Lunes 16.07.2018

¿Sultana Díaz?

Susana, ¿sultana o califa?

En algunos países árabes, sultán es sinónimo de rey, monarca, “el que ejerce el poder”. Califa, sin embargo, va más allá: califa es el sucesor de Mahoma, aunque no tenga el rango de profeta, ejerce el poder material y también el espiritual sobre los creyentes, es como el Papa de los musulmanes.

Mucho se está hablando, en los últimos tiempos, sobre si, en el PSOE, lo que se está librando es una lucha por el poder, el poder en el partido, se entiende. Es cierto que, los acontecimientos vividos en los últimos tiempos, tienen todos los rasgos propios de una lucha por el poder: lucha fraticida, sin miramientos, a muerte, saltándose todas las normas. La guerra llega cuando la política fracasa. Y, cuando la guerra llega, no hay convenciones internacionales que respetar, las convenciones son pura farsa, se acuerdan en tiempos de paz, no sirven para la guerra.¿Quién se va a parar a pensar en respetar los derechos de los prisioneros, por ejemplo, cuando el objetivo es matar los más enemigos posibles?

La guerra en el PSOE ha reunido todas las características propias de una guerra

La guerra en el PSOE ha reunido todas las características propias de una guerra: estrategia, táctica, manipulaciones, emboscadas, mentiras, insidias, chantajes, vulneración de los estatutos, persecución de personas hasta su exterminio político, castigo a los díscolos,...¿lo han llamado “golpe de estado”?. Lo que ha sido, ciertamente, es un golpe de mano, audaz, sorpresivo, decidido, bien programado, bien pensado, en el momento preciso, sin escrúpulos, irresponsable, sin medir las consecuencias. Esta “revolución” ha cambiado los claveles por rosas, pero rosas marchitas.

¿Podemos hablar, por tanto, de lucha por el poder dentro del partido?

Más allá de ambiciones personales de los diferentes liderazgos, más allá de los errores que hayan podido cometer unos y otros, más allá de la falta de respeto a las y los militantes, más allá del bochornoso espectáculo dado y transmitido en directo, más allá de todo eso, tiene que haber una explicación coherente que resuelva la siguiente contradicción: ¿cómo se puede luchar por el poder, dentro del partido, cuando lo que unos y otros están provocando es la desaparición del partido mismo? ¿Qué caricatura de partido pretenden gobernar? Salomón, en este caso, lo tendría difícil: ambas partes asumen la destrucción del partido y demuestran no soltar una sola lágrima porque se parta en dos.

¿Cómo se puede luchar por el poder, dentro del partido, cuando lo que unos y otros están provocando es la desaparición del partido mismo?

Por tanto, la lucha por el poder, dentro del PSOE, no explica suficientemente lo sucedido. La explicación más convincente no se deja ver, no aparece en la televisión, no se presenta a las elecciones, no da la cara, es el verdadero poder, el que lo decide todo, el que se sirve de la democracia y el estado de derecho siempre que sirvan para mantener sus privilegios, el que mueve las puertas giratorias, el que premia a sus dóciles servidores, el que mantiene la mano firme para mandar a los trabajadores y trabajadoras al paro, el que condena a la miseria a amplias capas de la población.

Susana Díaz no es sultana, no tiene el poder, sólo lo ejerce en una pequeña parcela (aunque Andalucía sea grande). Puede que aspire a ser califa, aunque sea a medias (se lo está pensando) o jefa espiritual, sucesora del verdadero califa, Felipe, representante del auténtico poder en esta tierra pero, al fin y al cabo, su fiel servidor. Su guerra particular, la de ambos (y de todos los secuaces que se esconden detrás) es asegurarse el porvenir, dentro o fuera de un partido maltrecho al que no han dudado en arrojar al precipicio, como verdaderos “soldados de fortuna” (mercenarios al mejor postor). ¿Alguien duda todavía sobre lo impresentable de su abstención para que gobierne el PP? ¿Hay alguien dispuesto a preguntárselo a sus militantes y votantes?

¿Sultana Díaz?
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