Viernes 14.12.2018

¿A qué tanto odio general y futbolero?

Ahora los países, como Argentina y España, se prestan los campos de fútbol, ante la imposibilidad, por odio entre aficiones, de celebrar las finales donde corresponde. Yo mismo, en este artículo, voy a exponer hechos, causas y nombres, que alientan a los odiadores. Contra ellos cabrían muchas acciones, ya lo creo. Pero a los intereses políticos, económicos y sociales nunca les ha seducido exterminar este comportamiento inherente a la humanidad como es odiar.

 

El odio ha recobrado su protagonismo en la historia y vuelve a ser uno de los principales cismas de la humanidad. Escribo con toda intención la palabra humanidad, porque precisamente es situarse en el polo opuesto a un odiador: capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia los demás. Somos como somos, un desastre, aquí no hay defensa posible, pero los Gobiernos del mundo (194 reconocidos por la ONU) han puesto el resto con sus guerras por apropiarse de territorios, recursos naturales y energías, crisis económicas de laboratorio y, últimamente, desenterrar la moda berlinesa de levantar muros en todos aquellos lugares a los que anhelan llegar migrantes sin posibilidades de subsistencia en los pobres países donde nacieron. 

A todo ello, hay que sumar el deleznable hecho de que un simple partido de fútbol, como es el River-Boca, no se pueda disputar donde debe, Argentina, por el odio de sus aficiones que deriva en violencia extrema en la calle y en el terreno de juego. Sucede que por arriba, el poder, acostumbra a hacer hipócritas llamamientos a la educación, el civismo, la serenidad, y un comportamiento racional en todo lo que se lleve a cabo, cuando resulta que relevantes dirigentes son el peor ejemplo para con estos apelativos. No creo que sea exagerado lo que estoy a punto de predecir. Lo que está en juego es la democracia, la libertad en definitiva, y no puedo por menos que sentir preocupación ante la proliferación de partidos de extrema derecha y extrema izquierda, sus discursos enfrentados, radicales y excluyentes. Son para temblar las decisiones que tomarían una vez ocupado un determinado Gobierno, actitudes ante las que, hoy por hoy, no hay una contundente respuesta político-social. Muy al contrario, a una importante cantidad de ciudadanos les suena bien esta música y le dan su respaldo electoral en las urnas. Lo vamos a ir viendo paulatinamente en Europa, y para mí tendrá mucha culpa la mala política, en contra de la ciudadanía, que ha llevado a cabo la Comisión Europea y el FMI en los últimos años. Hablo de paro, recortes, desahucios, privilegios a la banca y a los ricos y reforma laborales que han situado el empleo actual en el agravio de sueldos y condiciones de trabajo que son a todas luces vergonzosas

El poder acostumbra a hacer hipócritas llamamientos al comportamiento racional, cuando resulta que muchos dirigentes son el peor ejemplo

Si hay otra cuestión en la que la condición humana es experta para mal, esa cuestión es sembrar el germen de la discordia. Hoy tenemos muy claros exponentes en Donald Trump o Bladimir Putin. Su afán es reconstruir los viejos bloques enfrentados, que estaban basados en la desconfianza permanente y el odio como moneda de cambio habitual. La prensa tiene una responsabilidad de vértigo ante todo lo que está ocurriendo y frente a las actitudes de líderes como Trump o Putin que no parecen tener límites en lo que al enfrentamiento, pacífico o agresivo, se refiere. Hay muchos periodistas que trabajan de habitual con el odio de cara. Ocurre en los países más variopintos: Rusia, Estados Unidos, México, Colombia, Irán o Arabia Saudí. La libertad de información se encuentra acorralada, porque los grandes medios están en manos de poderosos grupos de presión. ¿Qué podemos esperar pues de las aficiones del Boca o del River con el panorama que pinta? Dejemos la respuesta para el final, porque aún tengo que hablar un poco más del odio. 

“Hablar de final de ciclos para centrar la causa de un determinado problema, a mí me parece una excusa desmedida”

Venga a cuento o no con el fútbol y determinadas aficiones embrutecidas, el caso es que el odio es una de las cuestiones que más mueven a los filósofos contemporáneos. Algunos escriben de ello y otros incluso lo generan. El polémico filósofo francés Michel Onfray ve la causa en la fase terminal de la civilización europea, tal y como la hemos conocido hasta ahora. Guste más o menos, Onfray es solo una voz de tantas que se necesitan ahora para combatir el enfrentamiento. No ocurre así, y por eso estamos como estamos. Cuando se habla de final de ciclos, bien sean políticos, sociales o económicos, para centrar la causa de un determinado problema, a mí me parece una excusa desmedida. Cuando no somos capaces de dar solución a algo, ¿por qué lo justificamos en que tal o cual ya no sirve, una Constitución, por ejemplo? Nuestra mayor debilidad a través de los tiempos y los acontecimientos acaecidos en cada momento ha sido no saber comportarnos, y sacar a pasear el odio cuando algo nos contraria, no estamos de acuerdo, o perjudica nuestros intereses. Sobre todo esto último, los intereses. ¿Se dan cuenta que cuando se habla de final de épocas, jamás se cita a los intereses? ¡Ahí llegáramos! No conozco un solo conflicto actual, incluido el partido de fútbol Boca-River, donde al final no surjan los intereses de grupos concretos que no cejan de acumular poder, influencia y riqueza. Por lo demás, el odio siempre ha estado presente, y si de verdad interesara escarmentarlo o exterminarlo, se haría. Aunque eso nunca le ha preocupado al poder y a los poderosos, que prefieren inclinarse por el divide y vencerás.

¿A qué tanto odio general y futbolero?
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