Miércoles 19.12.2018

Dioses y héroes de la antigua Grecia

La mitología griega debe estar presente en cada biblioteca de nuestros colegios y no como un libro más guardado en un rincón de la estantería, sino puesto a  trabajar y asfixiado de tantas idas y venidas.

Editado por Tusquets en 2010, es un libro escrito por Robert Graves en 1961, el renombrado escritor de Yo, Claudio (1934) o de La hija de Homero (1955), entre más de una veintena de títulos de traducciones, poesía, novelas, no ficción y otros. Con Dioses y héroes de la antigua Grecia, el autor acerca a todos, niños, jóvenes y talludos, los mitos y leyendas griegas, no solo obligatorios para conocer las culturas griega y romana, sino esenciales además para deleitarse enteramente del caudal y abundancia de las manifestaciones artísticas y de los conocimientos y civilización europeos. Las amenas y agradables narraciones, interpretadas por divinidades como Poseidón, Zeus, Hera o Hermes, o por semidioses -Perseo y Heracles-, se convierten, por la desenvoltura y gracejo en el arte de Graves, en sutiles y activos comentarios colmados de cultura y genio, a veces alegres y divertidos, en 192 páginas dedicadas a atraer a sus lectores a criaturas tan atractivas y encantadoras como el centauro Quirón, Pegaso -el caballo alado-, la atractiva y radiante Andrómeda u Orión, el Cazador. Asimismo, en ellas podremos entretenernos y fascinarnos con historias como la de Las orejas del rey Midas, Los siete contra Tebas, Orfeo y Eurídice o Leda y el cisne.

Es esta una de las más destacadas presentaciones, si no la mejor, de los mitos griegos que se hayan expuesto nunca. Robert Graves nace en Wimbledon, uno de los  treinta y cuatro núcleos más importante de Londres, en 1895. Se establece en Deià -Mallorca- a los 34 años hasta la fecha de su fallecimiento en 1985, exceptuando el período que dura la Segunda Guerra Mundial. Contó sus vivencias de la Primera Guerra Mundial, en donde luchó y fue herido gravemente, en Adiós a todo eso (1929); recordamos que también en ese mismo año es publicado Adiós a las armas, del Premio Nobel Ernest Hemingway.

La gran mayoría de nuestras ciencias más valiosas y de las artes proceden de nuestros siempre presentes antiguos griegos

En el Prólogo al libro, el escritor Ramón Irigoyen nos hace partícipes de la experiencia traumática que sufrió este periodista, escritor y traductor en prácticamente toda su formación religiosa, y que posteriormente sus estudios helenísticos en la Universidad, le condicionarían a una tardía metanoia al haberse encontrado con este libro de Graves con tanto retraso. Acaso no deja lugar a dudas el hecho de que la mitología fuese la primera literatura en el tiempo en la que no había que entrar, a no ser para traducir a Homero o a Virgilio, pero nunca para un serio comentario de texto o una versión honda y científica de sus mensajes. Es lo que nos cuenta este navarro:

(…) cuando, con los años, ya vi que había cubierto, e incluso con creces, mi cupo de blasfemias tudelanas, me acerqué por fin, ya sin resentimiento, a Dioses y héroes de la antigua Grecia y devoré estas historias como lo que son: unos cuentos griegos maravillosos relatados por Robert Graves, un genial bardo de Wimbledon, que siempre gastó una prosa que está a la altura de su excelente y copiosa poesía.

Este helenista nos dice que “Dioses y héroes de la antigua Grecia es el libro que debería ser de lectura aconsejada en todos los colegios occidentales”, quizás porque en nuestra historia haya sido solo Ovidio, con Las Metamorfosis, quien haya detallado los mitos de Grecia con la chispa, solidez, amenidad, gracia, emoción y destreza del artista distinguido Robert Graves. Este nos lo empieza a contar así en el primer capítulo, El palacio del Olimpo:

Los doce dioses y diosas más importantes de la antigua Grecia, llamados dioses del Olimpo, pertenecían a la misma grande y pendenciera familia. Menospreciaban a los anticuados dioses menores sobre los que gobernaban, pero aún menospreciaban más a los mortales. Los dioses del Olimpo vivían todos juntos en un enorme palacio erigido entre las nubes, en la cima del monte Olimpo, la cumbre más alta de Grecia. Grandes muros, demasiado empinados para poder ser escalados, protegían el palacio. Los albañiles de los dioses del Olimpo, cíclopes gigantes con un solo ojo, los habían construido imitando los palacios reales de la Tierra.

En el ala meridional, detrás de la sala del consejo, y mirando hacia las famosas ciudades griegas de Atenas, Tebas, Esparta, Corinto, Argos y Micenas, estaban los aposentos privados del rey Zeus, el dios padre, y de la reina Hera, la diosa madre. El ala septentrional del palacio, que miraba a través del valle de Tempe hasta los montes agrestes de Macedonia, albergaba la cocina, la sala de banquetes, la armería, los talleres y las habitaciones de los siervos. En el centro, se abría un patio cuadrado al aire libre, con un claustro, y habitaciones privadas a cada lado, que pertenecían a los otros cinco dioses y las otras cinco diosas del Olimpo. Más allá de la cocina y de las habitaciones de los siervos, se encontraban las cabañas de los dioses menores, los cobertizos para los carros, los establos para los caballos, las casetas para los perros y una especie de zoo, donde los dioses del Olimpo guardaban sus animales sagrados. Entre éstos, había un oso, un león, un pavo real, un águila, tigres, ciervos, una vaca, una grulla, serpientes, un jabalí, toros blancos, un gato salvaje, ratones, cisnes, garzas, una lechuza, una tortuga y un estanque lleno de peces.

En la sala del consejo, los dioses del Olimpo se reunían de vez en cuando para tratar asuntos relacionados con los mortales, como por ejemplo a qué ejército de la Tierra se le debería permitir ganar una guerra o si se debería castigar a tal rey o a tal reina que se hubieran comportado con soberbia y de forma reprobable. Pero casi siempre estaban demasiado metidos en sus propias disputas y pleitos como para ocuparse de asuntos relativos a los mortales.

El rey Zeus tenía un enorme trono negro de mármol pulido de Egipto, decorado con oro. Siete escalones llevaban hasta él, cada uno esmaltado con uno de los siete colores del arco iris. En lo alto, una túnica azul brillante proclamaba que todo el cielo le pertenecía sólo a él; y sobre el reposabrazos derecho de su trono había un águila áurea con ojos de rubí, que blandía entre sus garras unas varas dentadas de estaño, lo que significaba que Zeus podía matar a cualquier enemigo que quisiera enviándole un rayo. Un manto púrpura de piel de carnero cubría el frío asiento; Zeus lo usaba para provocar lluvias mágicamente en épocas de sequía. Era un dios fuerte, valiente, necio, ruidoso, violento y presumido, que siempre estaba alerta por si su familia intentaba liberarse de él (…).

Sí. La mitología griega debe estar presente en cada biblioteca de nuestros colegios y no como un libro más guardado en un rincón de la estantería, sino puesto a  trabajar y asfixiado de tantas idas y venidas. Los griegos son nuestro origen. La gran mayoría de nuestras ciencias más valiosas y de las artes proceden de nuestros siempre presentes antiguos griegos: la arquitectura, la economía, el derecho, la astronomía, la ingeniería, las matemáticas, la medicina, la literatura…, las palabras. Hoy, con un mínimo de mimbres en la lengua griega -que no ha cambiado tanto desde entonces-, los alumnos desde Primaria pueden comprender y aprender el vocabulario científico moderno por estar compuesto mayormente por términos griegos, y así de una forma inmediata traducir tantas palabras sin necesidad de ir al diccionario, sobre todo cuando, como en un juego por asociación e intuición, van a ampliar considerablemente su tesoro terminológico en un incomparable ejercicio mental. Estos abuelos nuestros serían los primeros europeos escribiendo libros, tan sugerentes que dos extensos cantares de Homero -el del asalto e invasión de Troya y el de las hazañas y avatares de Ulises- aún se leen con gusto, agrado y entretenimiento, pese a haber vivido su autor en el siglo VIII antes de nuestra era. Los veintisiete mitos griegos de que consta el libro están resumidos y son los más interesantes entre los que conocemos. No deja de ser una excelente lectura invernal o del otro solsticio.

Dioses y héroes de la antigua Grecia
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