sábado 04.04.2020

El solismo

Soy fan de toda esa gente que hace las cosas absolutamente convencida de que está sola en el mundo, y que te mira sin verte, te empuja sin
notarte y pasa por delante como si no existieras.

La nuestra es una sociedad compleja, que si no se extingue es porque somos muchos. Parece lógico pensar que cuando se vive en grupo, lo general es el resultado del esfuerzo individual, y viceversa. Y que ambos, lo de todos y lo de uno, se alimentan recíprocamente y se justifican. Aquí no. Aquí cada uno va a su bola, salvo cuando gana la selección de fútbol, que se sale en masa a jalear al equipo y todo es amor y buen rollo. O cuando hay que defender a un concursante de Gran Hermano o al perdedor anual de Eurovisión. Somos individualistas, y muy ridículos, además de insolidarios, egoístas y mediocres. Y así nos pinta el pelo, que los que mandan nos han cogido la medida y aprovechan nuestra incapacidad absoluta para lo colectivo para darnos gato por liebre un día sí y otro también.

La culpa de todo la tiene el _solismo_, esa filosofía de vida del ancho para mí y lo estrecho para los demás. La que cultivan los que van por la acera como si solamente caminaran ellos por la calle, los que se tiran la vida en la caja del supermercado sin importarles los que esperan en la fila, o los que suben en el metro y se quedan en mitad de la puerta porque si ocupan el vagón vacío no les da tiempo a bajarse en su parada. También la de los que van de asueto a una terraza y dejan a los niños sin control para que molesten a los demás, la de los que conducen por el carril de la izquierda a la velocidad de los que van por el de la derecha, o la de los que ocupan una mesa en los comedores del trabajo y hacen una tertulia de dos horas mientras el resto come de pie. El _solismo_ tiene muchas caras, y poca vergüenza. 

En cualquier caso, mi pesimismo antropológico no ve luz ni mejora en este asunto, que llevo fatal porque yo también soy un soberbio, pero cortés y educado.

Soy fan de toda esa gente que hace las cosas absolutamente convencida de que está sola en el mundo, y que te mira sin verte, te empuja sin notarte y pasa por delante como si no existieras. Que son, además, los primeros en ponerse como focas cuando se lo hacen a ellos. Me fascina la rebeldía social de los _solistas_, embarcados en su individualidad compartida con un mundo al que no perciben, y si lo hacen, ni se inmutan ni se molestan en disimularlo. Prescindir del ecosistema social circundante es un arte que cada día más gente empieza a practicar con verdadero éxito. Si al menos los _solistas_ tuvieran gracia, la risa compensaría la fea idea de que son todos unos cabrones maleducados y Molestos  con pintas en el lomo. Pero ni eso.

Yo de mayor quiero ser muchas cosas, y tener dinero. Lo que no tengo claro es lo de ser _solista_, que son como los nuevos ricos, que se compran un Mercedes rojo y se visten de mamarrachas en Desigual solo para que se sepa que manejan pasta y ya no son unos tiesos. Dar las gracias, pedir permiso, disculparse cuando algo se hace mal, es todo obligatorio cuando se vive en grupo. La altivez y la soberbia de los _solistas_, que está tan arraigada en todo lo que hacen que a veces da hasta miedo, es un mal innecesario que solamente provoca mala leche_,  _que ni el despiste justifica. En cualquier caso, mi pesimismo antropológico no ve luz ni mejora en este asunto, que llevo fatal porque yo también soy un soberbio, pero cortés y educado.

El solismo
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