miércoles 25/11/20

De mi memoria ya evanescente: X. Pío Muriedas y la anécdota sobre Lorca que no quiso contar ante la cámara

Ahí acabó todo. Pío me entregó sus memorias inéditas, pero en ellas no vi ninguna referencia a este episodio que nos ha traído el recuerdo hasta hacer esta extensa digresión. Veremos ahora, con la anunciada publicación de la versión de sus experiencias titulada Recuerdos de mis pasos perdidos (2020), si hay alguna referencia a lo que en su día tampoco consiguieron obtener Jesús Pindado en Pío, pueblo y poema (1976) o Benito Madariaga en Aventuras y desventuras de un trotamundos de la poesía (2009).

Una nueva exposición santanderina de parte de la obra pictórica del actor Pío Muriedas viene a reverdecer en mi memoria algunos aspectos de mis conversaciones con este personaje que aún quedaban inéditos por mi parte, de la misma manera que él quiso reservárselos hasta el último momento, quizás por considerarlos inconvenientes incluso para un personaje al cual nada de lo inconveniente (políticamente incorrecto, se dice ahora) le era ajeno. 

Pío Muriedas y Ramón Viadero en el Palacio de la Magdalena (Géminis)Archivo Saiz ViaderoPío Muriedas y Ramón Viadero en el Palacio de la Magdalena (Géminis) | Foto: Archivo Saiz Viadero

Pío Muriedas, en realidad Pío Fernández Muriedas (1903-1992), o Pío Fernández Cueto, como se vio obligado a llamarse durante más de un cuarto de siglo por mores de la postguerra y de la pena de una de muerte finalmente conmutada por libertad condicional y el destierro obligatorio, conoció a lo largo de su existencia a mucha gente famosa, como ahora se verá con la publicación próxima de sus memorias, auspiciada por su hijo y depositario Manuel Fernández Gochi.

Avance del libro de Memorias de Pío MuriedasAvance del libro de Memorias de Pío Muriedas

Entre sus múltiples relaciones se encontraban dos nombres que en la vida cultural de nuestro país cobraron un gran prestigio: el poeta Federico García Lorca (1898-1936) y el pintor Antonio Quirós (1914-1984). Según nos contaba en el transcurso de cotidianas sobremesas mantenidas en la cafetería Frypsia, donde tenía reservado lugar preferente y café pagado de por vida, él había sido el artífice del conocimiento entre los dos mencionados, solamente interrumpido abruptamente por el dramático final de Federico en el mes de agosto de 1936, asesinado en su Granada natal por unos sicarios pertenecientes a las fuerzas sublevadas contra la República.

Pío en el mes de agosto de 1934 recibió el encargo de coordinar la última representación en Santander del grupo itinerante La Barraca

Pío -conocedor del poeta granadino por haberle sido presentado por Gerardo Diego (1896-1987)-,  en el mes de agosto de 1934 recibió el encargo de coordinar la última representación en Santander del grupo itinerante La Barraca, elenco madrileño dirigido por Lorca. Y así lo hizo, presentándole además al joven pintor que comenzaba entonces a darse a conocer después de las primeras exposiciones celebradas en la ciudad y que con sus decorados colaboraba en las representaciones santanderinas.

Los componentes de La Barraca actuaron en la Universidad Internacional y también lo hicieron en un improvisado escenario levantado en una placita existente en la conexión de la actual calle Hernán Cortés con el Puertochico de los pescadores. Según recoge Benito Madariaga de la Campa en su libro García Lorca, La Barraca y el Grupo Literario del 27 en Santander (1999), la precariedad del presupuesto que manejaba el grupo era tal que tenía que vestirse en la buhardilla habitada por la madre de Pío Muriedas en la calle Peña Herbosa. Las mañanas las provecharon para conocer un poco el ambiente de un Santander estival, con sus tertulias en los bares del Muelle.

Lorca con Salinas y la Barraca en Santander (1934)Lorca con Salinas y la Barraca en Santander (1934)

Entonces Pío frecuentaba, al igual que una parte de la intelectualidad local, los veladores del Café Namur, sito en las proximidades del Banco de Santander, y es allí donde tuvo lugar la anécdota que Pío nos contó casi medio siglo después. Sentados Lorca, Quirós y Pío, quizás acompañados de alguien más de su confianza, el recitador santanderino se hallaba dispuesto a protagonizar un acto en el cual el papel de protagonista debería estar reservado para el ya famoso poeta y creador teatral, cuando apareció la presencia de una joven madre acompañada de su hijo, lo más parecido, por la descripción que Pío nos hacía, al joven Tadzio de la película Muerte en Venecia (Visconti, 1971).

Pío apenas se inmutó con la nueva llegada y continuó su perorata; acerca de Quirós no nos dijo nada, pero Federico ya no dejó de mirar a aquel muchacho reluciente, tanto es así que, en un momento determinado del discurso, Pío le dijo al poeta de una manera altisonante:

-¡Deja ya de mirar a ese muchacho, que pareces un marica!

¿Fue así tal como lo dijo o se vino arriba en  nuestra tertulia y cargó las tintas un tanto melodramáticamente en su expresión?

El caso es que, siempre siguiendo el relato de Pío, el autor de Mariana Pineda (1917) se levantó e interpretó un solo que dejó impresionado a su reducido auditorio:

-Porque yo admiro la belleza de ese chico que parece una chica me llamas marica y, sin embargo, tú eres un hombre a pesar de que estás enamorado de una mujer que parece un hombre. ¡Marica yo, marica tú, maricas todos!

Se refería a la deportista y poeta santanderina Ana María de Cagigal Casanueva (1900-2001), nadadora y entrenadora de hockey, por quien en aquellos años Pío bebía los vientos.

Recibió en su estudio al poeta para que conociera los últimos cuadros de su producción, entre ellos uno aún sin terminar

No sé lo que opinarían la señora y su admirado hijo ante el espectáculo representado de una manera totalmente gratuita, pero para el narrador de la anécdota ahí terminó todo. Para el pintor Quirós hubo algo más, porque recibió en su estudio al poeta para que conociera los últimos cuadros de su producción, entre ellos uno aún sin terminar inspirado en un personaje lorquiano: Antoñito, el camborio.

Lorca cierra la compra y quedaron en que al año siguiente volvería a Santander y recogería el cuadro ya terminado, pero esta visita no pudo realizarse porque las giras de La Barraca habían quedado suspendidas y el momento más propicio parecía ser el verano de 1936. Cuando se destapó el golpe de Estado, Federico se vio ante la disyuntiva de dirigirse hacia el Sur familiar o pero sublevado o hacia el Norte fiel a la República. Optó por lo primero y eso fue su perdición.

Quirós continuó su producción artística, además de colaborar en la escenografía para las obras teatrales dirigidas por Pío Muriedas en plena Guerra Civil con montajes de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios (UEAR) y con el grupo teatral Fábula, coordinado por Luis Corona (1897), donde entre otros colaboraba un jovencísimo alevín de poeta llamado José Hierro (1922-2002), a quien Quirós también pintará un retrato. ´

Pío Muriedas durante la Guerra Civil Archivo Saiz ViaderoPío Muriedas durante la Guerra Civil | Foto:  Archivo Saiz Viadero 

Petición de pena de muerte, salvada gracias a la intervención del poeta monárquico José María Pemán

Pío, por su parte, se convirtió en el poeta de la Revolución y, vestido con su camisa roja, visitaba los frentes de guerra del Norte, saludando desde las ventanillas de los trenes a aquellos combatientes a los que enardecía con poemas alegóricos al momento trascendental que el país estaba viviendo. Esta actividad le convertirá en un popular recitador pero, al finalizar la Guerra Civil en Cantabria, le obligará a salir al exilio con su madre, Mª Cruz Muriedas Rumayor (1867-1943), refugiándose primero en Cataluña y, finalmente, en el sur de Francia, desde donde regresa a España ignorante de las requisitorias que contra su persona habían lanzado las nuevas autoridades franquistas. Total: petición de pena de muerte, salvada gracias a la intervención del poeta monárquico José María Pemán (1897-1981), conmutada, como ya se ha dicho, por el cumplimiento de tres años y medio en la cárcel de Oviedo y un destierro que, debido al cambio de nombre, casi le condenaba a la clandestinidad artística.

Yo le conocí en Santander en el año 1963, que es  cuando hace acto de presencia con un par de recitales en el Ateneo, después de un periplo de veinte años por ciudades como Zaragoza y Bilbao. No se podía aproximar al lugar de su nacimiento, pero con la ayuda de Ignacio Aguilera Santiago (1906-1989), presidente del Ateneo y director de la Biblioteca Menéndez Pelayo y el Centro Coordinador de Bibliotecas, logró no solamente salvar este escollo sino sobrevivir económicamente en sus primeros tiempos santanderinos.

El repertorio para los escenarios estaba compuesto por una síntesis de obras de poetas clásicos y contemporáneos

Pío ya no era el declamador revolucionario de los tiempos de guerra, con camisa roja, zamarra miliciana y boina proletaria en la cabeza. Ahora vestía modestamente, pero impoluto merced a los desvelos de su esposa María Luisa Gochi Mendizabal (1918-1972), con traje y una corbata de la cual nunca renegó y un sombrero burgués, que le proporcionaban cierto aspecto de gentleman que él remarcaba con los gestos altisonantes en su conversación, casi siempre monólogo. Gracias a su capacidad mnemotécnica, el repertorio para los escenarios estaba compuesto por una síntesis de obras de poetas clásicos y contemporáneos y, sobre todo, el extenso monólogo titulado Las manos de Eurídice, introducido en España por el actor Enrique Guitart (1909-1999), que le facilitaba seguir en su especialidad improvisadora añadiendo algunas morcillas de cosecha propia, adobadas según y cómo estuviera el patio.

El autor ante el retrato de María Luisa Gochi (julio 2020) Foto: Vera Fernández de la RegueraSaiz Viadero ante el retrato de María Luisa Gochi (julio 2020) |  Foto: Vera Fernández de la Reguera

Se refería a la presencia de censores, policías y otros especímenes frecuentes, tales como furibundos padres de familia y demás veladores por la moral pública. Pío solía recitar en colegios, conventos y demás instituciones culturales, docentes o religiosas; famosa era su salutación de llegada:

-¿Está el padre prior?

-¡Ah, no, hermano, el padre prior desgraciadamente pasó a mejor vida!

-¿Cómo? ¿A mejor vida todavía?

Pero siempre añadía la coletilla que a él más le acuciaba, debido a la indigencia en que sobrevivía:

-Pero, ¿estará el hermano pagador, eh?

Ya había dejado atrás el itinerario de las tabernas de los años 40, donde a una parroquia más predispuesta al vino peleón que a escuchar un recital de poesía la estimulaba con la rifa posterior de una botella de coñac, merced a cuyos ingresos la siempre eficaz María Luisa redondeaba la contabilidad del día sin tener que recurrir al empeño de cualquiera de sus modestas pertenencias. Esas libretas de contabilidad minuciosa debiera su hijo Manu depositarlas en cualquier museo del teatro, como material representativo de las penalidades que en España han sufrido los cómicos de la legua, entre los cuales Pío Muriedas era su conspicuo representante, a la vez que el más deslenguado. 

En Santander estableció su cuartel general en el Ateneo y el punto de tertulia pasó a ser La Austriaca

En Santander estableció su cuartel general en el Ateneo y el punto de tertulia pasó a ser La Austriaca, donde hubo de sufrir alguna que otra intemperancia fruto de su propio ingenio y de su lengua irrefrenable. Pero, por lo menos, salía con vida, o con mejor vida de la que había ido gastando entre las ratas de las cárceles y el polvo de los caminos. Con la recuperación de la democracia, un grupo de amigos liberales de izquierda tomamos al asalto dialéctico las mesas de la céntrica cafetería Frypsia como punto para nuestras tertulias de sobremesa, desalojando con ello paulatinamente a los militares que solían frecuentar el lugar. Pío tenía allí un lugar preferente, su propio espacio, del que continuamente se levantaba para trasladar alguna opinión a los miembros de la enorme mesa.

Tertulia de Frypsia, años 80: Pio Muriedas, Antonio Quirós, Antonio Sedano, Manuel de la Escalera, Manuel Maleras, Luis Corona, Ramón Viadero. De espaldas: Carmen Sollet y Berenice.Foto: Manuel Bustamante.Tertulia de Frypsia, años 80: Pio Muriedas, Antonio Quirós, Antonio Sedano, Manuel de la Escalera, Manuel Maleras, Luis Corona, Ramón Viadero. De espaldas: Carmen Sollet y Berenice | Foto: Manuel Bustamante

Fue allí donde, coincidiendo con la presencia de Antonio Quirós, le oí comentar la contada anécdota con Lorca, y se la trasladé a Jesús Garay que estaba preparando el rodaje de un largometraje titulado Manderley (1979), con tres gays como protagonistas. La personalidad arrolladora de Pío y el contenido de aquella anécdota le impulsaron a incluirla en una secuencia de la película, rodada en parte en la casa que el dibujante Manolo Maleras (+1992) tenía en el mismo paseo de Pereda.

Todo estaba preparado para el rodaje con sonido directo y cuando los actores José Ocaña (1947-1983) y Enrique Rada (1954-2013), que interpretaba el papel de nieto de Pío, esperaban oír de sus labios el relato de una historia protagonizada por Federico García Lorca, un mito para la España cultural de izquierdas y, sobre todo, para la homosexual, Pío comenzó a vadear el tema y se acabó el rollo de película sin haberlo acometido explicitamente.      

Pío Muriedas hablando a Rada y Ocaña (Manderley)Pío Muriedas hablando a Rada y Ocaña (Manderley)

No todo se perdió. Al menos para el cine, para Jesús Garay y para Pío Muriedas, porque se descubrió a un actor algo chapado a la antigua, que no daba completamente para la pantalla, pero sí tenía una presencia imponente que sirvió para dos años después protagonizar una película titulada Géminis (1981), dividida en dos episodios, el primero de los cuales tenía a Pío como protagonista y yo le daba la réplica, además de ser el productor ejecutivo de este largometraje para la empresa recién creada Piquío Films S.A. No acabó ahí, sino que detrás vino otra película, concebida dentro de un género que bien iba con la personalidad de este intérprete que no se había colocado ante las cámaras desde que en Zaragoza interviniera en el cortometraje Hacia el silencio (Páramo, 1963). 

No le gustaba el cine a Pío Muriedas, más allá de las escasas películas que apenas conseguía acabar su visualización

No le gustaba el cine a Pío Muriedas, más allá de las escasas películas que apenas conseguía acabar su visualización. En In Pio (1985), que fue su última intervención como actor y que vino a ser una radiografía y hasta, si se quiere, el canto de cisne, tampoco consiguió Garay, si es que lo pretendía, arrancarle una confesión que soslayó en varias ocasiones. Esta breve pero intensa carrera cinematográfica pudo desarrollarse gracias a la perseverancia de Román Calleja Sainz, director teatral de Caroca, convertido en esforzado acompañante de un actor cada vez más fatigado.  

Pío Muriedas pintado por Jesús Hoyos (In Pio)Pío Muriedas pintado por Jesús Hoyos (In Pio)

Ahí acabó todo. Pío me entregó sus memorias inéditas, pero en ellas no vi ninguna referencia a este episodio que nos ha traído el recuerdo hasta hacer esta extensa digresión. Veremos ahora, con la anunciada publicación de la versión de sus experiencias titulada Recuerdos de mis pasos perdidos (2020), si hay alguna referencia a lo que en su día tampoco consiguieron obtener Jesús Pindado en Pío, pueblo y poema (1976) o Benito Madariaga en Aventuras y desventuras de un trotamundos de la poesía (2009). Gracias a este último y documentado libro pudimos subsanar el error en el cual el propio Pío nos hizo caer a todos, diciéndonos que había nacido en Bilbao, “para poder beneficiarse de las ayudas”. ¡Pícaro siempre!

La historia jamás contada públicamente se nos fue con él. En 1989 le hice una última entrevista (Alerta, 14/12/1988), con tan mala fortuna que coincidió su publicación con la declaración de Huelga General contra el gobierno de Felipe González, y su difusión fue muy limitada. Yo mismo no tengo un ejemplar de la misma, pero sí recuerdo la frase de ultratumba con la que me recibió:

-¡Joven, está usted hablado con un cadáver!          

Ni yo era tan joven, ni él era todavía el cadáver que anhelaba ser, pero aquella expresión tremendista suya se correspondía con un tránsito por esa España negra con la cual había tenido que convivir en ocasiones.    

Incluyó en su repertorio uno de los poemas más elocuentes de Lorca tomado del libro Poeta en Nueva York (1930), y continuó aburrido hasta el final de sus días, enterrado en la parcela que él mismo había adquirido en el cementerio de Ciriego para que sus restos reposaran junto a los de María Luisa, ambos muy cerca de la enorme fosa común donde había ido a parar su hermano Antonio Fernández Muriedas (1902-1938), fusilado el 24/11/1938 por ser militante comunista. Allí está también, entre los cientos de personas fusiladas, la periodista Matilde Zapata, a quien llegaron a denominar la Pasionaria santanderina.

Pío solía recurrir a poetas y pintores en los (continuos) momentos de penurias económicas

Pero si bien el rapsoda guardó esa fidelidad a la memoria y la obra lorquianas, su trato último con Rafael Alberti (1902-1999), a quien Pío había conocido en Madrid en 1934, donde le entregó algunos de sus versos para que los recitara, e incluso Pío había dirigido en Santander el estreno de su comedia Bazar de la providencia (1934), su trato último, digo, no solamente fue el opuesto, sin o que no llegó a fructificar. Sabido es que Pío solía recurrir a poetas y pintores en los (continuos) momentos de penurias económicas, recibiendo frecuentes apoyos por parte de éstos: no fue así en el caso de un Alberti recién regresado a España desde el exilio romano. Según Pío, no respondió a su misiva petitoria y, por ello, cuando en el verano de 1979, después de una comida en el Barrio Pesquero invité a la tertulia de Frypsia a Alberti y a su compañera de entonces la bióloga Beatriz Amposta, el actor no quiso salir de su mesa para saludar al poeta, ignorando ostentosamente lo que hubiera supuesto el reencuentro entre ambos. 

En cambio, la mistad con Quirós se mantuvo hasta el final, gracias sobre todo a la generosidad del pintor. En una visita a su casa madrileña Quirós le regaló algunos apuntes, pero Berenice, la esposa del pintor, nada conforme con aquella prodigalidad, esperaba a Pío en la puerta y le iba quitando lo que el pintor antes le había dado. A lo largo de su vida, Quirós pintó retratos de Pío por lo menos en cinco ocasiones.                             

Contemplar ahora en el Espacio Fraile y Blanco el mundo pictórico naif de Pío, con una muestra de más de veinte cuadros suyos, del cual yo conservo un par de obras, es como volver a una representación de los títeres de cachiporra que tanto gustaban a Federico García Lorca, sobre quien Pío guardaba memoria y optó por no  divulgarla.   

De mi memoria ya evanescente: X. Pío Muriedas y la anécdota sobre Lorca que no quiso...
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