Jueves, 30 de Marzo de 2017
El Tiempo

MEMORIA

Dicen que murió Juanín, no sé si será verdad

La prensa diaria decidió no hacerse eco de la publicación de ‘Los que se echaron al monte’ y la “hostilidad de los más ultras” aconsejó que el libro no fuera presentado oficialmente y que la foto de Cicero no fuera incluida en su cubierta.

José María de Cossío e Isidro Cicero conversan en la Casona de Tudanca a finales de 1976 o principios de 1977 | Foto: Col. Isidro Cicero
José María de Cossío e Isidro Cicero conversan en la Casona de Tudanca a finales de 1976 o principios de 1977 | Foto: Col. Isidro Cicero

‘Los que se echaron al monte’ resultó un ‘best seller’ cuando vio la luz –los 6.000 ejemplares de su primera edición se vendieron en sólo 12 días–, y cuatro décadas después se ha convertido también en un ‘long seller’. “No es fácil que en un libro coincidan ambas cosas, porque por definición un ‘best seller’ es un fogonazo, pero éste lleva 40 años leyéndose y además ha sido muy releído”, destaca Isidro Cicero, que asegura haber recibido correos de personas que lo han leído “hasta nueve veces”.

“Decía Bernard Shaw que sólo se repite la lectura de los libros escritos por el espíritu”, recuerda el autor de ‘Los que se echaron al monte’, que está convencido de que ésta es una obra “inspirada”. Según Pierre Nora, la civilización europea se construye a partir de la Edad Media sobre cuatro tipos de memoria que han venido sucediéndose pero que al mismo tiempo han llegado hasta hoy un tanto amalgamados: la memoria-rey, la memoria-Estado, la memoria-nación y la memoria-ciudadano. Es en esta cuarta –que Nora define como “republicana, social, militante, de masas y poderosamente democrática y democratizadora”– en la que Cicero inscribe un libro que ha transmitido la “voz de los ciudadanos anónimos”, entre los que se ubica el propio autor, que lo escribió “desde dentro de esa masa” de la que él mismo forma parte. De ahí la visión “oblicua” y el lenguaje “difuso” de ‘Los que se echaron al monte’, que contiene “imperfecciones buscadas”, como “las de la gente al hablar”, y “desdibuja” y “mezcla” vivencias e historias. Por eso empieza con una canción popular –“dicen que murió Juanín, no sé si será verdad…”– y acaba con el ‘Corrido de Juan Bedoya’, que no tiene nada que ver con los dos últimos guerrilleros antifranquistas de Cantabria. O sí. Y es que “sugerir” y pretender “que el lector se una al relato y lo rellene” es uno de los “instrumentos literarios” de una obra que “la pedantería crítica nunca ha sabido entender” pero que “siempre ha llegado al corazón de la gente sencilla”.

La expectación latente de aquel 14 de agosto de 1977 acabó en una auténtica explosión popular

Creado entre 1973 y 1977, ‘Los que se echaron al monte’ se puso a la venta el Día de La Montaña del 77 en Cabezón de la Sal. Hacía 20 años de las muertes de Juanín y de Bedoya, y 40 años después Cicero no ha olvidado la “expectación latente” de aquel 14 de agosto de 1977 –faltaban dos meses para la promulgación de la Ley de Amnistía y 16 para la de la Constitución–, que acabó en una auténtica “explosión popular”. En San Vicente de la Barquera aún se recuerda la historia del pescador que compró el libro en Cabezón, lo llevó al barco en el que salía a faenar y ya lejos del puerto se lo mostró a sus compañeros, que en cuanto vieron de qué trataba decidieron regresar inmediatamente a San Vicente para hacerse con ejemplares de la obra antes de que se agotaran. “En Cantabria no se había escrito nada sobre la guerra ni sobre el franquismo desde ese cuarto nivel del que habla Pierre Nora, y ésa es la gran aportación del libro”, asegura el autor.

echaron

No obstante, la prensa diaria de Cantabria –‘Alerta’ y ‘El Diario Montañés’– decidió no hacerse eco de la publicación de la obra, y la noticia sólo apareció en la ‘Hoja del lunes’, entonces dirigida por el lebaniego Juan González Bedoya, a quien Cicero siempre ha “agradecido” que dedicara una serie de artículos a sintetizar la historia de la resistencia armada al franquismo en el oeste de Cantabria en general y de Juanín y Bedoya en particular. Por el contrario, la “hostilidad de los más ultras” aconsejó que ‘Los que se echaron al monte’ no fuera presentado oficialmente y que la foto de Cicero no fuera incluida en su cubierta. Pero se vendió en librerías –aunque “no estaba en los escaparates y la gente entraba a comprarlo a escondidas”– y sobre todo en romerías y fiestas de verano, donde gozó de una acogida “impresionante”, con “grupos de chavales” ejerciendo de improvisados libreros.

Burlar los boicots y las amenazas no fue fácil, como tampoco lo había sido burlar la censura. Cicero tuvo que recurrir para ello a militares pertenecientes o cercanos a la Unión Militar Democrática, colectivo de oficiales opuestos al franquismo. Uno de ellos, coronel y abogado, leyó el borrador de ‘Los que se echaron al monte’ y sugirió al autor que rectificara ciertos puntos para que la obra pudiera ver la luz. Cicero sintetiza el resto de la historia, aunque es de sobra conocido: “Es difícil que en Cantabria haya casas que no hayan tenido o en las que no se haya leído el libro, y quién no ha escuchado la frase ‘yo lo tuve, lo presté y no me lo han devuelto’”.

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