miércoles 29.01.2020

Perspectiva transgresora y educación

No todos los ciudadanos somos iguales ante la ley. Nunca lo fuimos. De ahí la postura transgresora para llamar a las cosas por su nombre. Los que ostentan el poder, que no la autoridad, siempre han pasado de puntillas sobre lo que son y no son los derechos civiles y políticos de la ciudadanía en una democracia, haciendo hincapié solo en el deber de votar cada cuatro años.

Escribo desde un naufragio,
desde un signo o una sombra,
discontinuo vacío
que de pronto se llena de amenazante luz.
José Ángel Valente (1929-2000)

También puede hacerse desde una perspectiva o mirada a lo que va a pasar, a lo que puede pasar, pero ya no con esa esperanza aburrida de siempre, ese más de lo mismo, sino con cierta luz y encanto de cómo aparentemente ya no vale todo. Después de ocho años de mentiras, de mucho sufrimiento y de nula confianza en que las generaciones que nos siguen puedan afrontar su camino en igualdad de condiciones, uno de cada tres niños pasa hoy hambre en el país, “viven bajo el umbral de la pobreza o en riesgo de exclusión social” (Fundación ‘Mensajeros de la Paz’). Esa es la incapacidad de los diferentes gobiernos -unos por ineptitud, y otros por incompetencia- con las personas más débiles y necesitadas, la infancia. Por eso, a veces, algunas veces, si no siempre, nos queda una cierta duda al analizar si las decisiones de los gobernantes son fruto de una maldad genuina o resultado de la ignorancia e ineptitud.

Let Me Fly Again

Para ser responsables ciudadanos no solo votando, habrá que preguntarse al menos qué opción u opciones políticas se acercan más a las posibles soluciones

No todos los ciudadanos somos iguales ante la ley. Nunca lo fuimos. De ahí la postura transgresora para llamar a las cosas por su nombre. Los que ostentan el poder, que no la autoridad, siempre han pasado de puntillas sobre lo que son y no son los derechos civiles y políticos de la ciudadanía en una democracia, haciendo hincapié solo en el deber de votar cada cuatro años. Algunos, en su torpeza, han traspasado la frontera entre una dictadura y una democracia -léase la ‘ley Mordaza’- y han cercenado la libertad de expresión y manifestación. Consecuentemente, la fuerte y desproporcionada represión hacia los ciudadanos que han utilizado su derecho civil a manifestarse y que de todos es conocida. Pero es que además los ciudadanos han visto laminados sus derechos sociales, al trabajo, la educación y la salud, y a las prestaciones sociales. Siempre las cargas contra los más débiles, cuando los poderes deberían ejercerles esa seguridad. Han campado por sus respetos destrozando el medio ambiente y han llevado al país, con sus criterios y valoraciones, a una desgracia cultural de desinterés hacia la cultura y el arte.

Han desmoralizado a la ciudadanía. Y ahora nos animan. Ya estábamos preparados. Toca ejercer el voto y se visten con sus mejores galas y sonrisas, contando con la capacidad de olvido del ser humano. Sin embargo, en esta ensalada de bandidos, ha sido muy grande el daño y en un espacio de tiempo muy pequeño. Los desahuciados, parados y empobrecidos tienen la memoria muy reciente y saben quiénes son los culpables y exigen una novedad contundente en el movimiento actual, porque los giros súbitos, espontáneos e insospechados en nuestra democracia han llegado a ser nuestra fe para que los lúgubres espacios se desentrañen. Para participar en democracia y ser responsables ciudadanos no solo votando, habrá que preguntarse al menos qué opción u opciones políticas se acercan más a las posibles soluciones ante este descalabro de la democracia, de la ciudadanía y de los derechos fundamentales de la persona: se ha rescatado a los bancos y no a los desfavorecidos, cuando las desigualdades sociales reducen el desarrollo económico de cualquier país. No es verdad que estemos saliendo de la crisis. Cualquier apariencia de mayor gasto actual no es más que un botón que ha estado bien cosido por los que podían y pueden gastarlo ahora; la cohesión social está lejos de ser una realidad, y el progreso de nuestra sociedad y las oportunidades, que no son las mismas para todos, están alejados de un compromiso responsable.

“El Grito”, de Edvard Munch (1893)

Aún tenemos la virtud de poder conseguir el país y el planeta que queremos. Es una responsabilidad y obligación para las futuras generaciones

Sería nada constructivo no creer en la esperanza de un cambio radical de la situación, a pesar de que parece que siempre ha sido así. Ya no buscamos la utopía de que desaparezca la desigualdad social, al menos sí esperamos que esta se aminore, que también es una utopía. Desde el pedagogo y filósofo Johann Friedrich Herbart (1776-1841), el creador de la ciencia de la Pedagogía, en educación se habla de la reproducción y es un hecho cierto que históricamente la brecha, entre la minoría de los poderosos y los que no, siempre ha existido; y, sin embargo, siempre ha habido educación y pedagogía, y toneladas de escritos de buenos pedagogos que han tenido que enfrentarse al sambenito de la reproducción porque la escuela aún reproduce las desigualdades sociales. Ante el dilema histórico recurrente de si debe cambiar primero la sociedad que los seres humanos, o al revés, la solución es práctica: las dos cosas al tiempo. Lo que no tiene punto de discusión es que la escuela siempre ha sido agente de cambio y que, desde los ilustrados racionalistas, el culto a la energía y a la eficacia de las bondades de la razón y el pensamiento hace que aún conservemos una confianza incondicional en la educación, en el género humano y en la sociedad de la que forma parte. Aún tenemos la virtud de poder conseguir el país y el planeta que queremos. Es una responsabilidad y obligación para las futuras generaciones.

Perspectiva transgresora y educación
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