miércoles 16.10.2019

Orson Welles, el tercer hombre; o el primero. El genio que todavía nos fascina

“Este niño es un genio”, gritó el médico saliendo alarmado de la habitación. Un bebé de 18 meses [Orson Welles] se había aupado de la cuna y le había expresado con la mayor flema: “El deseo de consumir medicamentos es una de los principales rasgos que diferencian a  los hombres de los animales”

-"Tener un final feliz depende por supuesto, de donde quieras que acabe tu historia"
-"Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude"
(Orson Welles)

En el agosto pasado se cumplieron 104 años del nacimiento de uno de los más grandes directores que ha tenido la industria del cine, George Orson Welles (Kenosha-Wiskonsin, 1915 – Hollywood-Los Ángeles, 1985), a la vez guionista, actor y productor. Hijo de una pianista y sufragista, varias veces encarcelada, y de un padre, alma del negocio de inventos que nunca inventó nada, fuera de tener 55 años cuando nace su vástago, Orson Welles; este ya apuntaba maneras en el teatro, que comienza a trabajarlo, a sus dieciséis años, en el Gate Theatre, en el corazón de Dublín. Cinco años más tarde, se estrena como director y actor en la ciudad de Nueva York. Así, desde su juventud llega a granjearse una reputación debido a un gran surtido de montajes shakespearianos -Macbeth (1948), enmarcado en el espíritu del vudú, con un reparto enteramente negro; Julio César; El mercader de Venecia, …-, realizados por la compañía Mercury Theatre que crea el mismo Welles y Jhon Houseman, su socio. El primero tenía veintidós años. Esta senda en los escenarios va a ser una de las que no abandonará jamás.

A los diez años ya había realizado su primer ensayo de teatro, nada menos que “Doctor Jekyll y Mr. Hyde”, dirigida, adaptada e interpretada por él mismo

Y es que todo éxito tiene mucho que ver educativa, emocional e intelectualmente con el medio en el que se desarrolla nuestra infancia, y la familia de Orson W. armonizaba unas condiciones que facilitaban que las capacidades del futuro cineasta arraigasen en todo su esplendor; heredó de su madre, fallecida cuando George Orson tenía nueve años tan solo, el amor a la música. A los diez años ya había realizado su primer ensayo de teatro, nada menos que “Doctor Jekyll y Mr. Hyde”, dirigida, adaptada e interpretada por él mismo. Con este dato, y el de la anécdota indicada arriba -publicada por Carlos García Santa Cecilia en la revista digital fronteraD: La Guerra de los Mundos: Orson Welles demostró el poder de la radio (2013)- entre él, siendo un bebé, y su médico, no es de extrañar sus pasos por la radio, otra de las sendas que nunca dejará y que será una obsesión. La obsesión por la comunicación, por el lenguaje; como cuando, a los veintidós años, se hace saber quién es con la retransmisión La Guerra de los Mundos (1938) -en el espacio radiofónico The Shadow- emitida por la CBS, y que desató el espanto y la histeria en EEUU.

Decíamos antes sobre la obsesión por la comunicación. Prueba de ello es la película Ciudadano Kane (1941), su primera obra. Welles, a sus veintitrés años, se había convertido en un personaje de éxito con la radionovela La Guerra de los Mundos, un guion de ficción emitido en forma de noticiario. Supo transmitir en 59 minutos la ‘noticia’ del aterrizaje de unos marcianos sobre Jersey, que le catapultaría a la fama, con las interrupciones debidas que daban veracidad a lo que era solo una invención, con muchos tiempos y alargamientos en la música y con su carcajada estentórea que sembraba aún más la horrorosa incertidumbre en los cerca de doce millones de radioyentes que le estaban prestando oídos y que muchos creyeron que EEUU estaba siendo invadido por los nazis. Eso y sus montajes en el Mercury Theatre, como actor y director le catapultaron a la fama y, a pesar de su corta edad, Hollywood volvió a repetir lo que años atrás había exclamado el médico de aquel niño de año y medio: “Este joven es un genio”. Recurrió a él, y RKO Pictures y Welles rubrican un contrato. Lo que el actor de teatro de veinticuatro años siempre había necesitado -libertad e independencia en los guiones, repartos y rodajes- le fue garantizado: algo infrecuente e inusual en alguien que aún no había dirigido película alguna. Después de dos años, idea y realiza con Herman Mankiewicz el argumento de Ciudadano Kane, primera justificación en el arte del cine del legado insuperable y artístico que nos ha dejado, y de su destacado, genial e inimitable gusto y escuela que no deja de inspirarnos algo así como un mudo asombro y una fatal, por inevitable, atracción.

Fue un virtuoso autodidacta, un ser natural

Para él, todo lo que percibía podía hacerlo extraordinario. A pesar de las trabas normales y, muchas veces, drásticas y ridículas que imponían las compañías cinematográficas, exigía para su maravillosa creación una total autonomía y autodeterminación, y así lograba que dirigir llegase a ser el oficio más familiar y amable del planeta, la celebridad de un director de cine. Porque lo que nunca le faltó, además de su enorme inteligencia e incansable creatividad, fue el amor, el entusiasmo y la intensidad por el séptimo arte. Y a él se dedicó de lleno, abandonando el teatro, si bien nunca lo dejó: tanto como actor o como director, dejaba señales inequívocas de su oficio primero en el teatro. A pesar de que pareciese que una mente siempre bullendo como la de Welles sería difícil entenderla, habría dos variables que precisamente nunca cambian en él: su descomunal laboriosidad y su, paradójicamente, personalidad nada cambiante. Sabía lo que quería y no cejaba hasta lograrlo. Nunca cambiaba, aunque se disfrazase de Macbeth o de Charles Foster Kane; de Harry Lime en El tercer hombre o de Hill Varner en El largo y cálido verano. Invariablemente, era una criatura hecha a sí misma, original y explosivo, que siempre llamó poderosamente la atención, pero que siempre fue Orson Welles. No requirió de mucho aprendizaje, aunque siempre aprendía más y más de todo lo que hacía. Así, no precisó de mucho desarrollo y progreso, si nos atenemos a su biografía. Fue un virtuoso autodidacta, un ser natural. En fin, su estilo y su mente nunca cambiaron de sentido; y sus sendas y senderos, curiosamente, tampoco fueron complejos. Sí resultaron alucinantes y brillantes, aparentemente sencillos, porque George Orson Welles se consagró, y magnificó aún más, con el arte -también pintó-, desde su adolescencia hasta el ocaso de su próspera vida. 

Orson Welles, el tercer hombre; o el primero. El genio que todavía nos fascina
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