martes 4/8/20

Hoy decimos que mañana cambiaremos

Reflexiones desde casa. Día 12

Semejante clausura en casa recuerda instantes de aquellos ejercicios espirituales de antaño. La meditación debía contribuir a cambiar cosas malvadas de la personalidad y el comportamiento. Eran nuestros mayores los que decidían, casi siempre acertadamente, lo bueno y lo malo de los enseñados, pero doy por correctas las creencias de los clásicos griegos, respecto a que no vamos a ninguna parte con autoritarismo, codicia,  avaricia, orgullo, soberbia, rencor y venganza. Siendo todos grandes defectos de la humanidad, cuando han cobrado forma de guerras, el sufrimiento y la desgracia jamás se olvida ya. Aquellos que por edad las combatieron, vuelven a verse inmersos en otra batalla letal, como es la del coronavirus. Cuando creces, y más cuando tienes la suerte de vivir entre dos siglos, te percatas de que  las enfermedades sociales más víricas y contagiosas van mucho más allá. Porque abunda el fanatismo, la intolerancia, la incompetencia, el racismo o el sexismo. Dejo un punto y aparte  para el medio ambiente. Nos hacemos los locos con su degradación, como si no fuera con nosotros, al igual que pasa con los que dirigen los hilos del mundo, nada dados a reconocer (por influencia de los lobbies) la destrucción de la Madre Tierra. Aunque ahora, sin esperarlo, el shock del Covid-19 se asemeja a recibir un golpe en la cabeza con el Martillo de Thor. Baste leer el lado discordante con el que muchos medios de comunicación escritos abordan la pandemia, seguramente para que dejemos de lado la falta de mascarillas o que las pocas que compra el Gobierno no gozan de la pertinente licencia y seguridad. Para nuestra desgracia, la realidad es aplastante. Miles de personas se han dejado la vida, muchas más sufren contagio, y los tiempos que están por venir son tan inciertos en todos los sentidos, no solo en el económico, que no me atrevo a augurar nada de nada. ¿Seremos y haremos realmente las cosas de manera diferente? ¿Cambiaremos? Si me preguntaran a mí, lo que haré yo, contestaría afirmativamente. Tres generaciones juntas, las de los abuelos que llevan la peor parte, la nuestra y los hijos, estamos visionando a diario la misma película real de terror. Y lo hablamos entre nosotros, ¿cómo? Pues que hemos actuado realmente mal en cuestiones esenciales referidas a la naturaleza; pues que esta crisis sanitaria demuestra todas nuestras debilidades; pues que el planeta nos devuelve el golpe por maltratarlo sin piedad, etcétera, etcétera. Llegado este calamitoso 2020, si escarmentaremos o no, lo seguiremos palpando en este siglo XXI que nos ha traído mal fario, desde el mismísimo primer puñetero año en que empezó a rodar.  
 

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