lunes 14.10.2019

Esos muros (que no hagan feo)

Santander, ciudad cosmopolita y plural, ha sido siempre un escenario de cartón-piedra donde los adornos se han impuesto a lo necesario. Todo se hace por la apariencia, para que el de fuera se quede encantado, y el de dentro piense que es parte de la obra de teatro.

Hace unas semanas, por aquello de que alguna solidaridad suele medirse por metros de muro, el delegado del gobierno en Cantabria decidió que la valla entre la zona portuaria y Santander había que subirla porque estaba baja, que por eso se le estaban colando inmigrantes a los barcos que salen de la ciudad, escapando de España a tierras más amables y con mejor futuro. Huir para sobrevivir tiene eso, que a veces hay que saltar paredes y esconderse. Zuloaga se hizo un par de fotos con la policia de fronteras, vestido de socialdemócrata moderno, y luego mandó a los obreros a recrecer el muro hasta los 4 metros. Atendiendo, eso si, a los requerimientos estéticos de la derecha gobernante, que si no mete baza en todo sufre, que para eso la cuidad es suya, y punto.

Santander es el centro, y el Paseo de Pereda, y El Sardinero. Pero también es el Cabildo, y San Luis, y La Albericia, y El Barrio Pesquero. Y lo son todo el año, no solamente en elecciones

Santander, ciudad cosmopolita y plural, ha sido siempre un escenario de cartón-piedra donde los adornos se han impuesto a lo necesario. Todo se hace por la apariencia, para que el de fuera se quede encantado, y el de dentro piense que es parte de la obra de teatro. Incluso hay vecinos de barrios con aceras a medias, asfaltado suelto, sin parques infantiles y con césped a trozos escasos y pequeños, que se han creído el cuento y aplauden con entusiasmo ciego cada nueva tramoya mientras vuelven a casa cruzando charcos y a oscuras. Es la inercia obsolescente de una ciudad donde los que mandan desde 1937 pagan los apoyos de los pobres con chocolatadas y bailes, y procuran que lo que se ve esté bonito y parezca nuevo. Es el Santander de toda la vida. 

También con estos muros pasa esto. Que se han puesto refinados en el centro, escenario de fantasía, para que los paseantes disfruten de la belleza de la ciudad, mientras los que viven lejos del decorado se los comen con patatas delante de las ventanas de sus casas, levantados feos y funcionales en aceras de medio metro. En aquella parte, los brillos de estrás de las joyas venidas a menos, y en esta otra, los polvos y el abandono de la servidumbre mal pagada. Y aquí paz y después gloria, todos contentos, ayudados en su tristeza por la anuencia acomplejada de la izquierda y por algunos plumillas amanuenses del siglo XIX que hacen elogio de una mentira apolillada y rancia que perpetúa la idea del Santander señorial de los veranos de Alfonso XIII y hace de menos a los que sobreviven frente a los que sobre todo disfrutan. 

No hay remedio, y faltan decencia y perspectiva. La decencia, para respetar a todos los vecinos, vivan donde vivan. Santander es el centro, y el Paseo de Pereda, y El Sardinero. Pero también es el Cabildo, y San Luis, y La Albericia, y El Barrio Pesquero. Y lo son todo el año, no solamente en elecciones para ir de visita a pescar votos y propalar engaños. Igual derecho tienen unos que los otros a que, por ejemplo, el muro para no molestar en el extranjero con migrantes que se nos esfuman por el puerto tenga el impacto visual justo, y lo giboso no se quede para los de siempre, los que aguantan como pueden detrás del escenario. Y la perspectiva falta para entender que los discursos floridos del Santander del paseo y los veraneantes se han quedado tan antiguos como los Baños de Ola y las cenas en el Casino con vestidos de época. Estamos en el siglo XXI, aunque haya aún en la cuidad quien no se ha enterado, ni quiera.
 

Esos muros (que no hagan feo)
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