martes 17.09.2019

Heinrich Böll o la ‘moral del lenguaje’

Una de las ideas o la percepción que tenemos suya es la de un escritor auténtico que siendo un alemán católico, a través de su capacidad crítica, censura tanto a sus compatriotas como a sus correligionarios, haciéndolo extensivo al artificio de colectividad y de planeta que nos hemos montado.

Hace 44 años se publica El honor perdido de Katharina Blum, y en una página preliminar, las primeras palabras son: “Las personas que se citan y los hechos que se relatan son producto de la fantasía del autor. Si ciertos procedimientos periodísticos recuerdan los del «Bild-Zeitung», el paralelismo no es intencionado ni casual, sino inevitable”. Parece que la línea que va a seguir la novela ya nos la está avisando el autor, Heinrich Böll (Colonia, 1917 - Kreuzau, 1985): enfrentamiento con el grupo mediático de Axel Springer, propietario del periódico sensacionalista Bild-Zeitung, y de Die Welt, de información en general. Su prosa es áspera y lacónica y su desarrollo y manera de proceder tienen rasgos de la novela policíaca. Utiliza la imitación de presuntas noticias de periódicos para justificar y acreditar cómo ciertos diarios pueden aplastar y destrozar, saliendo inmunes, a todo aquel que le venga en gana. No obstante, cuatro años más tarde, en 1978 piensa que

(…) El punto de partida no es el presunto “compromiso”, sino el lenguaje, y con este se somete a examen el Estado y la sociedad. Se trata casi de una reacción físico-química. Y cuando, en el transcurso de esta experiencia, cuyos resultados se registran por y en la expresión, aparecen conflictos, viejas angustias, problemas reprimidos o diferidos, entonces sí, es posible que uno se ponga agresivo.

Heinrich Böll: Una memoria alemana, entrevista con René Wintzen

Pero no cree que la acritud o la provocación pueda ser lo esencial en el oficio del escritor. La referencia de un escritor no deja de ser el lenguaje, por medio del cual aspira a formular y a aventurarse en un problema, tema o discusión definidos -piensa este autor alemán, Premio Nobel de Literatura en 1972. Por eso, su decisión es el lenguaje, más allá de cualquier arranque que tuviera que ver con la moralidad; el oficio del escritor, según él, no es el de un moralista. Y sin embargo, una de las ideas o la percepción que tenemos suya es la de un escritor auténtico que siendo un alemán católico, a través de su capacidad crítica, censura tanto a sus compatriotas como a sus correligionarios, haciéndolo extensivo al artificio de colectividad y de planeta que nos hemos montado. Böll inicia su constructo partiendo del lenguaje, de la llamada por él ‘moral del lenguaje’ que no es sino la conformidad con los resultados y desenlaces a los que puede llevar el lenguaje cuando un escritor, por el hecho de serlo, quiere hablar o escribir, incluso sin saber -puntual y textualmente- la manera en que lo va a exponer.

La referencia de un escritor no deja de ser el lenguaje, por medio del cual aspira a formular y a aventurarse en un problema, tema o discusión definidos

Böll vive su época, no puede borrar el pavoroso experimento alemán desde 1914, pero -dice- un escritor habría escrito no menos correctamente si su mundo hubiera sido otro o si también su teoría del conocimiento, sus ideales, su política, etc. hubiesen sido diferentes. Para él es un axioma que el escritor queda siempre angustiado y abatido ante la sociedad, su aldea global; afligido por el orden público, por la indiferencia y la soberbia con que las leyes y las normas afrontan los problemas que, por otra parte, nunca podrán zanjar. En “El honor…” nos explica cómo pueden manifestarse los excesos de un periodista cuyos procedimientos y falsificaciones han arruinado la vida privada de la protagonista -y por extensión el enorme sufrimiento de su familia y amigos y conocidos-, y al que esta ha matado por disparo. Del periódico en cuestión dirá otra de los personajes que “con esta peste persiguiéndonos por todo el mundo, en ninguna parte está uno seguro”. La execrable cochambre y la porquería que nos hostiga donde quiera que uno vaya. Por eso, Katharina tiene la suficiente convicción moral y el pundonor de haber hecho lo que ha hecho. No le duele ni piensa en arrepentimiento alguno. Y en un momento de la película con el mismo título que la novela se dirá: 

-Devuelve tu compasión a la nevera donde guardas todos tus sentimientos.

A Katharina Blum, el llamado cuarto poder -la prensa, que muchas veces tiene más poder que los otros tres juntos- la ha colocado en un horizonte sin horizonte, sometiéndola a un callejón sin salida, sin haber previamente averiguado y comprobado lo que un ser humano puede ser capaz de hacer al límite, de qué manera puede comportarse en una situación de indefensión y jugando hasta el extremo con su orgullo, su honra y su mesura. El apacible y estructurado mundo de Katharina termina absolutamente desolado por haber pasado una única noche con el supuesto terrorista Ludwig Götten, su amado. La prensa está excitada, y Catarina, bajo sospecha, es transformada en un chivo expiatorio más, necesario para acabar con todos los males de la Alemania de posguerra. La protagonista ha sido diana, vencida y también derrotada por una bárbara operación calumniosa del ministerio fiscal, de la policía y del cruel periodista asesinado Werner Tötges.

Esta breve novela, publicada en 1974 y ambientada en los setenta, puede ser, y de hecho lo es, actual. Heinrich Böll expresa de forma mordaz y punzante aquel estado de la población europea en unos momentos de cambios en el mundo. Cuarenta años después y en nuestra propia casa, ¿es que aún no hemos salido de la transición que parecen haber superado los demás países europeos? Acabo el comentario de esta interesante novela con las palabras del personaje de Else Woltersheim, madrina de Katharina Blum, y que le confiesa después del juicio al Dr. Trude Blorna, el abogado de Catarina. Else es especialista en la elaboración y control de cenas preparadas frías y se ha vuelto agresiva por el juicio y encarcelamiento de su ahijada. También, alude y enfila a los comensales en las fiestas, periodistas, empresarios, representantes sindicales, banqueros o ministros. ¿Por qué? Por estar colmada:

-A veces (…) he de esforzarme para no echar a alguno de esos tipos una fuente de ensaladilla encima de su frac, o para no meter unos canapés de salmón en el escote de una de esas pavisosas, a ver si al fin aprenden a horrorizarse. Hay que imaginarlo desde el otro lado, desde nuestro punto de vista: cómo están todos allí, con la boca abierta, y cómo se lanzan primero, naturalmente, sobre los canapés de caviar -y allí se reúnen millonarios y esposas de millonarios-, cómo se meten luego cigarrillos, cerillas y pasteles en los bolsillos. Pronto llevarán recipientes de plástico para robar café. Y todo eso se paga con nuestros impuestos, de una manera o de otra. Hay tipos que se ahorran el desayuno o el almuerzo y caen sobre el buffet frío como buitres, con perdón de los buitres.

El honor perdido de Katharina Blum, Heinrich Blue

Heinrich Böll o la ‘moral del lenguaje’
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