viernes 23.08.2019

Mirar y no ver nada...

Doña Letizia ha profesionalizado el saludo sin mirar y la mirada sin ver hasta parecerse más a su muñeco del museo de cera que a, pongamos por caso, la Reina Sofía, que está más entrenada, lo hace mejor, y por eso parece más reina.

La realeza mira distinto. Hace unos días, El País sacaba en portada una foto de la Reina Letizia en la Feria del Libro de Madrid. Estaba delante de un stand, mirando el material expuesto. Observando la foto, es evidente que la reina mira pero no ve. Lo único cierto es que está, y que sonríe, pero no que vea lo que tiene delante. No al menos más allá de la obligación de mirarlo y hacernos creer que lo ha visto. Esto a ella le pasa mucho. Cuando saluda en una fila de gente, siempre está mirando al siguiente. No acompasa el saludo y la mirada, así que no está claro si ve a quien está dando la mano, o si se la da porque lo ha visto, o vete a saber tú qué. Quizá sea cosa del protocolo aplicar los varios tiempos al saludo, haciendo incompatibles los gestos de la mano y la mirada. Sea así o no, como con la foto de la feria, doña Letizia ha profesionalizado el saludo sin mirar y la mirada sin ver hasta parecerse más a su muñeco del museo de cera que a, pongamos por caso, la Reina Sofía, que está más entrenada, lo hace mejor, y por eso parece más reina.

Esto de mirar sin ver para cumplir es muy de gente bien y con pasta

Esto de mirar sin ver para cumplir es muy de gente bien y con pasta. Esa que tiene mucha vida social y se obliga a repartir amabilidad por igual aunque sea a base de sonrisas vacías, manos colgadas y ojos que no se percatan. Supongo que se aprende en casa desde pequeño. Menos Letizia, que viene de otra fila más atrás de ciudadanía, y habrá tenido que ponerse al día entre desaire y desaire a su suegra. Los ricos de toda la vida, y los pobres pero con títulos de rancio abolengo, tienen un duro camino que recorrer para poder atender sin aburrirse, que sólo es posible si se pasa de todo y se tiene la cabeza en otro sitio mientras se saluda o se mira. La consorte de Felipe VI ha cogido el asunto rápido, y a la vista del resultado, también lo ha cogido bien.

Los políticos, siempre dispuestos a recoger y hacer suyas las peores costumbres de los demás, también saludan sin mirar, y miran sin ver. Aunque lo que mejor hacen, desde siempre, es oír sin escuchar, esa compleja impostura de afirmar a todo que si, y que se toma nota para actuar de inmediato. Las servidumbres de lo popular, querido u obligado, pasan por tener que relacionarse mucho con mucha gente. Al fin y al cabo, para vivir de lo público no viniéndole de casta al galgo, hay que trabajarse bien al personal haciendo ver que se le atiende y se le entiende, aunque esto es lo de menos. Como la reina con los libreros, o en un besamanos en palacio. Los políticos, que se juegan más, con mayor ahínco y absoluta desvergüenza, o no engañarán a nadie y el duro empeño por disimular se habrá quedado en nada.

Para vivir de lo público no viniéndole de casta al galgo, hay que trabajarse bien al personal

Hacer el paripé es un arte complejo. Los tirados de la vida no siempre podemos. A las facturas y a los recibos no se les engaña poniendo ojitos ni meneando una mano. Ni siquiera haciendo las dos cosas al mismo tiempo. La alcurnia, aunque sea adquirida y no de herencia, y la profesión de la política, mal entendida como el camino para llevárselo crudo, son los terrenos abonados para conseguir que el postureo en activo se vea tan natural como las perlas en una condesa vieja, y a la vez tan falso como un billete de siete euros. Y en realidad sin importar a ninguna de las dos partes, que una sabe que la otra actúa por instinto de conservación, real o política, y la otra que la una no se ha creído nada pero se presta por la emoción del momento. Porque al final lo que cuenta es la foto, la mirada y el apretón de manos. El resto, que está en lo cotidiano, ya si eso mañana...

Mirar y no ver nada...
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