domingo 20/9/20

George Eliot. La influencia de Wordsworth

El objetivo ético de la novelista se encuentra fuertemente enlazado con el objetivismo de sus libros y, claramente, con la atracción hacia la gente natural y los estilos de vida atávicos del campesinado inglés de la época.

¿Qué bosque tropical con sus espléndidas palmeras, sus extraños helechos y sus espléndidas flores de anchos pétalos podría compararse con este bosque que en este suave día de mayo hace vibrar mis fibras más íntimas mientras contemplo el tierno follaje de los olmos interpuestos entre el azul del cielo y mi persona, mientras miro a mis pies las blancas margaritas? Estas flores que me son familiares, estos cantos de pájaros tan conocidos y bien recordados, este cielo resplandeciente, estos campos cubiertos de hierba, son cosas que hablan al alma la lengua materna de nuestra imaginación, el lenguaje saturado de las sutiles asociaciones que las fugaces horas de nuestra infancia dejaron tras de sí. Nuestra delicia bajo los rayos del sol, mientras pisamos la alta hierba, no sería hoy más que una débil sensación de almas fatigadas, si no fuese porque los rayos del sol y la blanda hierba de los años que huyeron viven todavía en nosotros y transforman en amor esa sensación.
George Eliot: El molino junto al Floss (1860), Libro 1º, Cap. V, último párrafo

He marcado en negrita las palabras de este párrafo que pueden recordarnos estos otros versos del poeta inglés Wordsworth (1770-1850) el poeta romántico de la belleza en el recuerdo, tan semejantes entre sí en el mensaje como en la correspondencia estructural que existe entre ambos, con un cierto paralelismo sintáctico:

(…) Aunque mis ojos ya no 
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba,
 aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo (…)
De “Oda a la Inmortalidad” (1807) – William Wordsworth

George Eliot, seudónimo de Mary Anne Evans (1819-1880), la más cultivada intelectualmente de entre los novelistas de la época victoriana, no fue la única en tener algún nexo con la poesía romántica. Otros novelistas contemporáneos suyos también tuvieron esa misma influencia: Dickens, de William Blake; las hermanas Brontë, de Walter Scott; y concretamente Emily, en Cumbres Borrascosas, de Lord Byron, por ejemplo; sobre todo cuando no hubo ningún tipo de fractura entre el romanticismo y la época victoriana.

La vida era entereza, energía ante el deber, el deber ser

En cuanto a nuestra autora, los dos libros primeros de El Molino junto al Floss que dan entrada a la niñez de Tom y Maggie Tulliver, dos hermanos con sensibilidades opuestas, conductas diferentes e inteligencias distintas y contrapuestas, también pulsan el lirismo y el soplo de la Oda a la Inmortalidad de Wordsworth, no solo en lo que respecta al vocabulario que antes decíamos, sino también en la idea del sentido y provecho que en el porvenir puede conservar la memoria de la infancia. No en vano, esta novela tiene un gran valor pedagógico, con el añadido de una crítica a la educación entonces vigente.

GEORGE ELIOT, LA MÁS INTELECTUAL DE LOS NOVELISTAS VICTORIANOS

George Eliot reverenciaba la vida, y su férrea reciedumbre ante el deber nunca la hizo ceder. El valor del deber ser, que construye la conciencia moral, en las decisiones de Maggie Tulliver -protagonista autobiográfico de la autora de El molino junto al Floss- así lo atestigua. Decisiones que ella toma frente al gusto, provecho o interés particulares e individuales. El solo efecto que aspiraba ávidamente causar con sus novelas era que, aquellos que las leyesen alcanzasen, de una manera especial, a percibir y descubrir y a entender y enternecerse con las amarguras y también con el entusiasmo de los humanos con quienes no nos asemejamos más que en el propio hecho de ser personas que disputan, se afanan, bregan y que, también, deambulan, divagan, se desorientan y se equivocan.

Utilizó un seudónimo masculino para confirmar que pudieran ocuparse de sus publicaciones sin reservas

El objetivo ético de la novelista se encuentra fuertemente enlazado con el objetivismo de sus libros y, claramente, con la atracción hacia la gente natural y los estilos de vida atávicos del campesinado inglés de la época. La acción transcurre en el primer tercio del siglo XIX y el motivo, como decíamos arriba, se ajusta cumplidamente a la tesis de Wordsworth, el restablecimiento del mundo de las sensaciones mediante el amor.

Mary Anne Evans utilizó un seudónimo masculino para confirmar que pudieran ocuparse de sus publicaciones sin ningún tipo de reserva. Con excepción de las hermanas Brontë, muchas novelistas de hace dos siglos tuvieron que pasar desapercibidas. Como ejemplos anteriores a nuestra escritora, la francesa George Sand era verdaderamente Aurora Dupin. Dos tercios de siglo más tarde -en España siempre hemos ido medio siglo más lentos que en el resto de Europa-, María Lejárraga (San Millán de la Cogolla, 1874 - Buenos Aires, 1974) escribía silenciosamente sus obras y las firmaba fraudulentamente su marido Gregorio Martínez Sierra: ella era su negro. Era un proceder común entre las mujeres escritoras del XIX. De esta forma aseguraban su personalidad y su reputación en la sociedad: no eran, precisamente, bien juzgadas las mujeres que tuviesen algo que decir, y que lo dijesen; no podían merecer que los demás lo aprobasen. Con un seudónimo masculino, además, se podía alcanzar de los lectores una lectura sin prevenciones y aprensiones, pues no podía considerarse de la misma manera la literatura de una mujer a la de un hombre: y era cierto, en muchos casos resultaron de mucha mayor calidad. Finalmente, el vocabulario, la semántica, social y culturalmente, oficialmente, no podían ser los mismos para un hombre que para una mujer: afortunadamente no lo eran. 

EL MOLINO JUNTO AL FLOSS

La riqueza de la novelista en las descripciones denota una sobresaliente capacidad para inmergir al lector en los cuadros

George Eliot, con el recuerdo de su infancia, y en los libros primeros de esta novela, como en un preámbulo, nos pinta con tierna atención el escenario de la actividad familiar. Maggie Tulliver, junto con Philip Wakem, son los únicos intelectuales, de entre el extenso número de personajes. Los demás, a pesar de la extensa geografía en la que se desarrolla la novela, viven en un ambiente sórdido, en unas lindes marcadas desde tiempo inmemorial: siempre fueron así y estuvieron ahí. Por eso, su utilidad es inobjetable e indiscutible. Por eso, Eliot se vale de esos personajes para simbolizar las lacras y los méritos atávicos que se van sucediendo en torno al molino de Dorlcote.

Por otra parte, la riqueza de la novelista en las descripciones denota una sobresaliente capacidad para inmergir al lector en los cuadros en donde van a inspirarse cada uno de los siete libros que componen la novela, y en sus correspondientes capítulos. Así comienza el primer capítulo, cuyo título es Los alrededores del molino:

Una amplia llanura por la que el Floss se ensancha y precipita hacia el mar, entre verdes orillas, donde se encuentra con la marea ascendente refrenando su paso en abrazo impetuoso. Por esta poderosa corriente los buques negruzcos cargados de tablones de abetos, todavía fragantes, de redondos sacos de semillas oleaginosas o de carbón de oscuros reflejos, se deslizan hacia el pueblo de Saint Ogg. Muestra el pueblo sus viejos tejados y sus anchos muelles tendidos entre una colina suave y la orilla del río, cuyas aguas parecen teñidas de suave púrpura bajo los rayos fugaces del sol de febrero (...) Cap. 1, Los alrededores del molino.

Finalmente, también tenemos una película con el título The Mill on the Floss, de 1997, que dirige Graham Theakston y con música de John Scott, que obtuvo dos  Nominaciones a los Premios de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión -BAFTA TV-: al mejor diseño de vestuario, y al mejor maquillaje y peluquería.

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