Domingo, 18 de Febrero de 2018
El Tiempo

Puppy, arte y parte del Guggenheim

Sin un solo ladrido, ni siquiera de aprobación, Puppy es ese eterno cachorro de west highland terrier vestido por 40.000 flores.

En esta España que arde por Galicia y acaba de prender la mecha por Cataluña, reconforta pensar que un perro mudo llamado “Puppy” lleva 20 años siendo antorcha del Guggenheim bilbaíno. Sin un solo ladrido, ni siquiera de aprobación, Puppy es ese eterno cachorro de west highland terrier vestido por 40.000 flores.

En un arte que apuesta 10 a 1 por los continentes frente a los contenidos, “Puppy” es ya colosal arte y parte. Su gran ventaja es que tiene un nombre mucho más pronunciable que el del museo de titanio que esculpió Frank Ghery.  Puppy no tiene nada que ver con aquel perro de Miró que en 1926 empezó a ladrar a la luna junto a una escalera.

Ver el Guggenheim consiste en inmortalizarse a los pies de Puppy

Puppy nació en 1992 pesando 15 toneladas y midiendo 12 metros de altura. Asusta pensar la dimensión que alcanzará cuando deje de ser cachorro. Su autor es Jeff Koons, ex marido de Cicciolina y de quien nadie se acuerda cuando, cada 4 segundos, el ubícuo grupo de japoneses tira la foto correspondiente junto al único perro del mundo que ni ladra, ni muerde ni mueve la cola.

Puppy es, pues, un perro de autor que nunca se mete en la gigantesca caseta metálica que le construyeron a sus espaldas. Perro de guardia que sirve de marco florido y que marca las diferencias. Ver el Guggenheim consiste en inmortalizarse a los pies de Puppy. Hay que ver cómo cambia el concepto de las pinacotecas cuando atamos perros con longaniza a la puerta del museo.

El Centro Botín no tiene aún perro que le ladre porque se custodia a sí mismo. El Botín no distrae al visitante con esculturas disuasorias a la entrada, sino que abre las puertas de martes a domingo para que alucinemos con sus vistas al mar.

Y es que el arte debiera replantearse eso de los guardas jurados con traje de flores. Creo.