Domingo 16.12.2018

D. Enrique Diego-Madrazo: las maestras y los maestros. Su formación, sus cualidades y virtudes (II)

La Pedagogía, según Diego-Madrazo, es incitar la curiosidad y disfrutar tanto la sensibilidad como la percepción con el fin de aplicar en el juicio e intelecto las realidades y actos que se han de obedecer, almacenar y retener.

Ya hemos visto cómo en el artículo anterior, "D. Enrique Diego-Madrazo: Las maestras y los maestros. Su formación, sus cualidades y virtudes. (I)", diversos autores coetáneos unas veces y otras simplemente contemporáneos de Diego-Madrazo y que, aun no teniendo una relación explícita entre ellos, pensaban y escribían en la misma dirección que nuestro ilustre pasiego.

Hoy traemos a colación al historiador, jurista, economista y político aragonés Joaquín Costa Martínez (Monzón, Huesca, 1846 - Graus, ib., 1911). Fue, quizás por ser más conocido, el representante más afamado del regeneracionismo, aunque nuestro cirujano cántabro, como otros, dejó constancia de su ardor y lucha en este movimiento intelectual del siglo XIX. En cuanto a Diego-Madrazo, su libro "¿El pueblo español ha muerto? Impresiones sobre el estado actual de la sociedad española" (1903), que llegó a estar prohibido y retirado de las librerías de Santander, da fe de lo que hablamos.

Diego-Madrazo entiende que la maestra y el maestro no han de estar al margen del orden que domina la evolución del “amasijo de nervio y carne del niño”

Costa, particularmente, insiste:

Hoy más que nunca se necesita desengañar a los pueblos y convencerlos de que no todo es lectura y aritmética en la vida, que el hombre no vive sólo de pan, y que con gran facilidad se tuerce el árbol en los primeros años si con particular cuidado no se le dirige (J. Costa, Maestro, escuela y patria (1980). En Ángeles Galino (Dir.). Textos pedagógicos hispanoamericanos (3ª ed.) (págs. 1075-1078) (Madrid: Narcea).

Al tiempo, en 1915, se descubre fácilmente algo parecido en D’Ors:

Hay una manera de dibujar caricaturas, de trabajar la madera y también de limpiar de estiércol las plazas o de escribir direcciones, que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección y armonía, y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo propio, y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer (Eugenio D’Ors, Aprendizaje y heroísmo. En Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, (1915), serie IV, vol. V, 15-16. Madrid: Clásica española).

No obstante, para ejercer el magisterio de niños, Diego-Madrazo entiende que la maestra y el maestro no han de estar al margen del orden que domina la evolución del “amasijo de nervio y carne del niño”, ni de cómo se desarrollan el hueso y el músculo, ni de qué manera

... los sentidos se van dando cuenta de los objetos, de cómo las sensaciones despiertan juicios y determinaciones, de cómo las ideas se asocian y saltan de uno a otro compartimiento del cerebro, y, por la voluntad o sin ella, nos pone en relación con el mundo exterior (Enrique Diego-Madrazo, Introducción a una Ley de Instrucción Pública (1918), 25. Madrid: Imprenta de los sucesores de Hernando).

De todo esto ha de tener la inteligencia necesaria el maestro, porque de las reglas mismas se vale cuando guía los convencimientos y los juicios que deben modelar el espíritu del niño. También,

... esta sapiencia debe comprender la casa que va a ocupar el infante, en donde ha de ejercitar la actividad de su vida (Ibidem, 25).

Aunque esta maestría se puede utilizar como toda erudición, el niño tan sólo con los esbozos, los fundamentos, con lo germinal, ya goza y puede apoyarse en lo equitativo y en lo cabal. Si entiende lo que significa una mota de polvo, o una gotita de agua o un rayo del sol, ya está colmado. De igual materia fue creado el universo, y alcanzó con

... una diminuta semilla para que la tierra hirviera de vida. Esto es lo que el maestro tiene que enseñar a su discípulo, y de tal aprovechamiento vivir todos  (Ibidem, 26).

La Pedagogía, según Diego-Madrazo, es incitar la curiosidad y disfrutar tanto la sensibilidad como la percepción con el fin de aplicar en el juicio e intelecto las realidades y actos que se han de obedecer, almacenar y retener. Tal vez radicalizando su discurso, piensa:

Todo el esfuerzo será del maestro, y ninguno del niño. Éste aprenderá jugando, para lo cual no pediremos a la reflexión más de lo suyo y vigilaremos su atención inquieta (Ibidem, 26).

A pesar de ello, interpreta quizá exhaustivamente pero con afinada observación dos distintas sensibilidades en los niños:

Pero qué diferencia entre el niño del campo, educado en aquel medio de libertad y de higiene, y este otro desgraciado de la ciudad, sometido á los moldes de un convencionalismo estúpido, que le encoge y aprieta por todas partes, que empequeñece su cuerpo, sin aire, luz ni ejercicio, y enflaquece su alma, que atada de uno y otro lado, va derechamente guiada siempre por mano ajena; que le sujeta á severas prescripciones que determinan la norma de su conducta; que la observación se le da hecha, sin que sus sentidos tengan que ejercitarse para nada, sin que su inteligencia tenga necesidad de moverse, porque también los juicios se le dan hechos; nada de comparar ni de juzgar; sin iniciativa, sin carácter, convertido en ser pasivo, sin independencia, viviendo por cuenta de los demás, sin voluntad, váse formando aquel espíritu pobre, ignorante, cobarde, sin confianza en sus fuerzas físicas ni en su corazón; ni sabe lo que es el cielo ni la tierra, ni conoce el hambre ni la sed, ni ha tenido goces ni dolores; no ha herido su alma la amargura del desastre, ni tampoco ha libado el deleite de la victoria (Diego-Madrazo, ¿El pueblo español ha muerto? Impresiones sobre el estado actual de la sociedad española (1903), 330-331. Santander: Imprenta y encuadernación de Blanchard y Arce).

En la enseñanza no debe rectificarse nunca, y siempre ir hacia adelante

Diego-Madrazo, en estos términos, no cumple con otra cosa más que pintar, definir y sintetizar su modelo de escuela y de educación. Acaso también el segoviano Juan Manuel Ballesteros (1794-1869), en su pedagogía de sordomudos, válida para los que no lo son, piensa en la prelación de la obtención de conocimientos, previa al adiestramiento en la gramática, cuando nos detalla:

Así es que podemos asegurar que toda instrucción que no comience por la nomenclatura de los objetos a que ha de dedicarse, carece de base, y quedará insegura y vaga; los niños saben los nombres de todo lo que les rodea antes de saber formar una frase (Juan Manuel Ballesteros, Manual de sordomudos y que puede servir para los que oyen y hablan (1836), 44. Madrid: Imp. del Colegio de sordomudos).

Ocho lustros más tarde, el pedagogo pasiego refiere, con la experiencia y observación aplicadas en las escuelas que funda en 1910 en Vega de Pas, que la diligencia, el cuidado, el talento y la práctica del maestro han de reparar en lo incalculable que una inteligencia y una memoria recientes,

... frescas, desalquiladas y sedientas de saber, son capaces de acumular si el maestro allega oportunidad e ingenio (Diego-Madrazo, 1918, 26).

Por lo tanto, hay que detestar, según él, lo que rebata, niegue

... y lleve la confusión al juicio del niño. Las enseñanzas serán una gradación ininterrumpida de observaciones, que de los fenómenos sencillos va a los complicados, pero sin que ningún día destruya la convicción del anterior (Ibidem, 26).

Por otra parte, nos hace observar, con su precisión de cirujano, que en la mente sensible del niño son labradas intensamente

... las impresiones, y con el mismo automatismo guarda un conocimiento verdadero que uno falso (Ibidem, 26).

Al alumno no se le ha de ilustrar en nada acerca del procedimiento de lograr y obtener conocimientos, ya que tan sólo su curiosidad y esmero le basta

Se le ha de apartar de lo que siempre va a ser insuficiente y, principalmente, de la trivialidad y volubilidad. Los rudimentos y todo aquello que es comunicable es algo previo a cualquier otra consideración, sobre todo si es innecesaria. Y porque lo vital, básico y sustancial es el origen, nos deja una máxima interesante:

En la enseñanza no debe rectificarse nunca, y siempre ir hacia adelante (Ibidem, 26).

Ya que eso es, según don Enrique Diego-Madrazo, totalmente lo antagónico del instintivo, ingenuo y natural

... aprendizaje unipersonal de la vida, que es una serie de rectificaciones (Ibidem, 26).

Ni que decir tiene que el medio, la situación, todo lo que rodea al fenómeno de la enseñanza/aprendizaje

... ha de ser de alegría, sin violentar la atención (Ibidem, 26).

Estos asuntos del interés, de la curiosidad y de la motivación serán regulados y regidos con talento suficiente e ingenio, teniendo en cuenta el tiempo formativo que imprime el alma, y, de esta manera, de una a otra emoción, sin menoscabar

... el interés. Al principio mucha visión y pocas palabras, para terminar, al último, en la reflexión y elaboración del juicio, que es la coronación de la inteligencia. Con un ligero esbozo del hombre, del planeta y sus leyes, el niño se pone al corriente de la vida y del modo de entretenerla. La Naturaleza le enseña que es pródiga, y da de todo con sobras para los que somos y para los que puedan venir. No hay para qué robar y matar. Sin temor debemos vivir pacífica y regalada vida.

(...) En realidad, la Pedagogía  no ha inventado nada; la observación ha descubierto el camino que debía seguir, y ha visto en el niño una tendencia invencible a estudiar las cosas, a ver, tocar, oír, oler y gustar cuanto está a su alcance, como si una fuerza interior guiase su espíritu experimental para darse cuenta (Ibidem, 1918, 26-27).

La ciencia se fundamenta sola y exclusivamente en la observación. Toda la filosofía de la educación de Diego-Madrazo viene a resumirse en esto: al alumno no se le ha de ilustrar en nada acerca del procedimiento de lograr y obtener conocimientos, ya que tan sólo su curiosidad y esmero le basta. También Francisco Giner de los Ríos (Ronda, Málaga, 1839 - Madrid, 1915) hace mención a ello cuando nos habla de la escuela de primeras letras:

Pues, sí, por fortuna, se ha perdido, o al menos quebrantado, la antigua y ciega fe intelectualista en el poder del conocimiento para regir, por sí solo, proceso tan complejo como el de la vida, y no digamos de la mera instrucción “libresca”, memorista y verbal, ni de la escuela consiguiente a ella; nadie, por fortuna también, pone hoy en duda que el pensamiento es una fuerza real de ese mismo proceso, y la ignorancia, una de las formas menos discutibles del embrutecimiento y la miseria (Giner de los Ríos, Ensayos menores sobre educación y enseñanza. 1980, 959-960. En Ángeles Galino (Dir.), Textos pedagógicos hispanoamericanos (3ª ed.) (págs. 962-983). Madrid: Narcea).

D. Enrique Diego-Madrazo: las maestras y los maestros. Su formación, sus cualidades y...
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