sacar de ella deducciones que le reporten ventajas, que no sueña jamás, que no asienta como punto de partida de sus juicios y determinaciones una hipótesis ó una elucubración idealista á donde no alcanzan nuestros míseros sentidos, que no se siente humillado en pensar tan bajo y á ras de tierra que no puedan los sentidos apreciar lo sensato y lo insensato, que en sus aspiraciones modestas le basta con ver claro lo que le rodea y sacar de ello el mejor partido, que sin olvidar las sublimidades del cielo no desprecia las cosas de la tierra –que por algo nos ha puesto Dios de pie en ella y nos dijo: anda, trabaja y goza de sus hermosuras que son las mías-; su espíritu positivo y científico, vuelvo á decir, le crea una independencia de juicio en su pensamiento, que no admite imposición alguna, y necesita de la libertad para moverse en la dirección de sus aptitudes, como el aire para respirar. Su absoluta libertad de acción le pide la necesaria, la obligada rectificación diaria de su conducta; la evolución progresiva de la sociedad catalana se hará por el procedimiento de la rectificación; rectificando un detalle hoy y otro mañana, llegará á su perfección social; serán los hechos los que le hablen al oído y le digan lo que debe hacer; su conducta será siempre racional y obedecerá á una verdadera é imperiosa necesidad. Tengo la seguridad que si fuesen catalanes los directores de la sociedad española, y los hechos les demostraran que el alcohol era un gravísimo perjuicio para la especie humana, y que la taberna era un foco de perversión é inmoralidad, sin tener en cuenta las abstracciones del derecho ni las grandes síntesis ideológicas, le habían de convencer de que aquello que veían con sus ojos era cierto, y que las ventajas llegarían hecha la rectificación. No aguardarían los catalanes un siglo para hacer un código penal en espera de resolver los fundamentos teóricos en que debe basarse la penalidad, ni á que el código saliese completo, de un solo golpe, bajo una esencial teoría y de allí todo derivado, sin que nada quedara fuera de aquel molde, que todo lo comprendiese y que de una vez, y para siempre, llevase en sus entrañas la verdad y la justicia; no, el catalán comenzaría por un código, que quizás sería muy malo, mas en cuanto los hechos le fueron mostrando las deficiencias, se apresuraría á rectificarlas, y así rectificando un año y otro, constantemente, llegaría pronto á poseer un código aproximado á las exigencias sociales. En cambio estos idealistas y teólogos que venimos padeciendo, no llegarán jamás á tener ni leyes justas ni á organizarnos de un modo apropiado á nuestras necesidades. Desde que tengo uso de razón estoy viendo á los fiscales de las Audiencias dar informes anuales de imperfecciones en leyes de gran trascendencia social, y al Fiscal del Supremo quejarse igualmente de la injusticia en que se vive y proponer reformas; pero como estas implican la quebrantación de una gran teoría, que es el fundamento de todo el sistema, no se puede tocar en las leyes hasta que de una vez se encuentre ya suficiente motivo para que la modificación las comprenda en su totalidad y se crea llegado el caso de volverlo todo patas arriba. Así, así lo hacemos acá por Castilla, y estriba sencillamente en que nosotros carecemos del carácter científico de los catalanes, de ese espíritu positivo que está reñido con los idealismos de los grandes teorizantes, de esos que viven en las altas regiones donde discurren más las imaginaciones locas y fantásticas que el alma sensata, que busca su convencimiento dentro de la realidad y sobre la superficie de la tierra en que vivimos” (Ibidem, 1903, 212-214).

Hasta aquí, la parte más fundamental de lo que escribe don Enrique sobre Cataluña hace más de un siglo. Hombre de progreso, que se había formado educativa y profesionalmente en Francia y Alemania, siempre tuvo a esta región como motor de la península, seguramente la más europea. Más tarde, defiende el derecho de Cataluña “á volver á su antiguo ambiente de libertad y autonomía” para su desarrollo, sin descanso, debiendo trabajar incluso para el logro de los demás pueblos de España:

“…no sólo os debéis á vosotros, a vuestra región, sino también á todas las demás, y debéis hacer esfuerzos por tomar la dirección de una sociedad, que hoy por hoy, es impotente para dársela á sí misma”.

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