viernes 30/10/20

Cleopatra y el atractivo de Egipto

Ya desde la adolescencia, esta reina tan joven impresiona intensamente por sus conocimientos y su mágica personalidad. Precisamente con esos recursos contentó y enamoró al general romano Julio César.

El tema y las diversas exposiciones que ha habido, al menos desde hace cinco años, persiguen allegarnos no solamente a lo mitológico y a lo que tiene de fabuloso el personaje, sino asimismo a la personalidad de esta reina y al escenario temporal en el que tuvo que interpretar su vida. El centro que pivota y nos guía es la última monarca del antiguo Egipto, Cleopatra VII, y de la que, siguiendo su recorrido, podremos ver múltiples facetas suyas -las que queramos, según las que nos hayan sostenido más su historia y su mito-: la apasionada, la mujer, la monarca grandiosa, la que gobernó con Ptolomeo XII -su padre-, su hermano, su esposo, y Ptolomeo XV, su hijo, y la política dirigente.

No es de extrañar esta querencia de su padre por ella, si nos fijamos que su nombre quiere decir ‘gloria de su padre’

Es un camino embriagadoramente atractivo hacia el Egipto en su Período Helenístico, y más concretamente en la Dinastía Ptolemaica, centrándonos en los años 51-30 a. C. Los recursos utilizados recuperan el colosal origen culto e ilustrado del Nilo y Egipto, vertebrado por el primero; de Alejandría, recordada con honor como cruce y alternativa de la combinación intercultural; y, a su vez, de Roma, la beneficiaria de la autoridad y poder de Egipto, en la política -hacienda pública- o en la religión -entrada de la veneración a Isis. El gato, el animal de la civilización egipcia venerado por antonomasia y del que se reconoce que Cleopatra le apreciaba con singular encantamiento.

Entre las composiciones que destacan y más nos pueden influir en nuestras lecturas, brillan el sarcófago antropomorfo (s. IV a. C.); la lámina de Cleopatra (1888) pintada por el pintor inglés, nacido en Roma, John William Waterhouse; o el retrato de la cabeza de Cleopatra, de mediados del s. I a. C.). Asimismo, igualmente podemos conocer una parte del equipo y vestuario del que se sirvió Elizabeth Taylor protagonizando a Cleopatra en el filme (1963) del mismo nombre dirigido por Joseph Leo Mankiewicz. En fin, un muy buen provecho para presenciar la cultura del Antiguo Egipto mediante la arqueología, la historia y en definitiva el arte.

PERO QUIÉN FUE CLEOPATRA

Cleopatra se vio así obligada a utilizar parecidos recursos que los demás, aunque seguramente con un arte más elevado

Nacida en Alejandría, capital de Kemet -‘tierra negra’, por el exuberante barro negro que se sedimenta en cada desbordamiento del Nilo, diferente a las ‘tierras ocres’ del desierto-, es decir, Egipto, en el año 69 a. C., le deja el trono su padre Ptolomeo XII cuando muere en el año 51 de la misma era, lo que la hace la soberana más joven del vasto imperio. No es de extrañar esta querencia de su padre por ella, si nos fijamos que su nombre quiere decir ‘gloria de su padre’. Ya desde la adolescencia, esta reina tan joven impresiona intensamente por sus conocimientos y su mágica personalidad. Precisamente con esos recursos contentó y enamoró al general romano Julio César, el cual hubo de rehabilitarla en el sitial cuando su hermano y marido, Ptolomeo XIII, y su hermana menor Arsinoe conspiraron por el poder en Egipto. Era normal en la cultura ptolemaica casarse entre hermanos; también, decir que las relaciones entre Roma y Egipto no dejaban de ser las de una soberanía tutelada por la república romana.

SIN EMBARGO, ROMA NO PAGA A TRAIDORES

Cleopatra, la última reina ptolemaica, va diseñando su final, su camino postrero. Debe de ser difícil reinar o gobernar, por una parte bajo los auspicios interesados de un imperio, el de Roma; y por otra, cuando es necesaria esa ayuda externa porque en tus propios dominios hay otros aprovechados de tu propia familia, que tienen demasiada prisa y mucha hambre de poder y, sin parar mientes y consecuencias, no les duelen prendas en morder las corvas al más cercano y al que creen más débil.

En una vida palaciega, en donde los chismes y chismorreos servían solo para la destrucción y en que lo que hoy podía estar claro amanecería totalmente oscuro a la mañana siguiente, las insidias, asechanzas y malas intenciones prevalecían. Cleopatra se vio así obligada a utilizar parecidos recursos que los demás, aunque seguramente con un arte más elevado, el arte político capaz de adelantarse a los hechos, o a quien se pretende sacar algo, sin que este aún no lo haya ni vislumbrado.

Sin embargo, también sería capaz de decidir su suicidio cuando se vio cercada y perseguida en Alejandría por Octavio, debido a las relaciones que mantuvo con el cuñado de aquel, Marco Antonio. Este se divorcia de Octavia, la hermana de Octavio, al tiempo que se desliga de Roma, rompiendo con ella: a su vez, testa a favor de Cleopatra. El Senado, por su parte, se ve obligado a apartarle de sus atribuciones y competencias, y resuelve declarar a Egipto la guerra, que era lo que deseaba.

Abandonado por su ejército, Antonio se suicida, y  Cleopatra, decidida como siempre, hace lo propio que su amado. Se quita la vida para que Octavio, el primer emperador que hubo en Roma, el vencedor de Alejandría, no la arrastrara por la capital del imperio romano, presentándola a ella y a sus hijos como un botín de guerra. Acaba así la realidad y el mito de un personaje que aún sigue siendo primera plana en el cine, en la cultura y en el recuerdo, la reina que dominaba doce idiomas y estaba versada en astronomía, matemáticas, filosofía u oratoria.

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