Jueves, 26 de Abril de 2018
El Tiempo

Sieso supo irse. Piñeiro supo irse. Diego no sabe irse (o no quiere). Si de verbos se trata es muy fácil: coge tus cosas y corre. Lo bueno está hecho y lo malo también.

Cuando Diego anunció en petit comité su marcha tras las costalada de 2015 muchos en el PP pensaron en ponerle puente de plata. Pocos contaban entonces con que el expresidente regional se agarraría a la liana y haría de Tarzán durante meses: ya solo le falta dar el grito en el Paseo Pereda, convocar a los suyos –que ahí siguen, como alfileres de butacón- y retar como Dios manda (sin interpuestos muy dispuestos) a la cúpula de Buruaga. Es una opción, quizá no la más efectiva, pero sí la más noble.

El exlíder del PP, y también exmandatario del Gobierno regional, debiera cambiar el amarillo por el rojo. El gualda da mala suerte en el teatro, y ésta, la que representan los críticos a Buruaga, es una función que necesita encarnarse. Por eso Diego precisa de manera perentoria ponerse una vez rojo y no mil amarillo. Arrostrar sin miedo, con fe; sin metáforas. Todo comprimido en el ánfora y la anáfora de la sinceridad.

Nadie recordará al exlíder como un gran presidente de Cantabria, ni siquiera como un buen presidente

La última cena del PP –y que nadie quiera ver aquí a Judas- representó de manera fantástica el cuadro que atraviesa el otrora partido incontestable en Cantabria. La dirección legítima que ganó el Congreso compareció como siempre, en un acto público, abierto y navideño; el que tantas veces organizó y lideró Diego cuando le atusaban el traje. Esta vez fue él quien no acudió: lo hizo al día siguiente en una comida paralela en un restaurante de la ciudad al que fueron sus seguidores, los mismos que no hace tanto se plantaron una tarde a merendar en las puertas de Génova. No les recibió ni el camarero.

Sieso supo irse. Piñeiro supo irse. Diego no sabe irse (o no quiere). Si de verbos se trata es muy fácil: coge tus cosas y corre. Lo bueno está hecho y lo malo también. Nadie recordará al exlíder como un gran presidente de Cantabria, ni siquiera como un buen presidente. Sí como un trabajador incansable que adoleció de poso y estuvo siempre mal aconsejado por quienes ahora tratan de mantener su cabeza a flote. Lo cierto es que no debió esperar ni al Congreso: tuvo que haberse ido antes por echar al barranco la mayoría absoluta, todo el poder municipal y procurar sin desearlo el tercer mandato de Revilla. En política, imperdonable.