viernes 30/10/20

Felipe II, el martillo de herejes; y los Austrias

La península, así, pasó a ser la mejor ocasión para las ambiciones extranjeras, que hicieron que perdiésemos hasta nuestra nacionalidad. Esta dirección fue la que sostuvo la sociedad peninsular mientras reinó la casa de Austria: fuera de nuestras fronteras, guerras sin fin alguno; y dentro de ellas, la muerte de las libertades

Se dice del príncipe Felipe que era: 
“Tan delgado y frágil, con la piel tan blanca, los ojos de un azul tan claro y el pelo tan rubio que parecía albino, hijo de la Luna. Ninguno de los razonables temores sobre su salud se cumplieron y se convirtió en un joven de estatura mediana tirando a baja, talle esbelto, andar erguido, hablar pausado, sonrisa blanca, elegante y sencillo en su atuendo, cuidadosísimo de su higiene, con un talante amable, gentil, y un punto de lejanía melancólica”.
(Nueva Tribuna, 8 de noviembre de 2015)

Felipe II, seguidor obediente de la voluntad de Carlos, su padre, inspiró el mismo rumbo, la misma senda, que el emperador. Vasallo y dócil paniaguado y escudero de Roma, se aferró con inusitada obsesión en arrancar y erradicar los herejes, heresiarcas y heterodoxos que continuamente y con notable incremento se iban añadiendo en la Europa central. Como Carlos, su padre, se aplicó con denodado esfuerzo e insistencia en eliminar las voluntades y autodeterminación de Aragón vía decapitaciones. Aún hoy se conmemoran las Alteraciones, en 1591. Aquellas revueltas de los ciudadanos terminaron con Juan de Lanuza, el Mozo, decapitado por haberse enfrentado a las decisiones y órdenes del rey. Este, Felipe II, había pasado al reino de Aragón pertrechado con sus tropas militares para dominar dichas revueltas, producidas porque la Inquisición se proponía apresar y encausar al manchego, aunque de familia de Aragón, Antonio Pérez, y que así no pudiera tomar amparo del poder y atribuciones del Justicia Mayor de Aragón, Juan de Lanuza. Este defendió de tal manera los derechos y libertades forales aragoneses que fue ejecutado por decapitación. 

SUS HAZAÑAS, VESTIR A UN IMPERIO Y A UN EJÉRCITO PARA DESVESTIR A LA PENÍNSULA

Además, como Carlos, su padre, también se aprovechó del país, y afuera de nuestras fronteras marchaban tercios y tercios para empacharse de gloria, pero asimismo muriendo en suelo extraño y sin motivo alguno justificado, porque nada nos iba ni venía en todo lo que allí se deliberaba y polemizaba. Eso nos trajo Felipe II, el rey hijo de un epiléptico para el que, en su tiempo, se desconocía totalmente el tratamiento, y nieto a su vez de una abuela a la que se le había trastornado la razón. 

Como Carlos, su padre, también se aprovechó del país

Aquel carácter apesadumbrado y melancólico, triste y demasiado serio y grave, insociable y esquivo, impasible e indiferente, ególatra y codicioso, mojigato, y farsante e infiel con sus mujeres, intransigente y apasionado con ensañamiento e impiedad, vestido siempre de negro, ensimismado entre los muros de piedra del monasterio de El Escorial quizás, o mejor arriba, allá, en una ladera de la colina, apoyado y descansando en un grandioso granito abandonado, acoge con idéntica indiferencia la noticia de la derrota de la escuadra Invencible, con frialdad similar -digo-, que el éxito en San Quintín.

EL QUE MUEVE LOS HILOS EN LA SOMBRA

Mediante odiosas artes diplomáticas, con igual fervor escudriñaba los credos de sus vasallos, que diseminaba y distribuía agentes pagados y sufragados, por absolutamente todas las capitales extranjeras; estos confidentes traidores y sin sentimientos que pagaban un precio excesivo por mordidas, alcabalas y socaliñas, de tanto vender su alma, hacían lo propio con su patria, siempre por un manojo de escudos; y en cuanto a los monjes, en general fueron el clima y el medio de aquellas entrañas y sentimiento humillado y enviciado y sin alma sincera y honrada alguna, que presenciaba aquellos autos de fe y escenas inquisitoriales, sin el corazón compungido, apenado y doliente de ver tanta irreverencia y crueldad.

En España no se encontraba maravedí alguno. Los virreyes tanto de Chile, como de México y Perú enfurecen y ponen fuera de sí su avaricia, ambición y ruindad para complacer al tirano, y el gobierno de la Península se hace maligno y abominable a esos pueblos de ultramar; la voracidad y avidez de riqueza y peculio del déspota sueltan y originan la codicia y los desafueros del percal que allí es enviado, resultando todo un verdadero y total desorden y confusión, ocasionando que nadie pueda entenderse.

EL OCASO DE LA CASA AUSTRIA

A Felipe, llamado ‘el Prudente’, quizás por su melancolía, le continúan otros dos, asimismo envilecidos, y que deambulan y actúan desde la barrabasada hasta el despropósito a velocidad sobrevenida. Y, finalmente, agoniza la crónica de la perversa casa austriaca con un rey idiota -Carlos II, ‘el Hechizado’-, que reina desde su mayoría de edad -catorce años- el vertiginoso espacio de tiempo de veinticinco años. Su sobrenombre le venía por su desgraciado estado físico, atribuido a la hechicería e influencias infernales, cuando lo único perverso y enrevesado fueron los continuos matrimonios consanguíneos en la realeza, que hicieron que Carlos creciese desmedrado, raquítico y estéril.

Fuera de nuestras fronteras, guerras sin fin alguno; y dentro de ellas, la muerte de las libertades

La península, así, pasó a ser la mejor ocasión para las ambiciones extranjeras, que hicieron que perdiésemos hasta nuestra nacionalidad. Esta dirección fue la que sostuvo la sociedad peninsular mientras reinó la casa de Austria: fuera de nuestras fronteras, guerras sin fin alguno; y dentro de ellas, la muerte de las libertades. Allí donde lucía y se encendía un destello de inteligencia, la hoguera también se iluminaba para quien despuntaba.

De manera que indiferentes e inertes, demasiado tranquilos y enteramente descabezados, nos hallaron las casacas foráneas cuando llegaron a España a resolver sus inclinaciones de poder. Solo algunos miles de monasterios para tañer en los responsos de una cultura que había naufragado y se había hundido es cuanto quedaba del espléndido legado que dejó Isabel la Católica.    
 

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