Lunes 16.07.2018

La zona Wi-fi arruinó mi cita

No me había molestado ni en arreglarme, sabía que iba a ser un completo desastre. Estaba predestinada a estar sola y mi cita a mantener silencios incómodos, malas caras y preguntas probablemente más incómodas que los silencios.

Desgraciadamente había llegado ese día. Estaba desganada, incluso demasiado tranquila. Era la primera vez que iba a tener una cita con un completo desconocido. Las redes sociales tienen el poder de unir, enredar y desunir personas, en mi caso no tenía muy claro lo que habían hecho conmigo. Pero estaba allí, cerca de una cafetería de estilo parisino, elegante y sencilla.  He de reconocer que la puntualidad no era una de mis virtudes, por lo que siempre llegaba tarde, al menos con cinco o quince minutos de más.

No me había molestado ni en arreglarme, sabía que iba a ser un completo desastre. Estaba predestinada a estar sola y mi cita a mantener silencios incómodos, malas caras y preguntas probablemente más incómodas que los silencios. Estaba en la puerta, justo a un paso de cometer un error y a unos mil pasos de llegar a mi casa y no cometerle. Pero di un paso, quería tener una aventura desastrosa que contar.

Estaba en la puerta, justo a un paso de cometer un error y a unos mil pasos de llegar a mi casa y no cometerle. Pero di un paso, quería tener una aventura desastrosa que contar

Me senté en la mesa de la esquina, justo debajo de una imitación a una obra de arte de Claude Monet titulada “El estanque de ninfeas”. Afortunadamente mi maravilloso teléfono móvil no tenía conexión a internet, así que si mi cita me mandaba un mensaje no lo recibiría, y mi error de entrar a la cafetería sería un acierto, ya que no existirían incomodidades. De repente sonó mi móvil, era un mensaje. Fruncí el ceño, extrañada, cómo era posible…

Desvelé el misterio, la cafetería tenía zona wifi por lo que mi teléfono, sin preguntar, había accedido a la conexión, con tan mala suerte de que mi desconocido había podido mandarme un mensaje. En este, decía así: “¿Estoy viéndote a través del cristal, eres tú?”. No tenía claro si levantar la cabeza y dejar al descubierto que era yo, o ignorar el mensaje. Pero la curiosidad me mató, así que miré y él entró con una sonrisa de oreja a oreja. Mi sonrisa era más bien una mueca de algo parecido al disgusto.

Nos saludamos, pedimos un café y justo antes de atreverme a iniciar la conversación mi desconocido me pidió que guardara silencio porque había wifi y quería responder a unos mensajes. Pasaron cinco minutos, once minutos, media hora… tuve tiempo de escudriñar el rostro de mi acompañante ausente e incluso de leerle la mente. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que había un silencio especial, nadie mantenía una conversación porque todos estaban pendientes de sus tecnologías. Ahí me di cuenta de que odiaba las redes, las conexiones y todo lo que tuviera que ver con la ausencia de la voz, de las palabras. La falta de comunicación era una enfermedad insoportable, por lo que me levanté. “Ha sido una pérdida de tiempo útil y acogedora”, le dije a mi acompañante. Me miró extrañado, pero supe que no quería esa situación y que mi próxima cita iba a ser en una cafetería sin zona wifi y mi acompañante, un buen libro.

La zona Wi-fi arruinó mi cita
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