domingo 9/8/20

Las claudicaciones de Revilla

El cantabrismo, y especialmente el cantabrismo político, está siendo sacrificado por un exfalangista.

Miguel Ángel Revilla, el presidente de Cantabria, es un tipo listo, un animal político, pero con una visión estratégica limitada, muy coyunturalista, oportunista y atenazada por los poderes fácticos a los que nunca ha contrariado. Detrás de su gracejo y de su aparente independencia, se esconde un personaje débil, incapaz de haber construido un auténtico partido al que ha reducido a un conjunto de voceros acríticos que le refrendan por unanimidad sus decisiones. Revilla es, en este caso sí, un verdadero populista.

Si el PSOE está fundamentando una alternativa con fuerzas de izquierda e independentistas es porque, casi seguro, tiene plácets internacionales para intentar tratar de abordar el problema catalán sin represión y por vías democráticas

Para comprender la situación política hay que partir de que, posiblemente, en estos momentos se esté dilucidando un enfrentamiento entre los resortes profundos de la élite interna españolista y poderes europeos y extraeuropeos de más calado. Si el PSOE, en un cambio sorprendente desde hace tan sólo unas semanas, está fundamentando una alternativa con fuerzas de izquierda e independentistas (“rojos y separatistas” en el lenguaje escatológico de la derecha neofranquista) es porque, casi seguro, tiene plácets internacionales para intentar tratar de abordar el problema catalán sin represión y por vías democráticas (como tendrá que afrontar Gran Bretaña el problema con Escocia que, a pesar del Brexit, afecta de lleno a la estructura de la Unión Europea), ante las continuadas sentencias contrarias por parte de la Justicia europea frente a España en el proceso de independencia de Cataluña.

Las élites españolistas, como respuesta a esta situación que se alza como continuidad de la crisis de régimen iniciada desde 2008, han resucitado el franquismo y han hecho aflorar a la extrema derecha. En conjunto, la respuesta de la derecha política está siendo la de cuestionar los principios democráticos europeos, lo que en términos estratégicos puede suponerle a España retornar a la época del aislacionismo franquista.

El Gobierno de la “izquierda” quizá sea la oportunidad de asegurar al Estado español en el estatus europeo presente

El Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos, que podría haberse dado hace tiempo ya, evitando la repetición abusiva de convocatorias electorales, es posible precisamente en estos momentos debido, seguramente, a fuertes presiones internacionales contrarias a una “balcanización” de España, frente a las cuales las élites españolistas se sienten nerviosamente amenazadas. El Gobierno de la “izquierda” quizá sea la oportunidad de asegurar al Estado español en el estatus europeo presente y el que podría, en términos democráticos, mantener a Cataluña en España. En este sentido, es posible que si se ofertara a la sociedad catalana un Estado federado que reconociera su carácter nacional, con un marco de financiación propio, por poner un ejemplo, el independentismo viera reducidas sus aspiraciones de ganar un referéndum de autodeterminación.

La respuesta de la oligarquía españolista, o de parte significativa de la misma, no obstante, está siendo demente y, en su delirio, está provocando una nueva contradicción, nunca vista desde la Transición política: el enfrentamiento entre el “Estado profundo” –el deep State–, de base franquista bajo su control –corona, magistraturas, ejército, alto funcionariado, grandes corporaciones financieras y mediáticas, y fundamentalmente ahora el poder judicial– y el Gobierno presidido por Pedro Sánchez. Pudiera ser que, en su desvarío, intentaran inhabilitar incluso al presidente del Gobierno, una vez que no han logrado impedir su investidura pese a los más rastreros intentos, lo que abocaría a una crisis de régimen de consecuencias totalmente inciertas.

Si el PSOE mantiene su actual apuesta, habrá de intentar desarticular el entramado institucional y tendrá que acometer la “desfranquización” de los resortes del Estado, lo que no se llevó a cabo al inicio de la etapa de la Transición

Gran parte de la partida, por tanto, se va a jugar en el tablero del PSOE. Si este partido mantiene su actual apuesta, habrá de intentar desarticular el entramado institucional (“el Estado profundo” al que se hacía referencia antes) y tendrá que acometer la “desfranquización” de los resortes del Estado, lo que no se llevó a cabo al inicio de la etapa de la Transición. Sin caer en optimismos, esta es la única opción, la última oportunidad quizá, que resta. El régimen del 78 ha de evolucionar: o, sobre la base del franquismo, hacia un régimen autoritario de escasa formalidad democrática (la opción obtusa de la derecha neofranquista), o su recambio o, al menos, reforma hacia un Estado europeo, con garantías democráticas y nacionalmente plural.

Si el PSOE resiste (lo puede hacer si tiene respaldo fáctico exterior), España estará en condiciones para intentar responder a una situación difícil, compleja, pero real. Si cede o es derrotado, esto supondrá posiblemente el final político de Sánchez, y la solución, un PSOE en manos de los “barones” en alianza con el PP o, directamente, las fuerzas neofranquistas (el “bifachito”, PP y Vox, ya que Cs está al final de su ciclo), llevaría a España a la marginalidad y, posiblemente, ya sin Cataluña.

Como siempre en España, la solución progresista y racional ha venido fundamentalmente de un entendimiento de todas las izquierdas con los movimientos periféricos

Como siempre en España, la solución progresista y racional ha venido fundamentalmente de un entendimiento de todas las izquierdas con los movimientos periféricos (regionalistas, nacionalistas, soberanistas, independentistas), como se está produciendo en estos mismos momentos. Si resiste el PSOE, en esta ocasión, en el lenguaje de “guerra civil” que ha emprendido la derecha política (extrema derecha neofranquista) españolista, la batalla a la que las fuerzas democratizadoras acuden, en esta ocasión sin armas bélicas, podrían no perderla.

En estas circunstancias, en las que Cantabria aparecía como una comunidad en la cabeza de la orientación progresista, modernizadora y territorialmente plural, con una voz ciertamente pequeña pero cualitativamente importante en relación a su dimensión, Miguel Ángel Revilla, posiblemente ante presiones de la sectores de la oligarquía interna desesperada, con su sorprendente oposición al Gobierno de España presidido por Sánchez, ha devuelto a Cantabria a la España más profunda, la Cantabria del “trifachito” y, ahora, uno más.

Cantabria, que podría haber encabezado, en la confluencia de fuerzas progresistas y periféricas, la España posible, la España democrática, ha retrocedido décadas en su consideración de un territorio servil (“región leal”), solaz del Madrid de la Corte, despreciado desde el centro por las fuerzas que siempre la han negado y vituperado.

Sin un proyecto cántabro que en lo económico base el desarrollo productivo en la intersectorialidad ganadera, industrial y en el sector de los servicios modernos, sino simplemente en un turismo de vocación especulativa; sin un modelo de Estado plural en el que Cantabria sea reconocida por su propia singularidad; inexistente una alternativa de desarrollo cultural que enfatice las singularidades específicas de lo cántabro en un mundo global, el cantabrismo y especialmente el cantabrismo político, agente dinamizador de nuestra sociedad en tiempos contemporáneos, con soporte en bases sociales populares, clases medias y de orientación ideológica mayoritariamente progresista, está siendo sacrificado por un exfalangista.

De forma opuesta a como alardea en sus shows televisivos, Revilla está devolviendo a Cantabria varias décadas atrás, a una parte acrítica, sin pulso y sin vida de la España negra

En esta ocasión, al igual que en una operación parecida a la actual en la que en las elecciones municipales de 1979 propició el acceso de Juan Hormaechea a la alcaldía de Santander –contradictoriamente, después su principal enemigo–, Revilla ha claudicado de nuevo. De forma opuesta a como alardea en sus shows televisivos, con el “no” del PRC en el Congreso a la investidura de Sánchez, ha demostrado ser más vulnerable con los fuertes que empático con los débiles, y está devolviendo a Cantabria varias décadas atrás, a una parte acrítica, sin pulso y sin vida de la España negra.

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