Miércoles 19.12.2018

Los 400 golpes

A través de una observación atenta -profesional y vocacional- de los valores que siempre existen en el interior de los alumnos, es posible la educación, y conseguir que salgan a flote y se abran, a salvo y fuera de peligro.

A las puertas del verano de 1959 se estrena el primer largometraje de François Truffaut, Los 400 golpes. En otras películas, entre las mejores de ese año, Nazarín tropieza con Buñuel; Robert Bresson nos refleja el arte de robar carteras de Dostoievsky en Pickpocket; George Stevens nos hacía llorar con El diario de Ana Frank; una dulce vida se nos pintaba con Fellini, e Hitchcock nos confundía Con la muerte en los talones. Pero una ola desconocida hasta entonces -la nouvelle vague- logra arrasar en la cultura dominante y en las corrientes convencionales en el cine, creando Truffaut una realidad que contrasta con la realidad oficial francesa. El mundo entero se siente atraído por ese naciente nervio cultural tan emocionante como apasionante que, muchas veces mal comprendido, se trocó en una brazada cargada de un nuevo universo y de entraña, de intenciones y de ingenio, de movimiento y de presente y, por eso, de interés sumo, de libertad de opinión, y simpatía.

Pasados setenta años de esa plasmación de la vida escolar y de crecimiento del propio Truffaut, poco ha cambiado

Se dice que es una película autobiográfica y lo puede ser. Coincide mucho con la infancia del propio director -abandono familiar, familia desestructurada, alumno marginal, escuela desahuciada-. Los movimientos no directivos en la escuela parecían no haber llegado del todo a Francia. Aparecían lejanos el pensamiento pedagógico libertario de Tolstoi, las escuelas libertarias de Hamburgo, la de Summerhill de Neill, la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia o las investigaciones llevadas a la práctica de Dewey. ¿Tan poco próximas estaban las últimas décadas del siglo XIX, cuyas revolucionarias concepciones hicieron que se le llamase al siglo XX el “siglo del niño”, intentando que fraguase la idea de que para educar mejor al niño había que conocerle más? La realidad se convirtió en algo totalmente diferente: la escuela no educaba, era un aburrimiento para el niño porque no le interesaba y, por lo tanto, era un lugar en donde no se aprendía. Desde entonces, pasados setenta años de esa plasmación de la vida escolar y de crecimiento del propio Truffaut, poco ha cambiado, si atendemos a la desproporción entre las toneladas de pedagogía escrita en Europa y en América, incluidas las innumerables experiencias educativas y escolares, y el estancamiento al que intentan subyugar dirigentes en educación que no son educadores, y cuyo oficio no es la educación.

El personaje de Antoine es “un niño malo, que no vale para nada”, al decir de un sistema educativo inerte e inepto, un chaval abandonado, a quien interesa a nadie, que estorba, hace chirriar las contradicciones de su entorno familiar y que más merecería su invisibilidad. El disparate es mayúsculo porque no puede haber alguien que nos merezca y nos haga afligirnos tanto. Antoine cae en un sistema escolar reaccionario y rancio, avasallador y arbitrario, y verdugo: se dirige por la marca La letra con sangre entra. Las sucesivas vejaciones y golpes y la indiferencia le iniciarán en aventuras sin contar con los demás. La biografía de esta persona en construcción se traduce en algo tenebroso, contrario a lo que debería ser. Este muchacho sin familia, con el descuido de una madre sin apego, causa en él educativamente un cercenamiento de la atracción por el mundo que le rodea, por lo que la forma y la posibilidad de romper ese muro que le encierra le hará más o menos accesible a la sociedad. Los mil y un avatares con los que se topa Antoine no dejan de ser ocasiones, a veces buscadas, para llamar la atención. Pero los demás siguen su camino.

La biografía de esta persona en construcción se traduce en algo tenebroso, contrario a lo que debería ser

Y él corre, siempre está corriendo, prácticamente desde el principio al fin de la película. Sin saber a dónde ir, pero huyendo de donde no quiere estar. Algo es algo. Tendrá que afrontar solo su destino, una realidad nueva, lejos ya del abandono y desamor familiar, de la soporífera y severa escuela y de la ciega justicia social. Ha corrido mucho huyendo, ha volado mucho en su imaginación, y no sabemos -no nos los dice la película- cómo va a resultar su nueva singladura sin barco ni aparejos; pero es una oportunidad haber salido del mundo anterior, de todo un entorno que no le dio ninguna: cuando el protagonista quiso salir de una situación que no le llevaba a ninguna parte y se conjuró para sacar mejores calificaciones y a esforzarse por un buen comportamiento, su profesor nunca le creyó, no podía sospechar cambio alguno en un alumno tan indisciplinado, y le expulsa del aula.

Pese a las dificultades en el desarrollo de los niños y jóvenes -y de ello era buen conocedor François Truffaut, que lo plasma en su cine, este siempre deja una puerta abierta. Por la que él pudo salir fue la del cine, la de la literatura y la de personas que le apoyaron y le dieron su confianza. Protector de Jean Pierre Léaud, actor que encarna a Antoine, le va a dar posibilidades para su educación. Y en el último plano de la película, también parece querer decirnos lo mismo: a través de una observación atenta -profesional y vocacional- de los valores que siempre existen en el interior de los alumnos, es posible la educación, y conseguir que salgan a flote y se abran, a salvo y fuera de peligro.

Los 400 golpes
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