miércoles 12/8/20

San Miguel de Allende, la ciudad de Guanajuato, en México

San Miguel el Grande obtiene la carta de naturaleza como ciudad en 1826, denominándose desde entonces San Miguel de Allende, demostrando así la dignidad de este patriota sanmiguelense que llevó a cabo los inicios de la independencia nacional.

Antes de la llegada de los españoles a lo que se llamó la Nueva España, por los asombrados capitanes de Juan de Grijalva en 1517, el lugar donde hoy se asienta la ciudad de San Miguel de Allende estaba deshabitado. Apenas si algunas tribus de indígenas otomíes, huachichiles y chichimecas pululaban por esos montes y cañadas que hoy comprenden una importante región del estado de Guanajuato.

Francisco de la Maza: San Miguel de Allende, 1972, 9. México: Frente de Afirmación Hispanista, A.C.

Martín Enríquez de Almanza (¿Toro?, Zamora ¿1510?-Lima, 1583), el cuarto virrey de la Nueva España (1568-1580), nos describe a esta tribu de los chichimecas, dirigiéndose a Felipe II de esta manera:

“ (…) Saben bien hurtar el cuerpo a los que suelen buscarlos, y cuando los españoles piensan dar sobre ellos están bien lejos de allí y tienen mil astucias para buscar y hallar a los españoles hasta emboscados en pasos forzosos y caminos y así han hecho y hacen de ordinario robos y muertes con crueldades increíbles, aunque para remediarlo se ha hecho siempre lo que se ha podido por mí y por la audiencia de aquí y de Guadalajara, comunicando algunos medios con personas graves y religiosas y diferenciando diligencias y gastando mucho dinero de S. M. como de personas interesadas que tienen por allí haciendas, pero nunca ha sido bastante si S. M. no se determina mandar que sean asolados a sangre y fuego”.

Mariano Cuevas: Historia de la Iglesia en México. Tomo I. 1921. Tlalpam, D.F. (México): Imprenta del Asilo Patricio Sanz.

Así era lo que representaba este pueblo para el virrey y, en consecuencia, la cerval panacea que, con extraordinario estilo, exigía en el ocaso del siglo XVI. Por lo que fuese, estos pueblos no han legado villas ni poblaciones relevantes que contribuyan a entrever su sistema de vida. Palabras sueltas, escasos vestigios y restos aún desconocidos jaspean el deshabitado posicionamiento -previo al conquistador Cortés- de estos nativos, que son las huellas y la existencia de estos grupos familiares antiguos, nobles originarios del espacio en el que habría de alzarse la actual San Miguel de Allende, la ciudad más pudiente, exquisita y fértil de la Nueva España.

No fue un fundador más al uso este franciscano de humanidad, humanista e instruido, si contemplamos las características de sus construcciones y fundaciones

LOS CONQUISTADORES

En 1554 aparece la extraordinaria ciudad interior y minera de Guanajuato, que dista 77 kilómetros de San Miguel de Allende, y que dará nombre al Estado al que pertenecen ambas ciudades. Esta última fue la primera, después de ser adueñada la de México (1521), en asomar en el mapa colonial del país mexicano, gracias al franciscano Fray Juan de San Miguel que la asentó como San Miguel el Grande, en 1542. No le llevó a ello ningún deseo de provecho o beneficio propio ni tampoco dar con algún metal precioso -no en vano, fue un lugar considerable del Camino Real Antiguo y un sitio importante del camino de la plata que se juntaba con Zacatecas (1557), cuya plata es una de las más destacadas del mundo-, sino todo lo contrario. Sus motivos no fueron otros que los del progreso y educación de sus indígenas, apoyándose en esa bella empresa altruista y desprendida que los franciscanos llevaron por prácticamente toda América, animados por su humanidad tan intensa y emocional, aun sin llegar al paradigma en la defensa de los derechos de los indios -y en contra de las encomiendas-, por los que luchó el dominico Fray Bartolomé de las Casas.

San Miguel se erigió por tener una situación radiante, espléndida y exuberante, y por ser adecuado y conveniente para confluencia y agrupación de los nativos. Se le aprovechó luego como recomposición y restauración del flujo y movimiento que progresivamente crecía, y escala en las diversas rutas que comenzaban a descubrirse hacia el norte e, irónicamente, incluso a manera de obstáculo contra las invasiones de la recelada gente de armas.     

FRAY JUAN DE SAN MIGUEL

Este predicador fue un pionero de las fundaciones, de los más notables en Nueva España: Los Reyes, Trancítaro, Charapan, Peribán, Uruapan… -en el Estado de Mixoacán de Ocampo- y San Miguel el Grande, en el de Guanajuato. Enseñaba a sus habitantes con todo su extenso conocimiento, no solo acerca de sus ideas cristianas, sino de incluso el canto y la composición musical; construyó más de una veintena de hospitales, como el de Uruapan -el actual aún recuerda su nombre-, siendo emulado por otros. Y en cuanto a los colegios de Michoacán, fray Juan levantó el primero en Guayangareo (1531). No fue un fundador más al uso este franciscano de humanidad, humanista e instruido, este hombre de bien y venerable apóstol, culto y virtuoso, si contemplamos las características con que se distinguían sus construcciones y fundaciones: su momento apropiado, el agua, los comestibles y la fruta, las buenas temperaturas, las fértiles campiñas y el hermoso panorama. Todo para el bienestar emocional y una realidad más humana de los pueblos.

Es muy verosímil que una sucesión de motivos concretos albergasen la imagen de que México tenía que independizarse

Muere ya aquejado y muy mayor el 3 de mayo de 1555. No se sabe de dónde llegó ni la fecha de su nacimiento. Fue enterrado en la iglesia de su querida Uruapan, a la derecha del altar mayor. Le lloraron unidos tanto los indios como los españoles, con idéntica amargura y en una enorme aflicción.

LA POBLACIÓN DE SAN MIGUEL YA ES CIUDAD

Las revoluciones -como la de México-, como los movimientos sociales, no se realizan ni originan con la iniciativa y autoridad de una persona o grupo de personas. Se desencadenan cuando son imprescindibles y esenciales, figuradamente con el cuaderno de bitácora de un líder, o diversos, y en principio en un único espacio; sin embargo, sus motivaciones y procesos son heterogéneos, hondos, y siempre del pueblo, comienzan a manifestarse y a florecer en él, y se sustentan con su vida, aunque alcance el brillo del impulso,  idea y estructura al hombre o mujer que las encarrila.

La villa de San Miguel había brillado con prestigio en la Guerra de Independencia mexicana, y un vecino suyo y nativo del lugar, destinado como segundo teniente con veintisiete años, iba a ser el jefe crucial en las dos décadas siguientes en la guerra frente al poder español. Este joven capacitado militar, y enérgico, era Ignacio de Allende (1769-1811).

Es muy verosímil que una sucesión de motivos concretos albergasen la imagen de que México tenía que independizarse. Por una parte, el presidio del virrey de Nueva España, Iturrigaray, por quedar España al mando de Bonaparte; y por otra, esta misma razón, la pérdida de nuestras libertades por los franceses. Sin embargo, con la toma de Madrid por Napoleón no es que a la América novohispana le empezase a escasear la  cordura y se le hubiese aturdido la razón, pero sí fue el comienzo para aprovechar ese desequilibrio y desasirse de las riendas de la metrópoli. Ignacio de Allende confabuló a finales de 1808 y, aunque haya quienes apropien la Independencia mexicana al cura de Dolores, Miguel Hidalgo, lo cierto es que hasta finales de 1809 sólo es Allende quien protagoniza y se significa en el origen de dicha Independencia. Sea lo que fuere, los dos, junto con Mariano Abasolo, importante ciudadano también de Dolores, ordenan el levantamiento, cuyos generales serían los capitanes Abasolo y Allende, este liderando el ejército; e Hidalgo, preparando la rebelión popular, que debería explotar en el mercado de San Juan de los Lagos, 8 de diciembre, en donde coincidía un enorme aluvión de gentes de toda Nueva España. Es el año 1810.

Al año siguiente, se le juzga en Chihuahua. Ajusticiado el 26 de junio, su cabeza -junto con la de Aldama, Hidalgo y Jiménez, los demás líderes sublevados- es exhibida en la Alhóndiga de Granaditas, en la propia ciudad de Guanajuato.

Al fin, San Miguel el Grande obtiene la carta de naturaleza como ciudad en 1826, denominándose desde entonces San Miguel de Allende, demostrando así la dignidad de este patriota sanmiguelense que llevó a cabo los inicios de la independencia nacional.

Hoy, es un bello espacio turístico, educativo y artístico -el Instituto Allende (1950) es una escuela de Bellas Artes y de Español-, al que la UNESCO ha considerado Bien Cultural y Ciudad Histórica.

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