sábado 31/10/20

Crónica sobre 'La Cruz de Danzania'. II Los niños no entienden de marginaciones

Una marcha numerosa de niños, unos andando, otros corriendo, y todos charlando y riendo, acompañaron a la familia a su nueva y ocasional vivienda en un pueblo de al lado. Algunos lo hacían en bicicleta abriendo aquel cortejo de alegría y bullicio, hubo quien se subió a lomos del mulo que transportaba los exiguos bártulos que tenía la familia. Y todos muy contentos porque sus amigos en los juegos y compañeros de clase no se iban lejos, dormirían algunos días más cómodos y calientes y, sobre todo, seguirían viéndose en el colegio

Como solía suceder siempre donde se hallaba Hester, se había formado a su alrededor un pequeño vacío, como un círculo mágico en el cual, aunque la gente se estuviera apretujando a corta distancia, nadie se aventuraba o se sentía dispuesto a entrar. Era un ejemplo evidente de la soledad moral en la que la letra escarlata había envuelto a su poseedora, en parte debido a su reserva personal y en parte al retroceso instintivo, aunque ya no adverso, de sus semejantes.
Nathaniel Hawthorne, La letra escarlata, Cap. XXI

El mayor disparate de un gobernante es engañar con ardides a una familia con cinco menores, entre ellos un bebé y una pequeña con microcefalia con los consiguientes problemas de falta de equilibrio y dificultades en la orientación y visión. El regalo era el ofrecimiento de un nuevo lugar de aposento al que la familia, buena conocedora del pueblo, fue en su búsqueda: un potro de herrar alejado y viejo que, sin embargo, estaba cerrado; el pedáneo del pueblo, bien avisado por el preboste, hizo sus deberes y atarugó cualquier vía de protección con un sólido candado. Volvieron a la nave, pero lo más práctico en todo este asunto, para los poderosos sin autoridad alguna, había sido su definitiva demolición. Los De la Cruz no tenían adonde ir. Seguían siendo estrellas errantes.

‘“Los vecinos nos dicen que no nos marchemos, los profesores dicen lo mismo y mis hijos no se quieren ir”, explica Juan de la Cruz, jefe del pequeño grupo calé’ (Diario Alerta 20-X-1988).

Leonardo y su equipo conocían bien cómo podrían sucederse las cosas. Sabía que la familia De la Cruz estaba señalada con algún símbolo, bien letra, bien número, como lo estuvieron en su tiempo Hester Prynne en el agobiante Puritanismo calvinista de Nueva Inglaterra en el siglo XVII o los judíos en la Alemania nazi del XX. La letra de los De la Cruz era la pobreza, la lucha en el camino de su liberación y su trabajo y denuedo por librarse de la vejación y del ahogo de los esquemas sociales, morales y políticos que le ataban y limitaban ser felices y prosperar, paralizados para alcanzar la seguridad y una mínima  independencia.

LA TORPEZA Y LA MALA FE DEL PODER LOCAL FUE UN RETO Y UN ACICATE PARA HACER LO DEBIDO

Fueron unas pocas semanas vertiginosas en las que todo sucedía trepidantemente. Hubo petición de asilo a la Iglesia para la familia o alguna ayuda. Pero al cura joven del pueblo, todo le brotó como una urticaria. Se le dijo la posibilidad, evidentemente sin intención de realizarla, de llevar a descansar a la familia al pórtico de la iglesia. Él lo creyó así, se trastabillaron sus ideas y confesó que aquello sería inimaginable, que “las fuerzas vivas del lugar”, muy practicantes, “lo que quieren es que se marchen de una vez los De la Cruz del pueblo”; entre ellos, la vehemente abanderada era la esposa del alcalde. 

Habían pisado la cola de un tigre. En ese momento fue cuando la crónica comenzó a galopar, sin miramientos, sin mirar para atrás. Heliodoro, el concejal de Obras, terciaba en la controversia y justificaba, dando la cara por el alcalde, que no hubiese concejal alguno que se ocupase “en el municipio de los asuntos de Bienestar Social”, ignorando que a cualquier Ayuntamiento se le exigía el deber de conciencia y de respeto de hacer lo necesario para lograr un desenlace razonable para aquellos ciudadanos que, sin tener donde vivir, sus hijos estuviesen satisfactoriamente escolarizados.

Lo que urgía era “conseguir que los niños no pierdan la oportunidad de asistir a clase”

Entretanto, entre las mentiras, despistes varios y el absurdo trapacero del alcalde de hojalata por una parte, y por otra el único deseo que tenía la familia de que sus hijos aprendiesen, apareció la tercera en discordia, Elvira, que les facilitó su casa provisionalmente, hasta que su situación tuviese una salida, porque lo que urgía era “conseguir que los niños no pierdan la oportunidad de asistir a clase”, decía, sin comprender cómo el Ayuntamiento poseía algunas casas vacías, como la antigua escuela de una pedanía, ya desafectada para el servicio educativo, y en donde ya había vivido esta familia antes de que la expulsase la Guardia Civil por orden del Ayuntamiento.

Y LA CRUZ DE DANZANIA FUE UNA FIESTA

Hay días mejores y días peores, pero aquel día Pilar, la joven gitana y madre de los cinco niños, se sintió mucho mejor. La nueva perspectiva que tenían ahora, el acompañamiento en su nuevo éxodo hacia un lugar más humano y sin perder el colegio sus hijos le dieron una pequeña luz de esperanza. Aquella niebla tóxica y virulenta comenzaba a consumirse. Estaba desapareciendo. El día amaneció con aires de estabilidad y con el arrope de su pueblo. La tristeza se había anclado en ella y su familia, y aquel deseo, durante mucho tiempo cultivado, de no querer vivir más en el traje de una persona siempre triste, en una continua depresión que le fue marcando demasiadas desilusiones y decepciones, se disipó aquella mañana. Ya no le asustaba que, cuando los demás la veían pasar junto a su familia, se sintiese abandonada.     

La nueva perspectiva, el acompañamiento en su nuevo éxodo hacia un lugar más humano y sin perder el colegio sus hijos le dieron una luz de esperanza

Una marcha numerosa de niños, unos andando, otros corriendo, y todos charlando y riendo, acompañaron a la familia a su nueva y ocasional vivienda en un pueblo de al lado. Algunos lo hacían en bicicleta abriendo aquel cortejo de alegría y bullicio, hubo quien se subió a lomos del mulo que transportaba los exiguos bártulos que tenía la familia. Y todos muy contentos porque sus amigos en los juegos y compañeros de clase no se iban lejos, dormirían algunos días más cómodos y calientes y, sobre todo, seguirían viéndose en el colegio. En un mes escaso habían surgido entre ellos unos vínculos emocionales, afectivos y de aprendizaje tales que solo los niños pueden entender.

Para Juan Bois y sus hermanas todo eran sonrisas y emociones en aquel escenario. No recordaban ningún otro parecido a este. Tampoco los niños del lugar. Bois con la vibración de un pajarillo, una de las peculiaridades que poseía, corría hacia todos y les acordonaba con sus brazos. Las hermanas escolarizadas, María de la Salud y María de la Barquera, sin saber ni intentar saber por qué, también eran protagonistas del hechizo inexcusable y obligatorio que se respiraba en aquella situación.

La madre tenía en su magín el sentimiento, muy informe para acercarse a una idea o razonamiento aunque influyendo intensamente en su interior, de que nada en el espacio de su actividad en la vida, así antes como en aquel momento, estaba aislado o desconectado con esta oportunidad y este pueblo de Danzania, como si pudiera ser el vértice y el hilván que le asignaba identidad. No en vano aquí había trabajado su marido Juan cuando era un chaval, ayudando a abonar o a recoger la hierba, que siempre vivieron aquí los dos y aquí nació su primer hijo y que Juan podía decir de memoria e identificar los nombres de muchos vecinos, fieles testigos de que aquí habían vivido. Y al fin y al cabo, aquí, en el camposanto, estaba la sepultura de un hijo de sus entrañas. Todo a pesar de las vergonzantes expulsiones que hubieron de padecer.

(La próxima entrega será la tercera y la última acerca de la Crónica de La Cruz de Danzania).    
 

Crónica sobre 'La Cruz de Danzania'. II Los niños no entienden de marginaciones
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