miércoles 25/11/20

Pandemia, conspiracionismo y libertad

Uno de los fenómenos de respuesta a la pandemia y a las medidas de restricción de libertades individuales que se produjeron con el objetivo de combatirla, fue el surgimiento de grupos negacionistas y conspiracionistas que, en buena parte, articularon su discurso alrededor del concepto “libertad”. Por lo tanto, me parece interesante que nos detengamos a pensar sobre los diferentes significados de los que puede llenarse este concepto.

Llevamos ya siete meses viviendo la primera gran pandemia global del siglo XXI que ha modificado casi por completo nuestras vidas en todos los sentidos como nunca antes nos había sucedido por un motivo semejante al conjunto de generaciones que habitamos hoy el mundo. Unos cambios producidos por la pandemia que, además, han generado interesantes respuestas sociales, muchas veces antagónicas entre sí. Desde la solidaridad colectiva hasta el egoísmo individualista.

A nivel global y en el Estado español, uno de los fenómenos de respuesta a la pandemia y a las medidas de restricción de libertades individuales que se produjeron con el objetivo de combatirla, fue el surgimiento de grupos negacionistas y conspiracionistas que, en buena parte, articularon su discurso alrededor del concepto “libertad”. Por lo tanto, me parece interesante que nos detengamos a pensar sobre los diferentes significados de los que puede llenarse este concepto y el que creo que desde la izquierda tendríamos que estar poniendo sobre la mesa de forma más contundente.

La primera gran ola de concentraciones de estos grupos que se negaban a cumplir las reglas, producidas a mediados de agosto en diferentes puntos del Estado, con epicentro en la madrileña plaza de Colón, creo que nos sirvió para ejemplificar de forma paradigmática el significado que el neoliberalismo -que aunque en crisis precisamente por el tsunami provocado por la pandemia, sigue siendo hegemónico en cuanto a las gafas con las que vemos el mundo se refiere- dota al concepto "libertad". Y es que lo entiende como la necesidad individual de tener la sensación de poder hacer lo que cada cual quiera sin interferencias formales de ningún tipo, en base a su voluntad, sin tener en cuenta ni las condiciones materiales ni el bienestar de la sociedad en la que vive. Un concepto cercano al que el filósofo Isahia Berlin definió como “libertad negativa”.

Es una batalla cultural cotidiana que puede derivar en algo muy peligroso si quien la sigue venciendo es el adversario

Esto me lleva a poner de relieve la importancia social y política de disputar los conceptos. Porque esta disputa, lejos de ser un debate abstracto de intelectuales encerrados en sus despachos de la universidad, es una batalla cultural cotidiana que puede derivar en algo muy peligroso si quien la sigue venciendo es el adversario. Las élites políticas y económicas neoliberales. Sobre todo, porque desde su hegemonía ideológica, ese adversario es capaz de incorporar de forma subalterna en su cosmovisión a una buena parte de la base social popular. Por eso vemos a no pocas personas autodenominadas como de izquierda compartiendo estas teorías conspiranoicas en nombre de la libertad. Compartiendo un concepto de libertad que es el mismo que aquel que hace ya años esgrimió José María Aznar frente al endurecimiento de las campañas para disminuir los accidentes de tráfico causados por el alcohol al afirmar que “nadie va a decirme cuantas copas de vino me puedo o no me puedo tomar”. Y es en este sentido en el que creo que debemos de dar esta batalla con todas nuestras energías.

Por eso, para mí, desde una perspectiva de libertad republicana y socialista, más cercana a la que Berlín definió como “libertad positiva” (capacidad de ser dueño de su voluntad y de determinar sus propias acciones, su destino como individuos pertenecientes a una colectividad) defender en este contexto pandémico la libertad es, por ejemplo, manifestarse para exigir a las autoridades públicas un paquete de medidas sociales que realmente cubriera las necesidades materiales para que todas las personas pudieran afrontar en una mayor igualdad de condiciones los nuevos confinamientos generalizados o restringidos territorialmente. Así como una suficiente inversión pública tanto para garantizar el funcionamiento de los servicios públicos esenciales como para asegurar la puesta en práctica de las medidas necesarias destinadas a combatir de manera efectiva la pandemia. Sería hacerlo porque los poderes públicos garantizaran que toda la población, independientemente de su poder adquisitivo, tuviera acceso a los materiales de protección como las mascarillas, no hacerlo para no usarlas al grito de “no al bozal”. En definitiva, sería exigir la cobertura de las necesidades materiales que todo individuo necesita para ser libre dentro de la sociedad en la que vive, no contra el bienestar de la misma. 

No podemos aceptar pasivamente sin oponer nuestra visión que la demanda de libertad acabe siendo asociada a la exigencia de tener el privilegio individual

Lo que no podemos aceptar pasivamente sin oponer nuestra visión es que la demanda de libertad acabe siendo asociada a la exigencia de tener el privilegio individual de hacer lo que se quiera aún a costa de enfermar a los demás, de poner en peligro a la comunidad. Privilegio que, como siempre, guarda en sí mismo las importantes brechas sociales y económicas existentes. Por eso la derecha y la ultraderecha defienden este concepto de libertad. Porque esa libertad entendida como el “a mí nadie me dice lo que tengo que hacer” no es más que una comprensión privada de la libertad emanada de una furibunda defensa de sus privilegios de clase y su contundente rechazo a tener que cumplir las mismas normas que el conjunto de la sociedad. Normas destinadas, precisamente, a garantizar el bienestar de la comunidad a nivel material y sanitario, que permita la libertad individual entendida como autonomía y libre determinación dentro de la colectividad. 

Y si afrontar esta batalla me resulta tan importante, es también porque el hecho de que exista un importante número de personas que se consideren "de izquierda", "libertarias" o "autónomas" más cerca de reclamar una libertad entendida como el privilegio individual al margen de la comunidad y la voluntad de poder desarrollar sus deseos individuales sin tener en cuenta el contexto de la sociedad en la que viven que de demandar políticas públicas que garanticen nuestras condiciones materiales de vida para que, presicamente, la libertad individual no se convierta en un privilegio, es muestra significativa y triste de dónde estamos hoy tras décadas de derrota ideológica y cultural. Con un gobierno que tiene como mayor y casi única razón de su existencia y apoyo social el rechazo y el miedo a la alternativa, más que el horizonte de ampliación del bienestar y, por tanto, la libertad de la comunidad.

Por último, no quería acabar este texto sin advertir sobre el peligro que creo entraña la conspiranoia como forma sistemática de tratar de explicar los hechos sociales en cada contexto. Porque esta visión suele derivar en posiciones reaccionarias y cercanas a la ultraderecha. Sea voluntariamente o no. No olvidemos, por ejemplo, como en los años veinte y treinta del Siglo XX, esas teorías desembocaron en el fascismo y, sobre todo, el nazismo. 

En esto, lo fundamental es cómo se concibe el poder. Si lo entendemos como una cosa, una máquina, o como una relación en permanente disputa. En el primero de los casos, nos puede llevar a pensar que es fácil que esa máquina utilice diferentes agentes e instituciones para llevar a cabo su plan. Un plan perfecto, sin fisuras e imposible de detener para las mayorías por estar oculto, perfectamente planeado y ejecutado desde arriba. Por eso el conspiracionismo, aunque emita sus teorías como supuestos actos de advertencia y protección de las masas, lo que precisamente anula es la capacidad de acción colectiva de esas masas. Su capacidad para alterar el poder como relación. Esto es, su libertad. Porque las convierte en sujeto pasivo ante una historia ya escrita e inalterable.

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