viernes 4/12/20

De mi memoria ya evanescente: XX. - De topos, escondidos, huidos, encarcelados, desterrados, evacuados y demás confinados

Ninguna de estas historias, ni de otras muchas tampoco, llegó durante el franquismo a las páginas de los periódicos o de los libros, al igual que permanecieron ajenas a las películas. Ni la literatura ni el cine se hicieron eco de unas historias que no hubieran recibido el visto bueno de una Censura inmisericorde.

Reconozco que las actuales situaciones de confinamiento apenas hacen mella en mí. Es más, y respetando a quienes las sufren de otra manera, casi puedo y debo decir que me estimulan a la hora de abordar los trabajos pendientes, proporcionándome un tiempo y un aislamiento precioso para la meditación, la ordenación y la escritura, aún a riesgo de incidir en cierta tendencia últimamente sobrevenida a la agorafobia y haciendo aparecer el síndrome del ermitaño.

¿Son males propios de la ancianidad subyacente? No pienso preguntarlo ni aunque pudiera acercarme al consultorio médico porque, entre otras cosas, recuerdo que los espacios pequeños nunca me han supuesto una limitación mental para mi capacidad de movimientos. Me refiero, claro está, a los movimientos físicos, una vez sumido en el complejo mundo de las libertades intelectuales. Siendo muy pequeños, mi hermana Ana Mari y yo nos metíamos a hablar en una despensa casera, como si ya estuviera tanteando una premonición preparatoria por si algún día habría de estar privado de libertad, como de hecho llegué a estarlo aunque brevemente.

Pero vayamos a lo que ahora más nos interesa. En el año 1977, los escritores Jesús Torbado (1943-2018) y Manuel Leguineche (1941-2014) publicaron Los topos, un título un tanto insólito para un libro que luego alcanzó varias ediciones. En sus páginas destacaban ambos autores una realidad que había permanecido informativamente vetada durante el franquismo y que atañía a muchos hombres y mujeres de la España silenciosa, silenciada y sometida; incluso la de muchos de los que callaron para siempre: la peripecia de aquellas personas que, temerosas de las posibles represalias que sobre ellas pudieran ejercer los vencedores en la Guerra Civil, decidieron esconderse para intentar sustraerse a la fuerza bruta de la nueva realidad. Veinte biografías acabarían siendo desgranadas en una sucesión de historias que, en algunos casos, finalizaron a las puertas de la recuperación de la democracia, por no haber confiado sus protagonistas ni siquiera en la ley de Amnistía promulgada por el dictador en 1969. Entre veinte y treinta y ocho años de escondite, toda una vida.

Está considerada como "la única mujer topo del franquismo" y su testimonio aparece en el prólogo “para españoles menores de cuarenta años”

Que se sepa, Teodomira Gallardo Cano fue la única mujer que pasó obligada por el duro trance que la convirtió en topa. Casada con Valerio Fernández García, alcalde comunista de Zarza del Tajo (Cuenca), ambos huyeron al monte al finalizar la Guerra Civil, hasta que en 1941 ingresaron en prisión: Teodomira se encontraba embarazada y con una niña pequeña cuando entró en la madrileña Prisión de las Ventas. Su marido, acusado de haber asesinado al cura de su pueblo (que, sin embargo, apareció muerto en extrañas circunstancias algunos años más tarde), fue fusilado, y a ella se le conmutó la pena de muerte por la de 30 años de reclusión. Permaneció encarcelada hasta el año 1947 y, después de salir de prisión, volvió a involucrarse con el PCE, razón por la cual fue torturada y de nuevo encarcelada en diferentes ocasiones. Está considerada como "la única mujer topo del franquismo" y su testimonio aparece en el prólogo “para españoles menores de cuarenta años” del libro de los periodistas Torbado y Leguineche.

Teodomira Gallardo CanoTeodomira Gallardo Cano

Ninguno de los casos narrados en el libro citado tenía como protagonistas a las gentes de Cantabria, posiblemente como consecuencia de la  ausencia informativa de todo lo ocurrido en nuestra región durante ese periodo de nuestra historia más inmediata. Y, sin embargo, ya había constancia de uno de los casos sucedidos en la villa de Laredo, bastante conocido localmente pese a los esfuerzos desplegados durante la dictadura franquista para evitar que se difundiera: el del pintor Santiago Montes Luengas (1911-1954), el cual permaneció encerrado en su propio domicilio entre los años 1937 y 1945, ante los temores justificados de ver repetidas en su persona las represalias ejercidas con algunos miembros de su familia: su padre y sus dos hermanas habían huido a Francia en el primer momento de la entrada de las tropas nacionales en la villa, mientras que su hermano menor, el tallista Ángel Montes Luengas, comisario político del Batallón 122, con 23 años fue fusilado en el Penal del Dueso por los sublevados.

Durante todo el tiempo de encierro en su propio domicilio fue protegido por su esposa, Matilde Fernández Enríquez (1912-2010), contando para ello con el apoyo y la connivencia de unos hermanos falangistas; a pesar de todos los peligros e inconvenientes de su situación, pudo pintar intensamente y, entre los cuadros nacidos de su encierro, se encuentra un bello retrato de su esposa. Cuando sus hijos Miguel Ángel, Margarita y Santiago hicieron la primera comunión, su madre les pidió que desayunaran en la sala vestidos, con el fin de que su padre pudiera verlos a través del agujero practicado en la ventana de una habitación contigua.  

Matilde Fernández Enríquez por Santiago MontesMatilde Fernández Enríquez por Santiago Montes

Testimonio de su estancia son numerosos dibujos y el óleo pintado al escritor Cipriano Rivas Cherif

Solamente salió de su escondite movido por la claustrofobia y con la perspectiva de la aplicación de una amnistía parcial por parte del Régimen franquista, por lo cual su familia política decidió que se presentara ante la autoridad para someterse a un juicio que trajo como consecuencia una pena que le llevó a cumplir dos años en la Prisión Provincial de Santander. Testimonio de su estancia son numerosos dibujos y el óleo pintado al escritor Cipriano Rivas Cherif, con quien coincidió en la cárcel santanderina, y que ha sido cedido al Museo Municipal de Bellas Artes de Santander por su hijo, el arquitecto laredano Miguel Ángel Montes Fernández. La obtenida libertad acarreó un destierro en Madrid, donde falleció en el año 1954.

Autorretrato de Santiago Montes LuengasAutorretrato de Santiago Montes Luengas

De otros topos en Cantabria y sus largas estancias en confinamiento tenemos también algunas referencias, como es el caso de José Lavín Torre (Pepe), alcalde republicano del municipio de Santa María de Cayón, escondido en el pueblo de Villanueva de Villaescusa durante nueve años, saliendo a la luz pública en 1946 y condenado a nueve años de prisión, de los cuales cumplió cinco; o Clemente Villar Bustillo (1901-¿?) alcalde socialista de Castañeda, quien logró huir después de haber estado escondido durante algún tiempo pero fue detenido en Sevilla y encerrado nueve años en El Dueso. A este último tuve ocasión de conocerle personalmente en los tiempos de la transición democrática, y de ambos se han hecho eco las páginas de los libros del historiador Fernando Obregón Goyarrola.

Otros casos bastante similares fueron los de los vecinos de Lantueno Tomás Fernández Lucio y Federico González Saiz, escondidos durante cinco años hasta 1942, como en Las Rozas de Valdearroyo estuvo durante más de siete años Emilio Ruiz Rodríguez; todos ellos han sido relacionados por el historiador Jesús Gutiérrez Flores (1953-2017) en su libro Guerra Civil en Cantabria y pueblos de Castilla (2006). 

Amadeo Calzada Vélez, afiliado de la UGT, permaneció durante cuatro años en un cuarto oscuro de su domicilio

En Santander el trabajador de la Forjas de Buelna Amadeo Calzada Vélez (1875-1946), afiliado de la UGT, permaneció durante cuatro años en un cuarto oscuro de su domicilio, ocultado por su esposa Nieves San Miguel del Río hasta que en 1941 fue descubierto por la policía, siendo detenido aunque no llegó a ser maltratado gracias a la mediación de una tía suya cerca de un coronel del Ejército; pasó a la cárcel durante algún tiempo y falleció en 1946, sin haber podido ejercer ningún trabajo. Sus hijos habían marchado al exilio francés, mientras que su nuera y nietos lograrían hacerlo en el año 1947.

La asistencia femenina fue fundamental para poder sobrevivir en estas circunstancias durante tan largo tiempo, aunque en algunos casos se producirían situaciones un tanto pintorescas y comprometidas, como las que recoge el citado Obregón Goyarrola en sus trabajos de campo, cuando en el municipio de Bárcena de Cicero se descubrió en el año 1938 que un hombre “estaba escondido porque salió embarazada la mujer y tuvo que salir, en aquella época era peor que pensaran que había sido el vecino”. Preciso es tener en cuenta que una circunstancia manifiestamente escabrosa fue la que vivió Esperanza Rodríguez Bolado, madre de ocho hijos y esposa del alcalde de Castañeda, a quien tuvo escondido en su casa durante ocho años; pero en 1938 ella dio a luz un niño que todos consideraron fruto de alguna relación con los soldados italianos, de tal manera que el chico se quedó para siempre con el apodo de El italiano. Tiempo para recordar la copla maliciosa de posguerra: Los italianos/se van, se van/y de recuerdo/un bebé te dejarán.

Pendiente de documentar en su totalidad se encuentra algún otro caso de parecidas características, cual es el de un empleado del Ayuntamiento de Santander llamado Clemente de Goya Inyesto (1902-1979), a quien su compañera Vicenta Boo Toca (1916-1993) mantuvo escondido en una casa del lugar de Cueto durante la friolera de 11 años, saliendo solamente en algunas madrugadas para cazar en los alrededores y, de esa manera, poder facilitar la supervivencia que su compañera le aseguraba.

Lápida de Clemente de Goya InyestoLápida de Clemente de Goya Inyesto

Se vio obligado a guarecerse durante ocho días en la leñera, saliendo completamente cubierto de hollín, sin que lograran hallarlo

Fue a finales de la década de los años ochenta cuando me encontré con un testimonio bastante directo y que narrado por su autora parecía un trasunto del cuento de Caperucita: en este caso “Caperucita y los falangistas feroces”. Hortensia González Muñíz, militante socialista sexagenaria me contó la historia singular de su abuelo de sesenta años, un pintor de los de brocha gorda llamado Ramón Muñiz Gómez, quien al finalizar la Guerra Civil permaneció encerrado varios años en una buhardilla santanderina de la calle Arrabal y a cuyo escondite le llevaba todos los días la comida su nieta de corta edad. Buscado por los hermanos Negrete, agentes del Servicio de Investigación y Vigilancia, en una ocasión se vio obligado a guarecerse durante ocho días en la leñera, saliendo completamente cubierto de hollín, sin que lograran hallarlo, y solamente pudieron llevarse las herramientas de trabajo. Su nieta traía la comida para él y para su segunda esposa, y periódicamente aparecía una hija para cortarle el pelo y mantenerle aseado, hasta que la misma noche del incendio del 14 de febrero de 1941 se vio obligado a salir para esconderse en Torrelavega, donde será denunciado por un cuñado y encarcelado durante algún tiempo. Así lo conté en su momento (Alerta, 30/7/1989).

Se produjeron algunas situaciones tan desesperadas que, como fue el caso del sargento de carabineros Virgilio Crespo Díaz, quien llegó a resguardarse en una tubería de desagüe de piedra, donde permaneció durante mes y medio. 

Emilia Fernández y su sobrina Rosita, además de llevar comida a los hermanos Fervenza Fernández, encerrados en la prisión provincial de Santander, tuvieron que esconder en sus casas –incluso durante varios años- a algunos miembros de la familia.

Participaciones que no les salía gratis a las mujeres. Justa Fernández Ceballos (1914-¿?) y su cuñada, ambas del pueblo de Villasuso de Cieza, quienes llevaban la comida a Duardo, un hermano escondido durante dos años en una cueva del monte, acabaron junto con su madre y dos hermanas más en prisión, donde ya estaba el marido de Justa, condenado a muerte y después conmutado acusado de pertenecer al comité del Frente Popular. Ella estuvo en la cárcel de Torrelavega ocho meses sin juicio; para entonces ya la habían cortado el pelo y le dieron aceite de ricino. Toda la familia fue represaliada: “De ser una familia económicamente desahogada, con fincas y casas, se quedaron sin nada. El cura, que si una vaca para la iglesia, el Tribunal de Responsabilidades Políticas que si 5.000 pesetas de multa y así, saqueos y apropiaciones sin fin”. 

El franquismo también desterró y confinó a algunas gentes de derecha, como ya había hecho en el año 1926 el régimen del general Primo de Rivera con el abogado y periodista santanderino Arturo Casanueva González (1894-1936), desterrado con otros a las islas Chafarinas.

Desde el comienzo del franquismo ya se apuntaron maneras para abortar cualquier tipo de disidencia interna. El dirigente falangista Manuel Hedilla Larrey (1902-1970), llamado a suceder a José Antonio Primo de Rivera (1903-1936) posiblemente fuera el primero de una larga lista, y cuenta en su libro Testimonio (1972) la condena a muerte, el encarcelamiento en Gran Canaria y el posterior confinamiento en Palma de Mallorca, entre los años 1937 y 1947, hasta que le llegó el indulto definitivo. Los empresarios santanderinos Francisco y Manuel Herrera Oria (1889-1971 y 1888-1949)), ambos monárquicos de convicción, hermanos menores del futuro cardenal Ángel Herrera Oria (1886-1968), también fueron confinados en dos ocasiones por razones de su oposición al general Franco. Por otro lado, con motivo de su participación en el denominado Contubernio de Munich, en 1962 fue deportado a la isla de Fuerteventura el abogado y profesor demócrata-cristiano Fernando Álvarez de Miranda Torres (1924-2016), que ya en la democracia sería el primer presidente de las Cortes españolas; sus testimonios están recogidos en el libro Los confinados. Relato vivo de los desterrados (1977), publicado por Juan Antonio Pérez Mateos, mientras que los abogados cántabros José Manuel Martínez de la Pedraja (1932-1990) e Ignacio Fernández de Castro (1919-2011) y el periodista falangista Enrique Ruiz García (1924-2015) optaron por el exilio interior y el exterior: con el primero de ellos mantuve relación en el Ateneo de Santander de los años sesenta, y al segundo llegué a conocerle en 1967 en su domicilio parisino, donde permaneció exiliado hasta el año 1970.

Enrique Ruiz GarcíaEnrique Ruiz García

Ninguna de estas historias, ni de otras muchas tampoco, llegó durante el franquismo a las páginas de los periódicos o de los libros

Ninguna de estas historias, ni de otras muchas tampoco, llegó durante el franquismo a las páginas de los periódicos o de los libros, al igual que permanecieron ajenas a las películas. Ni la literatura ni el cine se hicieron eco de unas historias que no hubieran recibido el visto bueno de una Censura inmisericorde. Creo que la primera vez que el mundo de los topos salió a la luz lo hizo en inglés y en la edición de un libro americano titulado In hiding: the life of Manuel Cortés (1972), en cuyo contenido el hispanista británico Ronald Fraser (1930-2012) recogía la historia de Manuel Cortés Quero (1906-1991)  alcalde republicano del pueblo andaluz de Mijas durante ocho meses, y que permaneció treinta años escondido en su domicilio. El libro se publicó finalmente en España con el título de Escondido. El calvario de Manuel Cortés (2006) y su historia fue llevada al cine titulándola 30 años de oscuridad (M.H. Martín, 2011), en una versión entre documental y cine de animación.

Libro In hiding: the life of Manuel Cortés (1972)Libro In hiding: the life of Manuel Cortés (1972)

Existía un antecedente un tanto críptico, como correspondía al cine del tardofranquismo: El hombre oculto (Umbría, 1971), que narra las vivencias de un hombre oculto en un zulo durante varios años, pero en su momento tuvo algunos problemas para estrenarse en España. Mucho después vino Mambrú se fue a la guerra (Fernán-Gómez, 1986), una comedia dramática que recogió varios premios y nominaciones, hasta llegar al éxito de Los girasoles ciegos (Cuerda, 2008), filmada a partir del libro de relatos de igual título publicado en el año 2004 por Alberto Méndez (1941-2004), uno de los cuales sitúa la acción en un lugar cercano al pueblo cántabro de Caviedes.

Los girasoles ciegosLos girasoles ciegos

Pero sin duda el gran éxito ha sido el obtenido por la hermosa película La trinchera infinita (Garaño/Arregi/Goenaga, 2019), cuyos directores reconocen haberse inspirado en la visión de la ya mencionada 30 años de oscuridad. Ganadora de varios premios, entre ellos dos Goyas, ha sido nominada para presentarse al Oscar 2020 a la mejor película extranjera.       

La trinchera infinitaLa trinchera infinita

De mi memoria ya evanescente: XX. - De topos, escondidos, huidos, encarcelados,...
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