Viernes 20.07.2018

La considerable ayuda de la formación moral

"En el educador, por el hecho de la ejemplaridad, deben coincidir la ciencia, el arte y la moral".

Dada la degradación política a la que estamos asistiendo, hay voces que vuelven a hablar de moralidad, que no tiene que ver necesariamente con lo legal o lo legítimo. Por eso, no está nada mal volver a pensar en educadores que nos han dejado su maravilloso pensamiento como legado a las futuras generaciones.

Eugenio D'Ors Rovira (Barcelona, 1881 - Villanueva y Geltrú, 1954), al atender el "espejo de cursillistas" que debe reflejar el educador, aunque sus términos son valederos para cualquier agente de la educación dentro de la familia, destaca lo que sigue:

Mal maestro, quien, en asignatura de autoridad, no es discípulo de los combatientes. Mal maestro, quien, en asignatura de piedad, no es discípulo de los sacerdotes. Mal maestro, quien, en asignatura de fantasía, no es discípulo de los poetas. Mal maestro, quien, en asignatura de laboriosidad, no es discípulo de los artesanos. Mal maestro, quien, en asignatura de bondad, no es discípulo de su madre. Mal maestro, quien, en asignatura de alegría, no es discípulo de su discípulo.

[D'Ors, E. (1949). Nuevo glosario. 1934-1943. Vol. III., 493. Madrid: M. Aguilar].

Del mismo grado que para este célebre filósofo catalán, la autoridad también pertenece a una apreciación de las más importantes de nuestro ilustre pasiego Enrique Diego-Madrazo y Azcona (Vega de Pas, 1850-1942) acerca de la pedagogía en general, y de la formación doméstica o familiar en particular:

... todo servicio individual y colectivo debe ensayarse en la escuela, primero en un ambiente desordenado y bullicioso; y a renglón seguido, en otro tranquilo y ordenado, para comprobar la importancia decisiva de la buena disciplina social.

Este ejercicio nos llevará de la mano a lo que significa y representa la Ley y la Autoridad .

[Diego-Madrazo, E. (1932). Pedagogía y Eugenesia (Cultivo de la Especia Humana), p. 227. Madrid: Librería de los Sucesores de Hernando].

La función del educador es la educación integral, la búsqueda del hombre completo

La ley, para el ilustre pasiego, no es otra que la que nos manifiesta la finalidad social, con la conveniencia, el conjunto de normas de conducta que rigen en ella y los términos o marcos que no pueden rebasarse, es decir, los tres elementos que caracterizan esa función social; la autoridad, por otra parte, nos dice quién examina, cuida y vigila el deseable cumplimiento de esa ley, sobre todo en aras de su máxima efectividad y eficiencia.

Pero igualmente forma parte de las estimaciones de don Enrique el ejemplo, los patrones, de tal forma que -como consecuencia, y no únicamente refiriéndonos a los padres, sino a las mismas relaciones intraescolares- desemboca en una de las materias de principal perseverancia y que toman especialmente capacidad y pujanza educativa a través de toda su obra:

Porque, si bien se mira, en el educador, por el hecho de la ejemplaridad, deben coincidir la ciencia, el arte y la moral dentro del estuche orgánico más perfecto. ¿No acomete la empresa de modelar el cuerpo y las conciencias en toda su integridad? Pues que sirva de modelo. Y que en él se inspire la ley biológica de la trasmisión hereditaria. Si la conjunción sexual del pedagogo educa con el ejemplo y se ofrece como el fundador de una familia saturada de salud y de bondad, diremos que todo en ella fué bien acabado y a su imagen deberían construirse las demás familias...

(Ibídem, p. 43). 

Tres miradas u orientaciones, por consiguiente, que Diego-Madrazo discurre al respecto del ejemplo de cualquier educador. El arte, la moral y la ciencia, es decir, todos los aspectos o todas las dimensiones de la persona son objeto de ilustración, de ejemplo. La función del educador es la educación integral, la búsqueda del hombre completo; su ejemplo, su modelo, ha de llegar, consecuentemente, hasta o desde la misma función y fundación de la familia, bajo las leyes hereditarias de la unión sexual. Estas concepciones las reproduce y aquilata en otros espacios de su obra, proyectando y transmitiendo intensidad y vehemencia en los adultos, y más aún en los gobiernos y responsables políticos:

Hemos dicho que el niño es un espíritu de imitación, que se mira en el espejo del hombre y vive de la ejemplaridad. Las acciones de los mayores son las que mueven las del niño. Las palabras las lleva el viento. Los hechos son objetivos y se graban en la memoria. La característica de los niños y de las colectividades es de rebaño: por donde se tira el primero van todos. Si la dirección nacional es leal y justa, los hombres se ejercitan en la lealtad y en la justicia, y los niños, secuela de los hombres, en las mismas virtudes. En cambio, cuando los Gobiernos son tiránicos, los niños aprenden de los hombres la hipocresía y la traición: entre el temor y la astucia esconden el espíritu de rencorosa rebeldía. No se extrañe nadie de que un adolescente español parezca más despierto y engañe a un inglés; no es superioridad intelectual, sino la malicia, la insinceridad y la traición que se cultivaron en el niño de España.

[Diego-Madrazo, E. (1918). Introducción a una Ley de Instrucción Pública, p. 61. Madrid: Imprenta de los sucesores de Hernando].

La considerable ayuda de la formación moral
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