lunes 14.10.2019

Tontos

Nuestro país es una tontocracia de manual, con los tontos en la parte alta de una empinada cadena trófica que nos obcecamos en sostener consintiendo la tontería como si de verdad nos fuera la vida en ello, y dejando que nos lleve por delante, que es el camino de la amargura.

A mí, como a José Sacristán, me aterran los tontos. Y para desgracia de ambos, vivimos en un país de tontos, de muchos tontos. En España, la tontería se ha institucionalizado, hasta el extremo de dejar que sean los tontos, los más tontos además, los que nos gobiernan. No podemos decir que no lo merezcamos, aunque no lo merezcamos. A pesar de verlos venir, que dice también Sacristán que pasa con los hijoputas, a estos tontos que nos maldirigen los vemos de lejos, y aún así los elegimos. Así que no tenemos excusa, ni perdón de Dios. Nuestro país es una tontocracia de manual, con los tontos en la parte alta de una empinada cadena trófica que nos obcecamos en sostener consintiendo la tontería como si de verdad nos fuera la vida en ello, y dejando que nos lleve por delante, que es el camino de la amargura.

La tontería no tiene límites, ni numéricos ni temporales

Ya tengo escrito que somos una nación de mediocres. La excelencia es la alarmante excepción en una realidad cotidiana que se desborda de indolencia ante lo vulgar, y en la que lo superfluo está siempre por delante de lo trascendental. La estrechez de miras, el cortoplacismo y la condescendencia por lo ordinario se han convertido en el caldo de cultivo en el que crecen los tontos, esos que, como dice mi padre, si les colocas en un camino, se ponen a caminar, pero que cuando se acaba el camino, siguen caminando. Esos que dan pavor, porque son repentinos y agotadoramente tenaces en su idiotez. La tontería no tiene límites, ni numéricos ni temporales. A medida que pasa el tiempo, más nos acostumbramos a los tontos, más tontos se aprovechan de los tontos, y por más tontos nos hacen pasar incluso a los que creemos no serlo tanto como para formar parte de la categoría. 

Y ahí está el provecho de los gobernantes. Que siendo tan tontos como nosotros son capaces de pasar por delante de nuestra estupidez para meársenos encima con sus tonterías, que tontos cómo parecemos asumimos como adagios de fe y nos comemos con patatas mientras se ellos se carcajean. Qué si no hacen tipos como Sánchez e Iglesias mientras no pactan, persiguiéndose al juego de la silla, sin que les importe un bledo que su manifiesta irresponsabilidad nos tenga a los pies de los caballos. O como Casado y Ribera y Abascal, cuando pactan gobiernos neofranquistas a hurtadillas, haciendo el teatrillo indecente de que no pactan volver a 1939. O todos esos alcaldes de todas las orillas del río que dicen habernos escuchado cuando votamos en mayo, y lo primero que hicieron al trincar cacho fue subirse el sueldo y contratar amiguetes y familiares como asesores.

Todos esos tontos en la cúspide no serían nada sin los tontos que dan miedo, que son todos esos que les amparan

Ahora, que todos esos tontos en la cúspide no serían nada sin los tontos que dan miedo, que son todos esos que les amparan, y les ríen las gracias, y se quedan con sus meadas como si fueran medallas al mérito. Los que sostienen con vehemencia que sus tonterías son mejores que las del resto, y punto, y que las defiende desde la imposición violenta y nada creativa del porque sí, con los argumentos irracionales de la fuerza y el desdén de la inconsistencia intelectual. Esos tontos que a Sacristán y a mí nos aterran porque resultan imprevisibles y no entienden de prudencia ni de consecuencias ni de daños. Esos que son infalibles y corrosivos y peligrosos para cualquier clase de convivencia. Esos tontos que campan a sus anchas repartiendo títulos de certeza que no se sostienen ni siquiera con su tontería.

Dejar de ser tonto requiere un esfuerzo, y un cambio de actitud ante la vida. Exactamente lo mismo que para no serlo nunca. En realidad, basta con mirar, y pensar, y razonar, y no conformarse. Basta con querer crecer, y ser mejor, y vivir de otra manera. Basta con no dejarse arrastrar, y querer aprender, y dejarse enseñar. Basta con ser distinto y peculiar. Y ya de paso, basta con no escoger tontos para que nos gobiernen, o para dejar claro a los que ya lo hacen, y a los que quieren hacerlo, que sabemos que son tontos, muy tontos, y que les queda poco.

(A Jonathan. Él ya sabe por qué)

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