viernes 15.11.2019

Una falta de privacidad que mata

El derecho a la intimidad de las personas, reconocido en la propia Constitución, ha quedado muy tocado con el teléfono móvil y todo lo que es capaz de propagar. Una mujer se acaba de quitar la vida por un vídeo que se reenvió por la fábrica en la que trabajaba. Las acusaciones se cruzan, pero todos somos rebaño de esta sociedad actual, tan apoyada en el cotilleo y la difusión de rumores e intimidades ajenas.

El suicidio de una trabajadora de Iveco (voy a omitir su nombre en todo momento) es un caso más, no el último, dentro de todo el desorden mental que en la sociedad actual mantenemos respecto al mal uso de las nuevas tecnologías que derivan de ese Gran Hermano en que se ha convertido el teléfono móvil. Un vídeo privado, personal, que empieza a circular, que genera comentarios, chismorreos, críticas dañinas, ganas de ver de cerca a su protagonista, hasta que ésta decide quitarse la vida. La noticia toma una gran dimensión, los medios la retuercen de manera insoportable, especialmente para la familia de la difunta, y nadie parece ser consciente del daño infringido antes, durante y después del grave suceso

La privacidad, en este caso la falta de ella, mata. Las acusaciones se dirigen a todas partes, desde la ex pareja, compañeros, la propia empresa y los sindicatos que han de velar por la integridad laboral y personal de los trabajadores. Pero en realidad todos tenemos la culpa de que ocurran dramas como el de esta joven mujer que toma la drástica decisión de suicidarse, al sentirse completamente ultrajada en su intimidad. En este país somos dados a buscar pronto culpables, nos gusta señalar con el dedo, reenviar a otros el vídeo o la foto que protagoniza una determinada persona, sin que haya dado autorización alguna para que ese momento, solo suyo, de su vida, sea de conocimiento público.  

“Somos dados a reenviar el vídeo o la foto que protagoniza una persona, sin que haya dado autorización  para que sea de conocimiento público”  

Cobra protagonismo en las redes sociales el que más insulta o polemiza, muchos jóvenes quieren ser influencers, Internet es ya un desbarajuste, porque unos acceden mejor, otros no, y ya no podemos sentirnos satisfechos con solo decir que es la autopista más amplia hacia el conocimiento jamás conocida. No, porque a través de Internet también se propaga como un virus maligno todo aquello más necesariamente combatible como el odio, el racismo, la xenofobia o la intolerancia ideológica o religiosa. En este nuevo contexto, la privacidad, como la de la trabajadora de Iveco, se está convirtiendo en uno de los bienes más preciados. Estamos secuestrados por debates abiertos como el acoso escolar, el laboral, por supuesto el machismo, y como nexo común de cada uno de estos problemas sociales está el no respeto a la intimidad de los demás

Si la legislación no se cumple, como en mucho de lo relacionado con protección de datos, y el sistema educativo se ve superado por problemas donde aparecen vídeos, fotografías, tuits o wasaps, el día a día, aunque se trate de una multinacional que fabrica vehículos comerciales, no va a ser diferente de las nuevas costumbres que hemos adquirido de cotillear a través del móvil. Debería desaparecer de Internet cualquier referencia a esta mujer cuyo nombre, insisto, no voy a reproducir y todo lo que ha sucedido. Sería un claro pronunciamiento sobre que estamos dispuestos a cambiar las cosas, a no repetir errores que desembocan en hechos tan escalofriantes como que una joven trabajadora se quite la vida porque entre sus compañeros circula un vídeo en el que ella aparece, y nadie ha respetado su derecho a que no trascienda, porque lo quiere así, y punto. 

“Debería desaparecer de Internet cualquier referencia a esta mujer cuyo nombre no voy a reproducir y todo lo que ha sucedido”

No barajo confianza alguna de que del arrepentimiento inicial de los muchos que pudieron ver este vídeo, surja el efecto en ellos de no reincidir en el mal comportamiento de no respetar, sencillamente respetar. Su compañera de trabajo se vio sola ante el acoso terrible al que estaba siendo sometida. Nadie debería sufrir ansiedad tan espantosa, pero ella fue rehén de lo que prima en estos tiempos: el cotilleo, la intromisión en la vidas ajenas y las noticias que muchas veces tienen más que ver con la estupidez que con la seriedad de unos hechos noticiables. Sobra decir que donde más vemos este panorama es por televisión y sus muchos realitys en los que millones de personas estarían gustosas de participar. Aunque pocas se habrán hecho la pregunta de ¿para qué?

 

Una falta de privacidad que mata
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