Viernes 14.12.2018

Movilidad, competencia y taxis

El sector del taxi quiere mantenerse como único operador del transporte urbano no público, apostando por conservar una regulación rígida y anticuada con tal de no abrir el mercado.

En los 6 años y medio que llevo viviendo en Madrid he cogido un taxi una sola vez un sábado por la noche. Me costó 14€ y ni siquiera me llevó hasta casa. Después de un viaje por el camino más largo, pedí al conductor que parara unas manzanas antes porque le veía desorientado y no quería acabar en otro barrio. No usaba GPS. Se guiaba con un callejero que iba consultando en las paradas de los semáforos. La siguiente vez que tuve que volver a deshora probé un VTC de Cabify, y hasta hoy. Tardé 10 minutos menos, me ahorré 4€ y me dejó delante mismo del portal, sin titubeos y con acierto. Visto en términos de eficiencia, salí ganando.

Siempre he usado este argumento cuando he defendido la opción del VTC, y a plataformas como Cabify o Uber, porque es el de la experiencia. A igual necesidad de movilidad y en las mismos circunstancias, esa preferencia frente a la del taxi, objetivamente, fue más satisfactoria. El resto de cosas, lo del botellín de agua, el wifi en el coche, la temperatura al gusto, la elección de emisora de radio o las revistas de lectura, sólo pueden enriquecer la alternativa. A la hora de escoger uno u otro servicio todo suma. En este caso, eso hace que mi preferencia, además de rentable en términos de dinero y tiempo, me resulte más amable y más cómoda. Por eso sigo usándola, y también por eso no voy en taxi. Pero respeto a quien lo hace, faltaría más Cada uno es dueño de sus conveniencias. Las mías están del lado de un servicio que hasta ahora me ha aportado beneficios, y con el que no he tenido nunca ningún problema.

También escojo VTC porque puedo, porque es una posibilidad del mercado en libre competencia con otras. Cuando el consumidor tiene varias alternativas donde elegir, quien vende un producto u ofrece un servicio está obligado a un proceso de perfección constante para resultar seleccionado. El comprador siempre sale beneficiado, con mejores cosas a mejores precios. Los monopolios son nocivos para la economía. Detienen la innovación, paralizan la inventiva y permiten a los que viven de ello imponer condiciones a cualquier costo, sin más esfuerzo que mantenerse, con sus intereses como único objetivo y con los clientes como rehenes. Que los usuarios podamos optar entre taxis y VTC para desplazarnos es una ventaja que nos asegura una sana pugna comercial entre operadores por ofrecernos el mejor servicio.

Ganando solo unos, los taxistas, esta vez perdemos todos

Pero no todo el mundo lo entiende así. Ni que la competencia es fundamental para que la oferta se adecue con calidad suficiente y a un precio justo a las necesidades de los usuarios, ni que los consumidores tenemos derecho a que haya competencia en una economía moderna y equilibrada. El sector del taxi quiere mantenerse como único operador del transporte urbano no público, apostando por conservar una regulación rígida y anticuada con tal de no abrir el mercado. En vez de reclamar menos obstáculos para poder diseñar una oferta competitiva que aúne precios y condiciones del servicio, y que resulte atractiva y moderna, solamente aspiran a mantener un status quo que les ahoga a cambio de ser los únicos. Las administraciones públicas, al mismo tiempo, han dado por bueno el panorama según la visión única de los taxistas, legislando para darles la razón y evitarse conflictos, y declinando su obligación de proteger a los consumidores posibilitando, por encima de todo, la competencia.

Y todo esto sin preguntarnos a los clientes, dejándonos al albur de los caprichos sectarios de los unos y de las rendiciones normativas de los otros, convertidos en silentes espectadores de una tragedia que, a todas luces, nos desfavorece. La salida al conflicto VTC-taxi que el gobierno ha impuesto, expulsando del mercado a uno de los actores al gusto dictado del otro, nos somete a una injusta estrategia empresarial y a una acomplejada respuesta administrativa que reducen nuestra libertad de elección, perjudicándonos en la solución a nuestras necesidades de movilidad, limitando nuestras alternativas y empeorando con ello las que haya.

Y todo esto sin preguntarnos a los clientes, dejándonos al albur de los caprichos sectarios de los unos y de las rendiciones normativas de los otros

En fin. Que parece que en unos años tendré que volver a ir en taxi cuando no me apetezca hacerlo en transporte público, y llegar hasta casa (o no) a un precio asequible (o no) en un contexto de servicio cómodo (o no) y de calidad (o no). Como sea, pero sin poder escoger cómo y con quién, y sin que el taxista que me lleve sienta la necesidad de modernizar y hacer mejor su negocio porque ofrezca lo que ofrezca, no tiene quien le haga sombra. Ganando solo unos, los taxistas, esta vez perdemos todos.

Movilidad, competencia y taxis
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