sábado 04.07.2020

Servicios municipales

La desidia con la que en cualquier administración se abordan los desajustes y las ineficiencias clama al cielo y se ha convertido en lo normal.

Hace dos semanas, algún cabrón con pintas en el lomo volcó todo un remolque de escombros en una acera frente a mi casa. A plena luz del día, y sin que ningún vecino se percatara, que ya tiene su mérito. En Madrid, el ayuntamiento dispone de un servicio con el que contactar cuando algo de su incumbencia no funciona como debe. Yo lo uso mucho, a través de Twitter. Soy un protestón, es verdad, pero me gusta que las cosas vayan como tienen que ir. Aquí tenemos costumbre de quejarnos en los bares y cuando quedamos con la familia. Yo tengo superada esa barrera. Pago, luego exijo. El caso es que mandé la ubicación y una foto, y me senté a esperar a que vinieran a recogerlo. 11 días han tardado, 11.

Buscar a quien echar la culpa de la tardanza, en España, es muy sencillo. Como somos inasequibles al desaliento cuando de poner a caldo a alguien se trata, aunque no sea responsable de nada, y además tenemos la tendencia a penar siempre por elevación, el muerto debiera ser para la alcaldesa. Que le pregunten si no a Esperanza Aguirre de cuántas cosas la tiene Carmena. Al fin y al cabo, ella es la máxima responsable de que los servicios municipales funcionen con prontitud y con eficacia. Y que quien dirige un ayuntamiento se ocupe de eso, es lo menos que esperamos los contribuyentes. No tanto verla a ella con una pala recogiendo los cascotes, pero sí preocupada porque los avisos de los vecinos reclamando algo, como yo, vean atendida su petición.

La culpa es, además de del chachachá, de esa abulia permanente en la que dormitamos los ciudadanos hartos de que las cosas vayan lentas, desorientadas y mal

En cualquier caso, no voy a acusar a la alcaldesa, que bastante tiene con aguantar las broncas que le caen tan a lo tonto como lo sería esta mía de quienes, también como Esperanza Aguirre, hacen política de la negación constante y tienen visiones catastrofistas de un municipio que gobernaron y de que esté como está también llevan lo suyo. No. Ni siquiera al concejal del área, al jefe de servicio o al bedel del edificio donde están sus oficinas. Tampoco. La culpa es, además de del chachachá, de esa abulia permanente en la que dormitamos los ciudadanos hartos de que las cosas vayan lentas, desorientadas y mal. Que es la misma con la que trabajan en los servicios públicos los últimos del escalafón, una mitad por la inveterada costumbre española del hacerlo mañana o pasado mañana mejor que hoy, y la otra porque para como les tratan los que nunca acaban siendo responsables de nada para qué más prisa. La pereza y la falta de motivación juntas tienen mucho peligro, y están al cabo de la calle.

Al final, los escombros ya no están. Con la calma que da saber que los que nos quejamos no podemos hacer otra cosa que eso, quejarnos, unos tranquilos operarios se los llevaron. Y a otra cosa, mariposa, que en algún sitio de esta inmensa ciudad habrá más que hacer llegando tarde. Sus jefes, y los jefes de sus jefes, rellenarán partes de trabajo e informes sobre la actividad desarrollada sin que los once días de demora sean otra cosa que 'lo habitual en estos casos'. Y así con todo, que esta cosa mía solo es una más de tantas, y no de las graves. La desidia con la que en cualquier administración se abordan los desajustes y las ineficiencias clama al cielo y se ha convertido en lo normal. Como las deficiencias mismas. Algunas cosas funcionan, claro que si, pero son estas chapuzas del calendario para hacer y la determinación para empezar las que echan por tierra lo bueno que haya. La administración y los que la encarnan, en todos sus niveles, nos tienen atrapados en su laxitud y su incapacidad. Así es la vida, que nadie la cambia...

Comentarios