viernes 03.07.2020

Ganar, perder, tal vez desaparecer...

En el ADN del PSOE van a la par los experimentos democráticos del alto riesgo y los navajazos mientras se ponen en marcha.

Cuenta la leyenda que después de unas primarias del PSOE, todo en el partido volvía a su ser. Los ganadores no pasaban garlopa a los perdedores, los perdedores se ocupaban en arrimar el hombro, las heridas se cerraban, había paz y armonía, y se ponían a trabajar para ganar a su adversario... Pero esto lo cuenta la leyenda. La historia dice que el vencedor ha solido laminar a los derrotados, los derrotados han sembrado de piedras el camino de los encumbrados, las fisuras se han convertido en grietas y la lucha fratricida se ha vuelto más cruda y más dolorosa. En el ADN del PSOE van a la par los experimentos democráticos del alto riesgo y los navajazos mientras se ponen en marcha.

Todo lo decían las caras de los contendientes el domingo 21. La de la sonrisa del dado por acabado que vuelve a hombros de la mayoría, la del rictus de la acabada que creía iba ser aupada por la mayoría, y la de la alegría del valiente outsider equidistante entre enfrentados que ha hecho lo que ha querido sintiéndose libre de pasados y futuros sabiendo que no tenía mayoría. Que les costara hacerse una foto como buenos compañeros dice mucho de ánimos e intenciones, y deja bien a las claras que ni de lejos la elección pacifica nada, que la campaña ha sido de palabras gruesas que una votación no dejan en el olvido, y que el horizonte de la unidad queda muy lejos, y está muy oscuro.

Que les costara hacerse una foto como buenos compañeros dice mucho de ánimos e intenciones, y deja bien a las claras que ni de lejos la elección pacifica nada

Sánchez ha ganado subido a los lomos del victimismo y consiguiendo insertar en la militancia la idea de que siendo el PP el mismísimo demonio, la abstención en la investidura de Rajoy, impuesta por la gestora, les inhabilita como oposición y les iguala a la maldad de no corregirse el rumbo. Algo que solamente podría hacer él, sin más ataduras intelectuales que la cantinela del 'no es no'. Y aquí paz, y después gloria, que para llegar a los lodos de hoy parece que ni él ni sus radicales seguidores han sido nunca barros.

Susana Díaz ha fiado su estrellato (de estrella, no de estrellar-se) a la tradición. Ese bagaje orgánico que anuncia siempre que puede le ha confundido, y le ha jugado una mala pasada. Eso, y caer mal. Tiene un discurso de ecos sobrados y una andar por el patio político con la energía de creerse el centro del universo del buen hacer político, la moderación y el inmenso cariño de los votantes. A la presidente Andaluza le ha perdido ella misma y su seguridad en reflejar un modelo de política que puede que se haya quedado antiguo. La modestia acabada con frases de 'qué le voy a hacer, si yo soy así' no se lleva.

El PSOE tiene difícil solución. Muchos egos, poca autocrítica, casi siempre más pasión que inteligencia

Patxi López ha sacado lo que ha podido, que no es poco en un partido donde lo anecdótico suele pasarse antes de empezar. Ha soportado con bien el desprecio del ninguneo, que es la estrategia de los soberbios, sabiendo centrarse en el discurso y en el proyecto en vez de en el insulto y la descalificación. El ex lehendakari no se ha dejado arrastrar hasta el barro, y ha ganado incluso quedando el último, porque ha sido moderado, instructivo y honesto consigo mismo y con el objetivo final de las primarias, que es escoger con la cabeza y no con las tripas.

El PSOE tiene difícil solución. Muchos egos, poca autocrítica, casi siempre más pasión que inteligencia. Y mucho tiempo perdido en lo orgánico, muy poco dedicado a lo programático, y demasiado cortoplacismo ideológico. Desde luego que este partido no puede volver a ser el de los 80 y la primera mitad de los 90. Pero tampoco un remedo de pasiones temporales y ocurrencias a salto de mata. Desde que se fueron Felipe González y Alfonso Guerra de la dirección, el sentido común en el PSOE pasa mucho tiempo en minoría. Y esto es una desgracia. Desde luego para el país, que pierde un actor en la izquierda fundamental para el progreso nacional suplantado en ese papel por radicales estrafalarios y ocupaciones incendiarias de la calle. Pero también para el partido mismo, que va camino de la irrelevancia.

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