Viernes, 18 de Agosto de 2017
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Año Leba... qué

Otra romería más de verano

2 euros y 95 céntimos. Eso me dijeron en una cafetería del centro de Santander que cuesta la pulsera de goma del Año Jubilar. Yo llevo una puesta, que conseguí por la patilla. Desde luego, a ese precio ni se me hubiera ocurrido. La chica del café andaba un poco perdida con la razón de su venta. Del Jubilar me dijo algo así como que el año pasado se vio más, aunque no vendieron pulseras, y que está vez 'la cosa está más floja' (¿?). O sea, que no tenía ni la más remota idea de qué se celebra, ni por qué se vende las pulseras. Y eso que trabaja en la empresa que ganó al concurso para inventar un postre a santo del evento. Lo han llamado 'Liebanucas', y a saber cómo están hechas. De ser algo de siempre de la zona, todo lo ancha que uno quiera, no parecen.

En algún bar de barrio he visto anuncios de excursiones de las que montan los que a mitad de camino venden mantas térmicas y colchones viscoelásticos

Esta es la realidad del Año Lebaniego. Poco conocido, mal promocionado, confuso y caro. Revilla y sus acólitos del turismo oficial han repartido pulseritas de 2,95. En un programa de Cuarto Milenio, Iker Jiménez llevaba una. Y el presidente ha hablado de él en sus bolos por La Sexta, entre chascarrillos y refinados planteamientos políticos. Pero no ha hecho efecto. Se sabe más de la efemérides por el desgraciado concierto de Enrique Iglesias (100.000€ por lo que hizo ¿no es mucho?). Claro que si la publicidad sólo se hace dentro (y un poco en Fitur, pero poco), se empieza tarde, los contratos para la difusión se anulan, y hasta el director de la entidad responsable dimite antes de abrirse la Santa Puerta, no es de extrañar que ni Dios sepa de qué va el asunto. El logo es colorido, y en la sencillez tiene su gracia, pero apenas se ve fuera de Cantabria. En algún bar de barrio he visto anuncios de excursiones de las que montan los que a mitad de camino venden mantas térmicas y colchones viscoelásticos. Pero nada digno de considerarse serio. El Año Jubilar Lebaniego se ha convertido, a fuerza de mal gestionarlo, en un festejo de provincias para la provincia, sin más impacto nacional o internacional.

Esta es la realidad del Año Lebaniego. Poco conocido, mal promocionado, confuso y caro

Desde que se gastaron el dinero en poner frente a la Catedral el reloj de la cuenta atrás, no he encontrado a casi nadie fuera de Cantabria que me sepa poner historia y calendario al Año Lebaniego. Del de Caravaca de la Cruz, en Murcia, sí. Protagonizó el último anuncio de TVE en 2016. El nuestro duerme el sueño de los justos en el silencio más absoluto. La programación a su alrededor tampoco ha sido brillante ni llamativa. La visita de los reyes parecía metida con calzador (y apostaría que más por no escuchar a Revilla si no llegan a hacerla). Los conciertos han sido extravagantes. Y todo lo demás, pues...  eso... ¿ha habido algo 'demás'? La autocomplacencia, tan española, sobre todo con lo cutre, hará decir a consejeros y directores generales y directores de empresas gestoras (y palmeros del Presidente y de los suyos) que este ha sido el mejor Año Jubilar de todos los tiempos. Para la empresa de las pulseras y las 'Liebanucas' de hojaldre y miel, y para los artistas que han venido a hacerse julio y agosto con el acontecimiento, desde luego que sí. Para las gentes de la tierra, un pasar sin pena ni gloria. Y para el resto del mundo (ese que está más allá del borde de la Cantabria Infinita), nada de nada, porque nada se ha contado, divulgado, explicado ni vendido.

Cantabria es mucho más que Revilla, su partido, su gobierno, sus ocurrencias, y el mal tiempo. Es incluso más que los cántabros, los de dentro y los de la diáspora. Es todo lo que le pasa, y lo que no le pasa. Pero para que se conozca, todo eso que pasa hay que contarlo, contarlo bien, contarlo fuera. Las oportunidades para darse a conocer las pintan calvas, y si no se aprovechan acaban en anécdota. Y Cantabria ya tiene suficiente anécdota con su mediocre clase dirigente, esa que diseña algo como el Jubilar Lebaniego como otra romería más de verano.