martes 11/8/20

Y al trigésimo tercer día salió el primer ministro...

Llegó el día que pedí en voz baja, casi suplicando que yo también quería ver la calle, ¿tú?, ¿para qué?, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿qué pretendes?... Bueno, solicité una tregua, y casi con lágrimas en los ojos les expliqué que me sentía encerrado, me miraron como se mira a un bicho raro, pero algo en su corazón se ablandó y al trigésimo tercer día me dejaron salir. No cabía en mí de gozo, después de más de un mes vería si el mundo seguía en el mismo sitio, porque eso que echan por televisión y las redes sociales te intoxica mucho

Son días donde viene bien ponerle unas gotas de humor a la vida, ya es demasiado duro y triste lo que nos rodea. Les voy a relatar un sucedido sobre el confinamiento, encierro y cuarentena... de una familia que conozco muy bien.

Era un día de primavera, en la terraza daban los primeros rayos de sol, al fondo en el parque se veía a un perro que llevaba de paseo a su dueño. Me preparé para salir a la calle, llevaba desde el confinamiento decretado por el Gobierno encerrado en mi domicilio. 

No fue fácil conseguir salir de casa, en nuestra familia somos pocos, pero a la hora de discutir nos venimos arriba y parecemos una multitudinaria manifestación. Los primeros días de encierro pasaron entre la novedad y el desconcierto, un mucho de desorden en los horarios, bueno en todo. Hasta que quien más manda, dio un golpe sobre la mesa y nos dijo "esto no puede seguir así, esto es un desastre o nos organizamos, o..." Todos nos echamos a temblar ante la posible amenaza...

Así que se convocó una asamblea general para poner horarios y el reparto de tareas, el enano que tiene 15 años y mide cerca del 1,80 dijo que aquello era una dictadura, ¡como si él la conociera de toda la vida!, sin embargo se veía la necesidad de nombrar un equipo, un Gobierno del "Estado de la Casa" y aunque nos reíamos al final aceptamos la idea. Bueno, lo primero era decidir qué forma de Gobierno, monarquía o república. Se pasó a votación y por tres a uno ganó la república. La pequeña Iris de 8 años decía que ella quería ser princesa y en la república, le había contado su maestra, que no hay princesas. El argumento era de peso, pero su hermano le dijo que si quería jugar con su ordenador o república o nada, parece que el argumento aunque poco democrático fue muy efectivo.

Se pasó al segundo punto, nombrar los cargos, la reina de la casa, como no podía ser reina, se pidió ser presidenta de la república de su casa, al final es la que más tiempo pasa aquí, así que bueno vale. Yo ser primer ministro de la presidenta, no sea que me dejaran sin cargo, el monstruo de las galletas pidió ser el ministro de fomento y suministros, así podía salir más a la calle, a la enana como no calla y se le entiende poco la nombramos portavoz de Gobierno. Ele, ya teníamos nombrado "el Gobierno de la república independiente de mi casa", sin hacer publicidad a ninguna marca sueca, que eso se cobra aparte en coronas.

El reparto de tareas fue una muy dura negociación, ríanse Uds. de las que tienen en la Unión Europea, se alargó también hasta altas horas de la madrugada, hasta que el sueño venció a la enana portavoz. David, el monstruo de las galletas, tenía una urgencia en su ordenador, y los demás estábamos rendidos, firmamos el acuerdo con nuestra huella, dni, ocho apellidos aunque muchos no fueran vascos lo daban por válido, y nos fuimos a la cama.

El ministro de suministros nos salió un escaqueador, ni Ábalos en el aeropuerto de Barajas

El primer día de la nueva república, la presidenta ejerció su mando y vaya si mandaba, nunca pensé que un primer ministro tuviera que trabajar tanto, pero bueno serán los primeros días me dije, iluso de mí. El ministro de suministros nos salió un escaqueador, ni Ábalos en el aeropuerto de Barajas. Hubo que llamarle a capítulo, porque aquello corría riesgo de romper el gobierno a las pocas horas de estar constituido. La portavoz que no callaba, ni debajo..., preguntaba por qué su hermano podía salir y ella no, decía que no jugaba a la república, que eso era un rollo. Mediante el correspondiente soborno, o sea las chuches, con más horas del ordenador de su hermano, más horas de TV, más más... La portavoz como siempre seguía siendo la princesa de la casa.

Los días fueron pasando más regular que bien, cada uno hacía lo suyo, o bueno disimulaba que lo hacía, hasta que la Presidenta dijo: "no puede ser, el ministro de suministros no hace bien las compras" y se arrogó sus funciones, "mañana voy yo a la compra", un gran revuelo, el ministro de suministros dijo que "eso era un bulo de la oposición", que le querían quitar su cargo, su paseíto oficial, que era una injusticia. El primer ministro o sea quien escribe, se tapaba como un cobarde detrás de la princesa republicana, que entre madre e hijo discutiendo, todo representante puede salir mal herido. Cuando acabó la batalla y se firmó el armisticio, se quedó en un pacto donde salía uno cada semana, y la portavoz, la princesa enana, no paraba de demandar "y yo cuándo, y yo cuándo...", ¡qué dolor de cabeza!

Llegó el día que pedí en voz baja, casi suplicando que yo también quería ver la calle, ¿tú?, ¿para qué?, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿qué pretendes?... Bueno, solicité una tregua, y casi con lágrimas en los ojos les expliqué que me sentía encerrado y necesitaba salir un poco, me miraron como se mira a un bicho raro, pero algo en su corazón se ablandó, les debía dar pena, y al trigésimo tercer día me dejaron salir. No cabía en mí de gozo, después de más de un mes vería si el mundo seguía en el mismo sitio, porque eso que echan por televisión y las redes sociales te intoxica mucho.

Me pusieron una mascarilla confeccionada por la Presidenta de la república con trozos de tela sobrantes

Como les decía al inicio del relato, me preparé, o mejor me prepararon para salir a la calle, me puse unos vaqueros y noté algo extraño, habían encogido, no podía ni subir la cremallera de la bragueta, me acordé de un WhatsApp muy repetido, que decía "ojo pruébate todas las semanas tus vaqueros, que el pantalón de pijama es muy traicionero, repito, es muy traicionero", y vaya si lo era. Bueno, me puse un pantalón de chándal de esos de la goma floja que valen de una talla 40 a la 60, y me quedaba clavado, con la camisa hubo debate, se pasó a votación y ganó una de cuadros del siglo XVIII, ya que dijeron que la podía tirar cuando llegara a casa. Yo les imploraba, de tirar nada, esa camisa era ya como una segunda piel, pero ni caso. Me pusieron una mascarilla confeccionada por la Presidenta de la república con trozos de tela sobrantes, ríanse Uds. de los diseños de Desigual, vamos me ponen un anuncio en la misma y me gano la vida. Para mayor desastre me dieron unos guantes tres tallas más grandes, donde en un dedo se mete una mano, y como colofón me pusieron la boina del abuelo para tapar mi calva, que podía ser el objeto deseado por los virus. 

Al salir de casa el Ministro de Suministros y la Presidenta, los muy..., no paraban de reírse cada vez que me miraban, dijeron que aquello había que inmortalizarlo y me sacaron unas fotografías de los horrores, ¡qué pintas madre!, ¡qué pintas...!

En el próximo capítulo les contaré las venturas y desventuras de un Primer Ministro perdido por un supermercado...

Comentarios