Lunes 20.05.2019

Un eco que no debe dejar de retumbar

Más de un millón de mujeres salieron para gritar basta, para acompañar a cada una de las víctimas asesinadas a manos de sus parejas o de simples desconocidos que las mataron porque las sentían suyas. Es difícil calibrar si las diferentes concentraciones hubiesen tenido el mismo éxito sin que estas profesionales se hubieran volcado con las mismas.

El pasado 2018 se cerró como uno de los años más agitados de la última década. Tanto dentro como fuera de nuestras fronteras la sociedad ha experimentado numerosos cambios que invitan a esperar un futuro incierto con profundas modificaciones alrededor de todo el planeta. Mientras la extrema derecha se abría paso en Brasil convirtiendo el país de la samba y el Carnaval en el primer ensayo a escala de un nuevo orden político, la población francesa se organizaba a través de los chalecos amarillos en un movimiento transversal en el que jóvenes y mayores exigían a un empequeñecido Emmanuel Macron aumentar el poder de las clases medias y bajas de todo el país.

Acciones a uno y otro lado del Atlántico que se han sucedido al mismo tiempo que teníamos que decir adiós a genios como Aretha Franklin o Bernardo Bertolucci mientras contemplábamos con estupor como la promesa de levantar un muro no necesita de construcciones mastodónticas cuando el principal responsable político a nivel mundial niega los derechos humanos básicos a familias y niños.

Mujeres jóvenes, mayores, madres, hijas, solteras, casadas, gritaron basta ya con una sola voz

Mientras tanto, la actualidad en España se ha convertido en el reflejo de todo aquello que sucede alrededor. Pese a que los chalecos no encontraron aquí la representación que muchos deseaban, los mayores salieron a la calle reclamando pensiones dignas que les permitieran disfrutar en este tramo de su vida de todo lo que han trabajado hasta ahora. Mientras el ‘procés’ catalán marcaba el ritmo de la actualidad política, la extrema derecha encontraba un espacio en el que ganar electorado. VOX ha dado un golpe en la mesa en Andalucía avisando de que sus resultados en las elecciones generales pueden amenazar los derechos fundamentales de muchos españoles.

La tibieza con la que numerosos medios han hablado durante estos meses del auge de este partido impedía prever su arrollador éxito en las urnas. En medio de una sociedad cada vez más enfadada y polarizada, los de Santiago Abascal han encontrado su espacio. La falta de análisis crítico posterior no invita al optimismo ante el mes de mayo, cuando todos debemos decidir qué país queremos ser a partir de ahora.

Si lo que buscamos es ser un estado en el que se levanten muros, se practique el patriotismo de pulsera con la banderita en la muñeca, se separe a las familias y el odio se convierta en himno y bandera o si por otro lado queremos ser el de esos jubilados que pelean pacíficamente por aquello que consideran justo. Seguramente esta segunda sea la España que nos representa a la mayoría y es a la que los medios de comunicación debemos dotar de un altavoz. A esas historias humanas que nos acerquen a la realidad de los vecinos. A ese análisis pormenorizado de todo lo que en realidad está sucediendo, de aquello que le preocupa al lector.

Hace un año aprovechaba este periódico para poner en valor el papel de las periodistas en el género de opinión, un espacio históricamente reservado para los hombres y desde entonces hemos visto como las mujeres han exigido un altavoz cada vez mayor.

Uno de los momentos más emocionantes de este 2018 que me he detenido a analizar lo vivimos el pasado 8 de marzo. Esta fecha quedará grabada para siempre en los libros de historia de este país como la de la primera huelga feminista organizada en España. Fueron las caras visibles y las profesionales más reconocidas del mundo del periodismo las primeras en sumarse a este paro como amplificador mediático.

El éxito de la jornada llenó las calles de 120 ciudades de todo el país de dignidad y orgullo. Más de un millón de mujeres salieron para gritar basta, para acompañar a cada una de las víctimas asesinadas a manos de sus parejas o de simples desconocidos que las mataron porque las sentían suyas. Es difícil calibrar si las diferentes concentraciones hubiesen tenido el mismo éxito sin que estas profesionales se hubieran volcado con las mismas. Nunca sabremos si aquello hubiera sido igual, pero lo que sí podemos asegurar es que algo cambió el pasado 8 de marzo en la sociedad de todo el país. Mujeres jóvenes, mayores, madres, hijas, solteras, casadas, gritaron basta ya con una sola voz. Una que a día de hoy aún retumba en cada periódico y cada redacción, y que nunca deberíamos olvidar.

Un eco que no debe dejar de retumbar
Comentarios