lunes 06.07.2020

Boikot

Ay, los restaurantes chachis a los que ya no entro. Con sus programas de integración, sus productos de Cantabria y su respeto por la vida humana, animal y cosa que despiden sin miramientos a quien protesta por trabajar en Nochebuena sin previo aviso y sin compensación alguna.

Madre mía, qué revuelo el otro día con las declaraciones de Jordi Cruz, el guapetón de Masterchef. Dijo Jordi que “un restaurante Michelín es un negocio que si toda la gente en cocina estuviera en plantilla, no sería viable” y que sus becarios, sus stagiers, no son esclavos de su señor, que son hombres libres y afortunados por poder estar en su cocina.

No nos quedó más remedio que enfadarnos unos días, claro, porque somos muy del pronto fuerte y del rasgado de vestiduras aunque enseguida se nos pasa, eso es lo bueno que tenemos.

Esto del boicot es fácil cuando se hace al Abac de Jordi, a las ostras francesas, al vino de la Borgoña o al chocolate belga

Esa primera noche de ira y fuego acabó alcanzando a todos los Jordis Cruz del mundo y leí a un señor que pedía menos indignación y menos hilos en Twitter contando casitos y más hacer boicot y listas de sitios donde se respetan poquito los derechos. Ya, claro, esto del boicot es fácil cuando se hace al Abac de Jordi, a las ostras francesas, al vino de la Borgoña o al chocolate belga. Pero hay otros boicots más difíciles, no recomiendo hacerlos.

Yo es que soy experta en boicots de pacotilla en provincias. Con el paso del tiempo mis amigos y yo vamos saltando de trabajo en trabajo, conociendo sitios por dentro y empezamos a poner cruces y a negarnos a entrar a ciertos sitios. La vida en provincias, tan tranquila ella, entonces, se nos complica un poco.

Ay, los restaurantes chachis a los que ya no entro. Con sus programas de integración, sus productos de Cantabria y su respeto por la vida humana, animal y cosa que despiden sin miramientos a quien protesta por trabajar en Nochebuena sin previo aviso y sin compensación alguna. Pues me quedo sin pollo teriyaki y sin poder ayudar a la paz mundial al pagar mi comida.

Y ese sitio tan majo al que íbamos siempre y al entrar a trabajar tu amiga te cuenta llorando que lleva ocho días currando más de 12 horas y que quiere cortarse las venas con los cuchillos tan afilados que tiene su famosa cocina. Y venga premios y reconocimientos para sus dueños y todos callados y yo sin volver a comer allí con lo rica que estaba la merluza.

Me he negado a conocer un sitio súper cuqui al que se va a tomar tartitas, tés y gintonics porque pidieron un camarero, abstenerse personas reivindicativa

Me he negado a conocer un sitio súper cuqui al que se va a tomar tartitas, tés y gintonics mientras se ve la puesta de sol al borde del mar porque pidieron un camarero, abstenerse personas reivindicativas. Y digo no a tomar allí el vermú una y otra vez, me digan lo que me digan, si seré tonta del culo.

Y hacer boicot a una librería es una cosa durísima, imaginadlo si podéis. La mejor librería con su fama, sus premios y sus cosas de no respetar bajas maternales, vacaciones, ni las 40 horas semananales, ni las 50, llevando a la depresión a sus trabajadores. Hay veces que me rindo, me olvido del boicot y compro allí algo pero luego está lo de sentirse mal por hacerlo. ¿Es que nunca se puede dejar de sufrir, Dios santo?

Y no entramos ya por cosas (cosas de abusos y eso, tonteriucas) en un sitio de cómics, ni en peluquerías, ni en Lupa, ahora ya ni en La Gallofa... Agotador.

El drama no entiende de fronteras y si ser drama queen de provincias es difícil, no quiero imaginar lo duro que sería hacer un gran boicot a nivel nacional o internacional diciéndole no a Inditex, a Nike, al aceite de palma, a Mercadona o la Cocacola como Ramón Espinar. Me sigue pareciendo más fácil cambiar las cosas y exigir que se respeten los derechos de los trabajadores, fíjate lo que te digo.

Y el Boikot lo dejamos para escuchar el No pasarán.

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