domingo 05.07.2020

Una vida rota

Querida Celia,

Desde la distancia que nos une, recuerdo cuando me dijiste que fue Cristina, la psicóloga del Centro de Mujeres Maltratadas, la primera persona que escuchó tu relato al poco tiempo de llegar desde Santander, después de recorrer medio país. Que fue también ella quien te animó a contar tu terrible historia. 

-    Tienes que contar una y otra vez todo lo que te ha hecho - te repetía.

Os sentabais en una sesión de terapia de los viernes por la tarde, en el suelo de la biblioteca, rodeadas de libros, juegos y discos. Fuera quedaban un inmenso jardín una fuente, un arce joven de aspecto melancólico y un alto muro que os protegía del mundo exterior. Cristina ponía música y siempre empezaba con la canción “Salir corriendo” de Amaral y os hacía repetir mientras extendíais las colchonetas: “¿Cuántas veces te ha hecho callar? / ¿Cuánto tiempo crees que aguantarás? / ¿Cuántas lágrimas vas a guardar en tu vaso de cristal? Si tienes miedo, si estás sufriendo tienes que gritar y salir, salir corriendo”. Las mujeres del Centro relataban su historia una y otra vez, semana tras semana, hasta que perdían el miedo y comenzaban a quitarse los complejos, las culpabilidades y lo más importante, a soñar con una nueva vida.

Recordabas la tarde que le tocó empezar a Ángela. Os contó cómo su marido, antes de irse de nuevo al bar, mientras ella le pedía que no gritara, para que no se asustara su hijo que veía la tele en el salón, la arrastró por el pasillo mientras ella contenía el dolor, la levantó con todas sus fuerzas, la miró con desprecio y la dio un último golpe que la estrelló contra el suelo y la hizo perder el sentido. Cómo había quedado tendida, inmóvil, hasta que recobró el conocimiento y se arrastró hasta el baño, se limpió la sangre y con dificultad se puso de nuevo en pie. Cómo su hijo la llamaba, pero no podía responder, no quería que la viera así. ¡Sólo tenía seis años! Al rememorarlo se había echado a llorar y no pudo continuar. 

-    Muy bien, Ángela. Tranquila, no pasa nada -le decía Cristina-, lo has hecho muy bien. La próxima semana seguimos. No hay que forzar.

Luego Cristina te dio el turno a ti. Después de dos años, era tu último día en el Centro. Un tímido sol de noviembre se colaba a través de las persianas de la sala. 

-    Por última vez, cuando quieras. 

Fuiste tú, Celia Juliana, aunque en la Facultad todos tus compañeros te conocían por Celia. Tenías veintiún años, una mujer con cuerpo de porcelana y de tamaño natural, unos preciosos ojos azulados y una melena rizada que estilizaba aún más tu figura. Te gustaban las minifaldas, pintarte los labios y la ropa ajustada. Estudiabas tercero de “Teleco” y aprobabas cada curso sin dificultad porque siempre habías sido buena estudiante y muy responsable. Tus padres te recompensaban con algún que otro capricho, como el Mini de segunda mano para que fueras a la Facultad. 

Conociste a Diego en una de las fiestas que hacen los estudiantes antes de las vacaciones de Navidad. En busca de una consumición, te diste de bruces con él, casualmente; era la primera vez que le veías y luego te contó que trabajaba de reponedor en unos grandes almacenes. Hablasteis largo rato y te pidió volver a verte al día siguiente y tú aceptaste.

Me consta que estabas feliz con tu nuevo amigo. Muy ilusionada. No tenía nada que ver con otros chicos con los que habías tonteado en la “Uni”. Diego era educado, trabajaba, estudiaba y tenía clara la prioridad de terminar los estudios. Sin embargo, pronto, las caricias y las confidencias dieron paso a los celos y los malos modales por su parte. Controlaba tus llamadas, tus mensajes. Si iba a esperarte a la salida de la Facultad y te veía hablar con algún compañero, ya tenías bronca para el resto del día. Si aprobabas un examen, tenía celos hasta del profesor que te daba esa asignatura. Después de una bronca siempre venían las disculpas y el no lo volveré a hacer más. “No he podido evitarlo”, te decía. “¡Estoy loco por ti!”

Me decías que con su apariencia de “niño bueno” se ganó sin dificultad a tus padres. Enseguida empezó a entrar en casa. Le invitaban a comer. Jugaba con Luis, tu hermano pequeño. Los sábados te recogía en casa y subíais hasta el faro de Cabo Mayor para ver el mar. Una luz en el horizonte fue la disculpa para montarte otra bronca. No entendiste su comportamiento -empezabas a acostumbrarte, sin querer-; y te violó, y te pegó mientras te violaba y luego te hizo salir del coche para que volvieras andando. En casa te esperaba tu madre y te preguntó si había sido Diego el que te había hecho aquello. ¡No se lo podía creer!

Tu amiga Natalia te animó a denunciarle. En el juicio lo negó todo, declaró que eras tú la que tenías unos celos enfermizos, que nunca te había tocado sin tu consentimiento y que no existía ninguna denuncia ni parte de lesiones en ningún hospital. Lo condenaron a dos años de cárcel, a pagar diez mil euros de indemnización por daños morales y a doscientos metros de alejamientos, como poco. Me decías que a la cárcel no entró por no tener antecedentes penales, que la indemnización no te la pagó porque se declaró insolvente. En cuanto a la orden de alejamiento, fuiste tú la que tuviste que alejarte de él, abandonar la ciudad y trasladarte al Centro de Mujeres Maltratadas en la otra punta del país.

Ahora me cuentan tus padres que has terminado los estudios, que has vuelto a sonreír, a ponerte minifalda y a pintarte los labios. No sabes cómo me alegro. No olvides que cuentas con el apoyo de tus familiares, amigos y de toda la sociedad.

Sé feliz.

F.

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