Martes 21.08.2018

Analógicos digitales

Los sistemas que usa la administración para gestionar los trámites administrativos son antiguos, poco amables, incompatibles entre sí y nada fiables. Y el resultado, con toda razón, está lleno de errores, ineficiencia, tedio y frustración.

Hace unos días, la doctora de mi amigo Indalecio no pudo darme su parte de baja porque no funcionaba el sistema. Me mandó volver a la tarde siguiente y entonces sí que estuvo listo el documento, por duplicado, y uno más de instrucciones, que me encargué de llevar a la empresa donde me sellaron una copia como justificante de la entrega. Ahora ellos hacen gestiones, que se cruzan con las que ya ha hecho la doctora y con las que hará la mutua que abona el subsidio, y todo listo. Papeles, impresoras, sellos de caucho, colas, esperas, notificaciones, viajes de hora y media y vuelta... Así llevo yo con mi propia baja cada jueves, dedicando la mañana entera solamente para eso desde hace 23 semanas. Y ojo con caer en el descuido y no presentar el documento en plazo, porque entonces se suspende la prestación y se cobran hostias (con perdón). Vivimos en un país con burocracia del siglo XIX.

Aquí seguimos siendo más de papel timbrado, colas, fotocopias y cajas de cartón de archivo definitivo

En España los trámites administrativos resultan excesivos, poco lógicos, complejos, redundantes, y muchos hay que hacerlos aún a mano y presencialmente. Los sistemas que usa la administración para gestionarlos son antiguos, poco amables, incompatibles entre sí y nada fiables. Y el resultado, con toda razón, está lleno de errores, ineficiencia, tedio y frustración. Ningún avance ha permitido simplificarlos, y ninguna actualización técnica ha llevado a mejorarlos. De entre todas las opciones, la administración electrónica es sin duda el más claro camino hacia lo sencillo, lo cómodo, lo eficaz y lo barato. Pero aquí, hasta ahora, todos sus intentos han sido un vano remedo de inventos dispersos, a veces más pretenciosos que prácticos, que funcionan a ratos y que aún están por demostrar cualquier éxito. Aquí seguimos siendo más de papel timbrado, colas, fotocopias y cajas de cartón de archivo definitivo.

Esto en Estonia no pasa. Allí el 99% de los 1.789 trámites oficiales (que los tengan contabilizados ya es un mérito) se puede hacer en cualquier momento del día a través del portal web de su gobierno. Salvo casarse, divorciarse o las operaciones inmobiliarias, que exigen presencia, todo puede hacerse desde un ordenador conectado a la red: votar, consultar recetas, renovar el DNI, acceder al historial médico, firmar documentos oficiales... La interacción electrónica con la administración les permite ahorrarse un 2% de su PIB en gastos y salarios. Tan a la vanguardia tecnológica está Estonia que tiene 30.000 e-residentes, personas sin nacionalidad ni residencia física que gestionan de este modo sus negocios internacionales, y es el primer país del mundo en contar con una embajada de datos (en Luxemburgo) que asegura la salvaguardia de su sistema ciudadano digital.

Los tiempos en los que lo digital era un nicho de oportunidad se los llevaron por delante la crisis económica, los recortes en los presupuestos y la falta de miras de quienes gobiernan

En España vamos por detrás, muy por detrás. En ese enjambre mal avenido entre administraciones en el que vivimos atrapados, cada una de ellas ha lanzado su propio experimento digital para relacionarse con los ciudadanos en su ámbito correspondiente. Con resultado dispar, casi siempre de aprobado raspado, y con más fallos que una escopeta de feria, sin interacción, sin compatibilidad, sin solidez técnica. Es cierto que hay algunas experiencias que funcionan bien, pero esta no es una realidad generalizada. La inversión en administración electrónica no se considera prioritaria, ni se diseñan planes para su progresiva implantación, o se acuerda compartir las buenas prácticas que existen. Los tiempos en los que lo digital era un nicho de oportunidad se los llevaron por delante la crisis económica, los recortes en los presupuestos y la falta de miras de quienes gobiernan. Invertir en tecnología es hacer el futuro presente, pero en España siempre hemos sido más de mantenernos en el pasado.

Mientras en el ámbito empresarial privado se ha entendido que la tecnología y lo digital son la senda del avance y del progreso (y a ellos les genera pingües beneficios porque los consumidores somos cada días más profundamente partidarios), en el vasto mundo de lo público esa opción solamente se vuelve tangible cuando la hace suya algún visionario con posibles, y después de vencer todos los prejuicios del mundo que tienen a lo moderno. La administración es así de antigua y acomplejada. Y nosotros lo somos de sufridos ciudadanos de tiempos pretéritos de ventanilla, libros de asientos, pluma, copia certificada, compulsas y "vuelva usted mañana".

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