martes 4/8/20

Españoles con o sin mascarillas y test

Reflexiones desde casa. Día 53.

Me queda este y dos artículos más para hacer un resumen de la España del Covid-19 en el 2020. No temo falta de espacio para escribir lo que pienso, al contrario. No seré el mismo por la tragedia tan tremenda que hemos vivido, con los miles y miles de muertos, pensando y llorado por estas familias. Para ellos será mi última reflexión. Antes tendré que dar las gracias a los que verdaderamente nos están sacando de esta, a todos los sanitarios, para los que no hay palabras, pero prometo encontrarlas.  Hoy es 7 de mayo de 2020. Voy a escribir sobre el porqué del coronavirus, quién tiene la culpa, cómo se ha gestionado la  pandemia, y el futuro inmediato que nos espera a los españoles, y a los demás ciudadanos de un mundo tocado de lleno. El Covid empezó en china, pero de su expansión y de los miles de fallecimientos y contagios producidos en todas partes, tenemos culpa los propios seres humanos. Nos hace vivir bien todo lo que inventamos, construimos y avanzamos, que en paralelo nos puede matar en un momento dado. Es un riesgo que hemos asumido, el del desarrollo, ser los primeros en todo, y luego no podemos (ni queremos realmente) quejarnos de lo malo que pase, incluso si como pago hay que destruir la naturaleza. Aquí es donde hay que situar el coronavirus: en la ambición, el egoísmo, en no pensar nada, en no sentir nada, acerca de las terribles consecuencias que pueda llegar a acarrear nuestro comportamiento. Pero esta vez el virus ha matado a todos, a ricos y a pobres, a mayores y a jóvenes, a conocidos y a desconocidos. Cierto: se ha cebado especialmente con nuestros mayores que vivían lo que les restará en tranquilas residencias, visitadas por la  muerte más cruel y arrasadora, al tiempo que desgarraba a tantas familias que, efectivamente, albergan tristeza, angustia y anhelo de respuestas. Los humanos, influidos más que nada por el orgullo y la soberbia, somos confiados. No hicimos caso, claramente España, de los avisos que llegaban desde China, Corea del Sur, más cerca Italia, país este último que como el nuestro quedará más devastado que otra cosa. Sin previsión, sin conocimiento, en un escenario completamente nuevo para la Organización Mundial de la Salud y para las sanidades nacionales y locales, no se podía esperar otro campo de batalla diferente al caos. Lo seguimos haciendo en este instante. Aceleramos, corremos en la desescalada (nunca me ha gustado la definición), pero el virus asesino sigue aquí. Don dinero dice que ya está bien de parar o frenar la cotidianidad. Durante la cuarentena, en lo que ha sido una deficiente información, han querido que mayormente retuviéramos los anuncios de las televisiones, ya saben: todo va a ir bien, saldremos más fuertes, no faltará de nada, su banco estará con lo que necesite, el Gobierno trabajará incansablemente para que nadie padezca necesidades, o Europa aportará el dinero necesario para la reconstrucción, y regresaremos con ello al mapa económico mundial. Mientras, 26.000 muertos. A nuestras vidas han llegado la mascarilla y el test, quienes lo puedan tener, como los futbolistas, pero no los sanitarios. Y es que la expresión distanciamiento social va a tener, a partir de ahora, muchas lecturas. Algo que igualmente habremos buscado nosotros, a través de todas las mentiras que injerimos, más que nada por conveniencia (lo malo le pasa a otros, no a mí). Este es nuestro destino, en adelante acompañados por un despiadado virus que ha desmontado absolutamente todo, aunque la reacción humana mayoritaria, que no lógica, sea comportarse en las calles como si nada hubiera pasado, que ha sido un mal sueño, porque la vida ha de seguir como más nos gusta disfrutarla.

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