Martes 18.12.2018

1-O: traición y violencia

Rajoy quedó, por su ineptitud, a la altura de Puigdemont, y Zoido, ay, Zoido, a la de Trapero.

Trampas y palos. Tal fue lo que hubo en Cataluña en la infausta fecha de la que ayer se cumplió un año. Trampas, las que tendió aquél gobierno de Puigdemont a la mitad del pueblo catalán, la menor de las cuales no fue la de persuadirla de una mentira descomunal, la de que aquella performance de urnas chinas, sin apoderados, sin censo, sin garantías, sólo para el público afecto, era el referéndum de autodeterminación previo a la desconexión total que establecería con mágico automatismo el Estat Catalá, y digo Estat porque me niego a profanar la palabra República relacionándola con aquella kermés y con los músicos disonantes y horrísonos que la animaban.

Trampas, por parte de los cabecillas de la insurrección de opereta, todas, en el Parlament, en los mítines, en los colegios y en actuación de los Mossos, que, comprometidos a asegurar pacíficamente la no apertura de los "colegios electorales" en la noche del 30 al 1, obedeciendo la orden del Tribunal Constitucional, la traicionaron, dejando a la ciudadanía que creía en aquello, que quería participar en la comedia, si no a los pies de los caballos, sí al alcance de las desatentadas porras de los antidisturbios que llevaban semanas encerrados, estabulados, recibiendo las noticias del hostigamiento que sufrían sus compañeros del exterior, en el barco Piolín y en el otro.

Éstos, los policías antidisturbios que atizaron a la gente como si les debieran dinero, o como si no hubiera un mañana, pusieron los palos en la luctuosa jornada, pero, pese a que contra veintitantos de ellos se sigue procedimiento judicial por su violencia y sus excesos, no se sabe de punición alguna a quienes, empezando por el entonces presidente del Gobierno, Rajoy, y su ministro de Interior, Zoido, organizaron tan vergonzoso y torpe espectáculo represivo, siendo, en consecuencia, máximos responsables de él.

Trampas y palos. Así tituló uno su columna de aquél día, y así, si no mediara el escrúpulo profesional de no repetirse, la titularía hoy, siquiera en memoria de lo que los gobernantes no deben hacer jamás con su pueblo: mentirle, humillarle, golpearle. Rajoy quedó, por su ineptitud, a la altura de Puigdemont, y Zoido, ay, Zoido, a la de Trapero. Tan contrarios y adversos fueron a la nación y al pueblo aquellas trampas de los organizadores del evento y aquellos palos de la policía, que hoy, un año después, la vida, esa no-vida, sigue igual. Si es que no, por cronificada, peor.

1-O: traición y violencia
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