Martes 13.11.2018

Desamor a primer viaje

Salí por la puerta, y seguía sonriendo, porque por mis venas fluía la adrenalina de correr un riesgo, de aventurarme, de conocerme, de vivir.

Siempre había vivido en la noche más oscura, había crecido, menguado, innovado e incluso alcanzado mi plenitud. Mi corazón se sentó en la luna y pasaron juntos cada una de sus fases. Sin embargo, no se sintió acogido por los rayos del sol y un amanecer de melocotón. Hoy era tan diferente como que mis pies colgaban en uno de los precipicios de los Cañones del Colorado, y el cielo se despertaba de su letargo, como yo. Hoy estaba viva, más viva que nunca, hoy vivía en todos sus tiempos y en todas sus conjugaciones. Hace años una persona me enseñó a amar este lugar sin conocerlo,  ella no quería volver a casa, porque se enamoró de su calidez y del viento. Se dejó llevar por la belleza de Arizona, yo tampoco hubiera vuelto aunque no sé si volveré.

Este viaje, o locura de ir sola por el mundo, era mi libertad que había reivindicado tanto sus derechos en mi pecho que no me pude resistir. Y sola porque es la mejor forma de conocerse un poco más, de dedicarse tiempo y aprender a amarse a pesar de nunca estar conforme con uno mismo. Siempre fui rebelde, no de blancos y negros sino de grises, de llevar la contraria por el placer de hacer dudar a la otra persona, de ser caminante en otro camino y de no alabar a la sociedad. Una rebelde sin causa, decía mi madre. Y mírame ahora, igual que siempre.

Y sola porque es la mejor forma de conocerse un poco más, de dedicarse tiempo y aprender a amarse

Llegué a Arizona con una chaqueta de cuero negro, vaqueros, camiseta blanca y unas botas de estilo militar de color rojo. No sé por qué razón me sentía tan guerrera así vestida, tan capaz. Creo que la ropa muchas veces nos hace ser nosotros mismos, de poder vestir por fuera la personalidad que llevamos dentro. Bajé la carretera y ahí estaba mi pequeña Harley Davidson, un modelo clásico, esperándome como no lo hacía ningún hombre. A lomos de ella recorrí la carretera, sintiendo su rugido, grandeza y poderío. Era como montarse encima de una bestia que mordía el eco de las rocas, que poco faltaba para que hiciera de Arizona, ruinas

Cuando empecé a fumar recuerdo que quería un vicio que acabara conmigo y que no fuera el amor, así empecé

Aparqué en una cafetería de carretera y me senté según entras por la puerta a la derecha, al fondo, justo en una esquina. Pedí un café solo y encendí un cigarrillo. Cuando empecé a fumar recuerdo que quería un vicio que acabara conmigo y que no fuera el amor, así empecé. Entonces llegó un hombre, que me preguntó qué hacía allí tan sola. Puse mi mejor sonrisa irónica, exhalé el humo, bebí el café de un trago y le dije, “amanecer”. Salí por la puerta, y seguía sonriendo, porque por mis venas fluía la adrenalina de correr un riesgo, de aventurarme, de conocerme, de vivir.

Desamor a primer viaje
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