Miércoles 14.11.2018

Un esperado desamor de verano

Las rocas me rodeaban, y aunque no fuera la única persona, sé que el amanecer se ve mejor desde un acantilado que desde la propia playa. El sol dejaba su escondite, amanecía en su plenitud. Aún no era de día, todavía no, ni tan siquiera los rayos del sol eran capaces de colarse en mi alma e iluminar su vacío, irrumpir en su eco, o cambiar algo de alguna forma. Estaba tan sola como la luna, y al igual que ella, tampoco contaba cada una de las estrellas que había a mi alrededor. 

El verano es la excusa perfecta para cambiar de aires, empezar una nueva etapa, dejar a un lado los problemas del invierno y continuar. Las personas no saben de hogares, de lugares para siempre, por eso viajan, para escapar. Yo no viajo, no escapo, no de momento. O tal vez sí, pero no muy lejos, no tan lejos como para no llegar a casa a las tantas de la madrugada. A lugares donde pueda ir y venir en coche. Por eso viajaba a Liencres, en mi avión de cosas por hacer, en clase turista, al lado de la ventanilla y con música. Puedes viajar a cualquier parte con palabras, leyendo o escribiendo, ahora estar aquí y en un momento en la mismísima Italia, tomando un café.

Ya no sabía amar, pero había dejado de llover todos los días, ya no lloraba. Supongo que me había hecho fuerte como una galerna

Pero nos gusta sentir, ya sea la brisa marina en las pestañas o el amor en el estómago. Somos así, predecibles como el tiempo. Yo era como una tormenta de verano, así comencé las vacaciones. Ya no sabía amar, pero había dejado de llover todos los días, ya no lloraba. Supongo que me había hecho fuerte como una galerna y despiadada como el mar, es horrible compararse con algo tan puro y bello. Pero mi insignificancia hablaba por mi voz y yo escuchaba, atentamente. No pensaba en nadie, sólo en cómo ocupar mis días, todo este tiempo libre, para no pensar en lo que no debía. Comencé a leer, dejando mi vida y teniendo otras tantas. Y a escribir, porque no me salían las lágrimas, pero sí las palabras. Estaba irreconocible, había cambiado tanto de estación a estación. 

Tanto que cuando me mirabas a los ojos no se reflejaba alma alguna, solo podía verse quien miraba. Era un espejo o más bien algo que hiciera que no pudiera verse lo de dentro. Había aprendido mucho antes de que llegara el verano y por desgracia, el desamor es uno de los mejores métodos de aprendizaje. 

Un esperado desamor de verano
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