jueves 29/10/20

A propósito de Morricone, Sergio Leone, Laredo y el Coloso de Rodas

Capítulo XI de 'mi memoria ya evanescente'.

El inesperado fallecimiento del compositor y director de orquesta italiano Ennio Morricone, (1928-2020), un músico especializado en bandas sonoras cinematográficas, supone una gran pérdida para el mundo del cine. Acababa de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes, compartido con el también compositor cinematográfico John Williams, y una desafortunada caída ha interrumpido su exitosa carrera profesional camino de cumplir los 92 años de una prolífica existencia que superaba ya la autoría de quinientos títulos, repartidos entre su creación cinematográfica y televisiva.

Sabido es que uno de los mayores enemigos de la salud y de las vidas de la gente mayor se encuentra agazapado en las consecuencias inmediatas producidas como resultado de caídas fortuitas y, desgraciadamente, la sufrida por Morricone no ha podido librarse de ser una excepción a tal generalización.

Ennio Morricone en 2012  Imágenes archivo Saiz ViaderoEnnio Morricone en 2012 | Foto: archivo Saiz Viadero

Su nombre me ha recordado sus triunfos más populares para los aficionados a un género que en realidad no lo era, pero que él contribuyó de manera determinante con sus composiciones a proporcionarle una estructura de estilo propio. Me refiero al denominado spaghetti westerns, formado por películas de ambiente del Oeste norteamericano a pesar de haber sido rodadas en las tierras de Almería que, sobre todo a partir de los años 60, fueron el escenario preparado para la producción de centenares de títulos, sin duda la mayoría no de tanta fortuna como aquellos en los que la banda sonora llevaba la firma de Ennio Morricone y que no olvidarán fácilmente los oídos de millones de cinéfilos y cinéfagos de varias generaciones, merced a las continuas reposiciones a través de la pequeña pantalla de todo el mundo.

Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio de (1965), El bueno, el feo y el malo (1966) y Hasta que llegó su hora (1968), todas ellas realizadas en España por su amigo el realizador también romano Sergio Leone (1929-1989), y que fueron producidas prácticamente casi al comienzo de la carrera profesional de ambos, son títulos que obtuvieron un gran éxito y excelente acogida por parte del público y la crítica especializada, algo que no siempre acostumbra a ir unido.

Sergio Leone en 1984, durante Érase una vez en América.Sergio Leone en 1984, durante Érase una vez en América | Foto: archivo Saiz Viadero

La banda sonora compuesta por Morricone para estas películas supuso un elemento decisivo a la hora de valorar la popularidad

La banda sonora compuesta por Morricone para estas películas supuso un elemento decisivo a la hora de valorar la popularidad obtenida por estas cintas, además de contribuir a proporcionar un estilo especial a la visión del spaghetti western concebida por Leone, contrapuesta a la composición sinfónica de los genuinos westerns yanquis en los que participaba el compositor ruso pero nacionalizado norteamericano Dimitri Tiomkin (1894-1979), un auténtico maestro en su especialidad y en la recuperación de la balada como género lírico en Sólo ante el peligro (1952), La gran prueba (1956) o Duelo de titanes (1957), siendo capaz de proporcionar a las bandas sonoras de las películas en las que intervenía una musicalidad operística, cualidad ésta que con el tiempo también adquirió y prodigó el propio Morricone.

Como historiador interesado por el cine rodado en Cantabria, cuando releo estas apresuradas líneas por mí pergeñadas no puedo dejar de lamentar la oportunidad perdida al no haberse conocido Leone y Morricone unos pocos años antes, porque de haber sido así hubiéramos podido contar con la banda sonora del primer largometraje firmado por Sergio Leone y que fue rodado en Laredo en el verano de 1960: El coloso de Rodas, con música encargada al compositor italiano Angelo Francesco Lavagnino (1909-1987), especializado en péplum como en adelante lo haría en su prolífica filmografía con los spaghetti westerns. Leone era entonces un director novel, sin apenas capacidad para controlar todos los aspectos correspondientes a una coproducción entre tres nacionalidades europeas y que fue rodada en inglés, en la cual se invirtieron cien millones de pesetas.

Leone entre un actor y Lea Masari | Foto: libro Cuando Laredo fue Hollywood tomadas por el fotógrafo J. A. Hoya CorralLeone entre un actor y Lea Masari | Foto: libro Cuando Laredo fue Hollywood tomada por el fotógrafo J. A. Hoya Corral

El coloso de Rodas fue, entre toda la producción de Sergio Leone, la única película que no contó con la banda sonora creada por Morricone. Al cumplirse este mes de julio el sesenta aniversario de la puesta en marcha de la misión artística de convertir a la villa de pescadores en la isla griega de Rodas, ante el regocijo y la satisfacción de los habitantes pejinos que veían en la presencia de las cámaras cinematográficas la oportunidad de ganarse un dinero extra (entre cien y doscientas pesetas por jornada) que pudiera suplir la ausencia de ingresos durante la sequía pesquera propia de los veranos, viene a mi memoria la transformación ambiental sufrida mediante una operación que posteriormente daría lugar a su relato en las dos ediciones de un librito mío titulado Cuando Laredo fue Hollywood (1997 y 2010), hoy en día completamente agotadas. 

La idea de hacer esta publicación que tantos éxitos cosechó en sus momentos surgió de la personalidad de un fotógrafo laredano llamado José Antonio Hoya Corral (1939-), todo entusiasmo y disponibilidad. Creo que al cine de nuestra región nos debe y le debemos la publicación de una monografía en la cual nos hable acerca de su larga experiencia cinematográfica, que va desde foquista hasta ayudante de operador en más del centenar de largometrajes y cortometrajes en los que participó a lo largo de veinte años de su vida profesional. Él descubrió para mí y, de paso, para el público lector, lo que había significado para Laredo aquel verano del 60, cuando la villa se vio inundada por una troupe de gentes del cine que se comunicaban en cinco idiomas.

Libro Cuando Laredo fue HollywoodLibro Cuando Laredo fue Hollywood | Foto: archivo Saiz Viadero

Y lo hizo no solamente contándonos sus recuerdos de aquel rodaje, sino también aportando una extensa colección de imágenes tomadas con su cámara fotográfica con la cual se dispuso a levantar acta de cuanto ocurría entre artistas, técnicos y público en general, convertido este último en una legión de figurantes que a lo largo de varias semanas vio romperse la monotonía de sus vidas pueblerinas. Testimonio gráfico de la presencia y movimientos de alrededor de mil quinientas personas movilizadas en calidad de extras en aquel improvisado Hollywood y, a la vez, un Babel de lenguas, contando con la figura de un falso coloso sirviendo de fondo visual y también como pretexto y contexto argumentales, según un decorado construido por el artesano santanderino Francisco Rodríguez Asensio (1908-1975). Ahora echo de menos no haber tenido acceso al cortometraje rodado en 8mm. En aquella ocasión por el propio Hoya Corral, que la abrió camino en el mundo del cine. 

El coloso de Rodas supuso una aventura que excedió todo tipo de previsiones dentro de la incipiente industria cinematográfica hispana

Para las empresas implicadas en una co-producción de más altos vuelos industriales que resultados artísticos la realización de El coloso de Rodas supuso una aventura que excedió todo tipo de previsiones dentro de la incipiente industria cinematográfica hispana, empeñada no solamente en extender sus redes en territorios extranjeros sino también en dar trabajo a modestos profesionales y vender sus paisajes para crear el Spain is different que pronto se pondría de moda como lema de una España que en los años 60 buscaría blanquear su pasado integrista, dando entrada a la nueva realidad turística en busca de divisas.

Aunque la película funcionó inicialmente en las carteleras de los cines de estreno, a pesar de la simplicidad argumental en que el tema más ambicioso se había convertido después de pasar por el reciclado a manos de los seis guionistas italianos (Chitarrini, De Concini, Gualtieri, Martino, Savioli, Seccia y Tessari), quienes junto a Sergio Leone se encargaron de dar forma a la traducción de una leyenda antigua, convirtiendo la historia original en una mezcla de péplum y comic, con la consiguiente pérdida de toda la fuerza argumental inicialmente depositada en una película de las llamadas de romanos, en la cual no había más romano que el director de la misma, porque la isla de Rodas se encuentra en el archipiélago griego y la lucha de la gente esclavizada de su pueblo fue contra la presencia del tirano opresor local, que se apoyó en los fenicios para acabar con la rebelión. Sin hacer demasiado esfuerzo, podía leerse como un alegato subterráneo contra el franquismo y sus antecedentes.

Leone siempre se negó a aceptar su autoría y la película hubo de finalizarla el director catalán Jorge Grau

Un comentarista anónimo ha querido dejar constancia de que El coloso de Rodas siempre estuvo presente en el ánimo de su director. Posiblemente fuera, como se apunta, debido a tratarse de su primera experiencia como autor de un largometraje, pero en cualquier caso tanto lo sucedido durante el rodaje como el abrupto final del mismo indican todo lo contrario, hasta el punto de que Leone siempre se negó a aceptar su autoría y la película hubo de finalizarla el director catalán Jorge Grau (1930-2018), a la sazón ayudante de dirección, como él mismo me confirmaba en el transcurso de una entrevista celebrada en su casa de Madrid en el año 1995.  Hacía treinta años que no veía a Grau, desde que en el año 1965 organicé en el Ateneo santanderino un ciclo dedicado a revisar su obra y, en realidad, yo iba buscando información acerca de una versión paródica por el realizada sobre los personajes modernizados de El Quijote, cuando sin pretenderlo nos topamos con sus recuerdos acerca la realización de un cortometraje en Laredo que él ya tenía olvidado y que ahora se encuentra colgado en Internet.   

Jorge GrauJorge Grau | Foto: archivo Saiz Viadero

Por su parte, Leone afirmaría muchos años después: 

-Trabajamos día tras día en el plató y me divertí técnicamente con múltiples ideas, pero sin tener tiempo de llevarlas a cabo. Fue un error. Con un descanso, y dos meses de preparación, podrá haber hecho un film más personal.

Para Sergio Leone todo había comenzado con mal pie cuando el galán norteamericano John Derek (1926-1998), contratado por las productoras y que entonces iniciaba una andadura sentimental en busca de mujeres perfectas, mediante el matrimonio con la actriz suiza Úrsula Andress y, finalmente, con la mujer 10, una jovencísima modelo norteamericana que asumiría el nombre artístico de Bo Derek, a la cual dirigiría en el largometraje titulado Bolero (1984), parcialmente rodado en Cantabria; ese actor, decimos, pretendió dar un golpe de estado para desbancar la presencia de Leone al frente de la dirección, suscitando así la rebelión de parte del equipo artístico y el abandono de sus intenciones de promoción y su papel en la película, siendo sustituido por el también norteamericano Rory Calhoun (1922-1999), prolífico actor en westerns. Aquella contienda interior podía parecer una prolongación del argumento del film, algo así como lo que había sucedido durante el rodaje de Bienvenido Mr. Marshall (Bardem-Berlanga, 1953).

Los problemas de producción y la desvirtuación argumental del film acabaron obligando al atribulado director a abandonar el rodaje

Los problemas de producción y la desvirtuación argumental del film acabaron obligando al atribulado director a abandonar el rodaje antes de darlo por finalizado quedando, como ya se ha dicho, en manos de su ayudante la conclusión del mismo, y del reputado montador italiano Eraldo da Roma (1900-1981) la versión última reducida a 125 minutos, mientras en los juzgados trasmeranos quedaba vista para sentencia las actuaciones judiciales de la causa por el robo registrado en una villa habitada por Rory Calhoun, su esposa Adita Barón Calvo y sus dos hijos, consistente en la suma de 35.000 pesetas más algunas joyas, sustraídas por un joven figurante que, aprovechando los tráfagos derivados del rodaje, se hizo con el botín para gastárselo en francachelas en el Barrio Chino bilbaíno. Cuando fue detenido solamente tenía en el bolsillo doce duros. 

La experiencia profesional iniciada por Leone en Laredo continuaría en España con su dedicación a un género conocido como spaghetti western y finalizaría en Hollywood con el rodaje de Érase una vez en América (1984), cuya producción tuvo los mismos o mayores problemas que su primer trabajo. Habían transcurrido casi siete lustros desde su debut y el director, ahora convertido en un autor cinematográfico de gran prestigio, pasaba por un infierno similar al vivido en sus primeros años, hasta el punto de que se dice que su fallecimiento debido a un infarto de miocardio tuvo mucho que ver con los problemas ocasionados por la pérdida de control de su última película y su lucha entablada por impedir que el metraje se recortara por la distribuidora en la medida en que lo fue, así como que se viera modificado el orden de las secuencias. Con el parecía hacerse realidad aquel mantra extendido en el mundo del cine:

-El objetivo del director es arruinar al productor, mientras que el productor debe impedir que el director haga una obra de arte. 

Para Laredo el rodaje de El coloso de Rodas supuso una auténtica bendición por su contribución al lanzamiento de la villa como referente del turismo internacional

Si para Leone la experiencia laredana fue como una maldición que le persiguió hasta el final de su carrera, para Laredo el rodaje de El coloso de Rodas supuso una auténtica bendición por su contribución al lanzamiento de la villa pejina como referente del turismo internacional, en su calidad de capital de la Costa Esmeralda española, de cuyo devenir se haría eco Rufo de Francisco Marín, nombrado en 2007 cronista oficial de la villa. La atracción que este rodaje en plena canícula estival ejerció entre los medios de comunicación internacionales, y una hipotética valoración económica de su repercusión en prensa, radio y televisión, sería impensable hoy en día, sobre todo debido a la difusión de la imagen tomada por Hoya de la secuencia en la que el especialista José Luis Chinchilla (+1992), doblaba a Calhoun durante el lanzamiento al mar desde lo alto del Coloso. 

Figuración femenina con el macizo de la películaFiguración femenina con el macizo de la película | Foto: libro Cuando Laredo fue Hollywood tomada por el fotógrafo J. A. Hoya Corral

Todo ello, al margen de que después de finalizar la producción se aprovecharon parte de los decorados montados para utilizarlos en otro péplum titulado Goliath contra los gigantes (Malatesta, 1961), una coproducción italo-española que debido a la escasez de su ambición artística y haberse rodado en pleno invierno no obtuvo la trascendencia publicitaria de su antecesora, y por razones diferentes conoció  problemas de acabado similares a su antecesora, igualmente solventados por su ayudante de dirección Jorge Grau, quien aprovechando la estancia de parte del equipo rodaría el cortometraje titulado Laredo, Costa Esmeralda (1961), que ya ha sido aludido anteriormente.

Únicamente las empresas francesas relacionadas con la industria del ladrillo quisieron relacionarlo con alguna figura del cine

Pero imbuidas en la consecución de la transformación urbanística de la villa, las corporaciones municipales dejaron a un lado la continuidad de lo que la presencia del mundo del cine y el simbolismo del Coloso de Rodas podían haber seguido proporcionando a la imagen de una población en continuo crecimiento, sobre todo durante el periodo estival. Únicamente las empresas francesas relacionadas con la industria del ladrillo que habían visto un filón en el nuevo Laredo quisieron relacionarlo con alguna figura del cine y, además del actor Ángel Aranda (1934-2000), uno de los protagonistas españoles de la película, que obtuvo un apartamento en propiedad, se intentó también vincular a una figura mítica de las dimensiones de Charles Chaplin (Charlot, para el público español, 1889-1977) con otra vivienda  para el veraneo, de la cual se haría cargo en su nombre la actriz Geraldine Chaplin, a partir de su establecimiento profesional en España.

Como si se tratara de otra película de Berlanga, el rodaje llegó a su final, la figuración entregó vestuario y atrezzo, salvo los “extravíos” de rigor, se desmantelaron las colosales piernas del Coloso, y los temporales invernales acabaron con el falso espigón que soportaba una de ellas. Al poco tiempo, nadie se acordaba oficialmente del Coloso, cuya presencia pasó a convertirse en una anécdota ciudadana reservada para ser contada a los nietos por quienes ahora tendrán ochenta años como mínimo. Una oportunidad de rentabilizar publicitariamente el evento se perdió en octubre de aquel 1960, cuando no se contestó a la carta enviada por la alcaldía de Rodas con el objetivo de mantener una relación institucional: Laredo se hermanó con la comuna francesa de Cenon en 1988, donde algún tiempo después acudimos David del Río, director de la Casa de Cultura Dr. Velasco, y visitando su cementerio pudimos comprobar la cantidad de nombres cántabros procedentes del exilio republicano allí enterrados. Él recordará también que, haciendo un gran esfuerzo, conseguí terminar la lectura en francés de una conferencia sobre los nuevos nombres del cine español, para al final darme cuenta de que mi trabajo había sido  baldío, porque la mayor parte de las personas presentes hablaba español.      

Perspectivas de los pies del ColosoPerspectivas de los pies del Coloso | Foto: libro Cuando Laredo fue Hollywood tomada por el fotógrafo J. A. Hoya Corral

En el año 2010 el concejal Ángel Vega, portavoz del Grupo Municipal del PP, presentaba una moción con el propósito de organizar entre la población escolar proyecciones de la película, charlas sobre su rodaje, así como la colocación de una escultura en el Paseo Marítimo conmemorando el mismo. Ignoro cómo acabó tal iniciativa. Poco a poco se fue perdiendo la memoria: Procusa, la productora española vinculada al Opus Dei, desapareció, las co-productoras de El Coloso de Rodas se habían enzarzado en discusiones societarias acerca de los rendimientos de su propiedad y las copias desaparecieron de la circulación hasta hace poco tiempo cuando los video-clubs y las televisiones la rescataron, y como si se tratara de poner un contrapunto esperpéntico a la historia del film, algunas de sus secuencias de multitudes fueron utilizadas como exteriores en el montaje de alguna desafortunada película erótica de nacionalidad italiana, creo recordar que Calígula y Mesalina (Mattei, Passalia, Renon, 1981).

La villa estuvo sumida en el tráfago político de cambios en la alcaldía, revueltas y trompicones en el seno de sucesivas corporaciones

Mientras tanto, la villa estuvo sumida en el tráfago político de cambios en la alcaldía, revueltas y trompicones en el seno de sucesivas corporaciones, como para ocuparse de sacarle partido a una anécdota que podría haber servido para que de la misma manera que Cantabria fue durante los años 70 la Almería del Norte, Laredo hubiera sido plató circunstancial y archivo cinematográfico, enriquecido por el reciente legado documental consistente en imágenes tomadas por la familia de un veraneante francés llamado Philippe Pereira.

De todo ello, solamente sobrevivió durante algunos años la actividad de José Antonio Hoya Corral, regresado de su aventura profesional para reconvertirse en gestor cultural durante algunos años al frente de la programación de cine de la Casa de Cultura, poniendo en marcha la Muestra de Cine Español, cuyo antecedente bien pudiera encontrarse en el ciclo dedicado al cineasta santanderino Jesús Garay organizado por Esteban Ruiz en 1987 para la Universidad de Verano de Laredo: diez años más tarde se renovaba por parte del Ayuntamiento laredano el homenaje a este director, estrenándose su película Los de enfrente (1993). De esta manera se mantenía viva una afición nacida en el verano de 1908 con las primeras exhibiciones del cinematógrafo efectuadas en los locales de La Alhóndiga, coincidiendo con las primeras jornadas de creación de la Batalla de Flores la Laredo, y durante muchas décadas fomentadas por el funcionamiento de dos salas de exhibición: el Salón Cantabria y el Cine Alameda. 

Todo pertenece ya a la pequeña gran historia local, pero Ennio Morricone se nos fue, lo mismo que Sergio Leone, Jorge Grau y prácticamente casi todos los componentes del equipo que hace sesenta años hizo realidad un proyecto que hoy se nos antoja sueño de una noche de verano. Nos queda Hoya Corral, quien una vez abandonado el cine en cualquiera de sus facetas, podrá poner fin a la película de su vida con la recuperación de todos los besos que nos fueron sustraídos, lo mismo que al final de Cinema Paradiso (Tornatore, 1988) hacía Alfedo, el viejo proyeccionista, bajo los acordes de la música magistral por lo sentimental de Morricone.

Antes de cerrar por última vez la puerta de la cabina de proyección, José Antonio Hoya me hizo entrega de una serie de copias de películas que, por mi parte, yo deposité en la Filmoteca de España. Al fin y al cabo, el cine y la vida acaban por parecerse, hasta fundirse en un solo proyecto.

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