lunes 16.09.2019

‘Cumbres Borrascosas’ (Wuthering Heights) y la personalidad de Emily Brontë

Que esta novela sea creativa no la atribuye solo que sea buena. Su belleza, su poesía, consiste en la unión atípica de lo que es acostumbrado y habitual con lo que nos impresiona porque es brutal y salvaje.

En 1847 se publica ‘Wuthering Heights’ -Cumbres borrascosas- de Emily Jane Brontë, hermana intermedia entre las otras dos novelistas -Anne y Charlotte-, y perteneciente a una familia inglesa de escritores. Su padre y su hermano también lo eran. La bondad del éxito, no inminente, de esta novela es que está escrita por Ellis Bell, pseudónimo de Emiliy B. Su virtualidad, la separación de la novela victoriana, porque su trabajo carece de precursores y también de escuela posterior de incondicionales. Lo que subyace en ‘Cumbres borrascosas’ no es algo que pueda precisarse mediante un examen o estudio, sencillamente porque es resultado de la personalidad de su autora que con 29 años ve editada, por fin, su única novela. Al año siguiente Emily muere, acabando con ella la posibilidad de una mujer literata y literaria que también había sido poeta con unos versos tupidos y pulidos, enérgicos y originales, y cuya polifonía peculiar y exclusiva no dejaba de ser indómita, apesadumbrada y eminente. Como era ella, inflexible para sí y compasiva con los demás.

Lo que subyace en ‘Cumbres borrascosas’ no es algo que pueda precisarse mediante un examen o estudio, sencillamente porque es resultado de la personalidad de su autora

Que esta novela sea creativa no la atribuye solo que sea buena. Su belleza, su poesía, consiste en la unión atípica de lo que es acostumbrado y habitual con lo que nos impresiona porque es brutal y salvaje. Emily carecía de un talante comunicativo y expresivo con los demás, sin embargo le era obligado abrirse y comunicar todo su rico mundo interior mediante la escritura. Nadie, ni sus más allegados, sus hermanas, podían franquear libremente sus proyectos y su corazón. Siempre se ha hecho difícil reabrir algo tan sellado como es la educación cuando esta precisamente ha sido una enorme abominación en las tiernas mentes infantiles. Nuestra autora ingresa a los seis años en el desolladero de Cowan Bridge, una escuela calvinista, modelo de encarnizamiento y cuyo horror dejaba inermes y sin palabras a las demás niñas. Alguien, como Emily, capaz de denunciar y reflejar la vida ordinaria y habitual de una institución escolar, no podía extrañarse de la reacción que tuvo su novela en aquella incipiente sociedad victoriana, pero de lo que sí estaba segura es de su inutilidad para escribir novelas que tratasen de los asuntos apasionantes del momento o de los eventos consuetudinarios que acontecían en la rúa, como pedía Juan de Mairena a un alumno que lo escribiese en lenguaje poético. Su realidad ya se la había marcado la escuela a raíz del fallecimiento de su madre.

Las personificaciones y los símbolos de los caracteres e impulsos primarios y esenciales en la Naturaleza no le venían a ella solamente por haber nacido, como sus hermanas, en Thornton -Bradford-, en el arisco condado de Yorkshire, al norte de Inglaterra. Su personalidad ya había sido señalada y grabada en su escuela de los horrores, con los rezos diarios durante horas seguidas, mientras los dientes castañeteaban con un frío de muerte, y en ayunas, con una metodología basada en los castigos abundantes, en las degradaciones y vilezas, y en los golpes con palos de madera. Un lugar en el que las niñas se hubiesen arrojado a cualquier cubil en busca de alimento. Acababan con ellas de hambre, pues la comida, además de hedionda e inmunda, era tratada con una insalubridad y una ausencia de profilaxis tales que los envenenamientos no eran esporádicos; era habitual que la condición de los escolares pobres o no, pero sin apoyo familiar, no dejaba de ser más torturadora y penosa que la de los niños que no estaban descuidados por la familia. De todo ello daba fe su hermana Charlotte, en Jane Eyre, y diez años antes Dickens en Nicholas Nickleby. Así describe el autor el primer encuentro que tiene Nicholas en un colegio de Yorkshire no para niños indigentes, sino niños ricos abandonados por sus familias. De esta manera ve también los síntomas de lo que era común en la Inglaterra del siglo XIX, los numerosos fallecimientos infantiles. Y así lo recogen en general las novelas victorianas:

Rostros pálidos y demacrados, figuras flacas y huesudas, niños con caras de viejos, seres deformes con hierros en los miembros, muchachos achaparrados, y otros cuyas largas y enclenques piernas apenas podían sostener sus cuerpos encorvados, todos se agolparon ante su vista. Los había con ojos legañosos, labio leporino, pies torcidos, y toda clase de deformidad o fealdad que indicaba que los padres habían concebido una aversión antinatural hacia su vástago, o que unas jóvenes vidas habían padecido la crueldad y el abandono desde la más tierna infancia. Había caritas que podían haber sido hermosas, pero a quienes oscurecía la mueca de un sufrimiento adusto y persistente; habían apagado la luz en la mirada de la infancia, su belleza se había marchitado, y sólo quedaba la indefensión…

Nicholas Nickleby, de C. Dickens

Emily parece moverse bien en los páramos del norte y conoce a la perfección las bárbaras y despiadadas galernas que los castigan. La novela cae pesadamente en los lectores victorianos, que se asombran e incluso se conmocionan ante sus escenarios y protagonistas. Se trataba de un período de tiempo en que las relaciones con los del norte aún estaban subordinadas a los carruajes y a las postas, con lo que llevaba consigo de torpeza sobre cómo podían vivir los ingleses de los lugares aislados del país. Era notorio. Nuestra escritora asimismo va a romper con la tradición sentimentalista ante la muerte de los niños de las que hablábamos más arriba. Las muertes en Cumbres Borrascosas no son lentas. Son impetuosas y no gozan de sensiblería.

Las muertes en Cumbres Borrascosas no son lentas. Son impetuosas y no gozan de sensiblería

En cuanto a la construcción de la trama de la novela, Emily Brontë separa dicotómicamente dos mundos representados por los habitantes de dos granjas, la Granja de los Tordos, asentada en la campiña y propiedad de los Linton, y Cumbres borrascosas, la Granja de Earnshaw, llamada de esa manera por su emplazamiento (‘cumbres’) y por su ubicación climática. A los lectores de la novela no les es difícil hallar en dichos nombres otras metáforas, más allá de sus realidades físicas o geográficas. En la primera, a diferencia de la última, hay pájaros, es decir, es un lugar aparentemente feliz, aunque por otra parte me atrevería a abundar más. ‘Tordo’ tiene también el significado en castellano de torpe o tonto. Sea como sea la cosa, sospecho que la escritora no utiliza ese nombre como el adjetivo que podemos utilizar nosotros porque en la lengua inglesa no encuentro esa acepción; sin embargo, el lector hispanohablante no tiene por qué desechar ese significado, toda vez que las lenguas tienen esa virtualidad. Respecto a la siguiente granja, que es el escenario principal de la novela, si seguimos con la relación de los pájaros, en sentido griego también pudiera haberse llamado ‘Cumbres del Averno’, lugar sin pájaros, y todos los sinónimos de averno: abismo, tinieblas, castigo, perdición, etc. Porque 'borrascoso' también significa, en español, lugar con desorden, tormentoso, turbulento, difícil y azaroso. Muy bien escogido el título de la novela.

Los niños de la granja primera, Isabella y Edgar, son unos niños malacostumbrados, consentidos, quebradizos y flojos. Un talante que no se corresponde y desentona con el vigor y la fuerza indómitos y brutales del incivilizado, 'pagano', bárbaro y arriscado Heathcliff ni con Catalina. Esta, en un principio amiga leal de Heathcliff, se ve llamada por las condiciones de Edgar que no tiene su compañero: posesiones, corrección, civismo y un porte y presencia interesantes. Catalina, sin embargo, dirá:

Mi amor por Linton es como el follaje del bosque. Me doy cuenta de que mudará con el tiempo, como el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las rocas eternas que hay por debajo; no son precisamente una fuente de gozo visible, pero son necesarias.

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

Después de una urdimbre muy bien trabajada y de  una acción muy ágil, aún quedan ilusión y esperanza en las dos granjas, pero no van a ser ellos quienes las disfruten. Serán sus hijos, genuinos sucesores, los beneficiarios de una tolerancia y un entendimiento natural y familiar. Al lector, sin embargo, siempre le quedará el amor incondicional de Heathcliff por Cathy, como también la personalidad del primero, con una infancia maltratada y cruel de la que pide venganza. Una vida tan siniestra que le ha hecho vivir en la oscuridad, sin importarle los demás:

Heathcliff soportó bastante bien la humillación en los primeros tiempos, porque Catalina le enseñaba lo que aprendía ella y trabajaba y jugaba con él al aire libre. Ambos llevaban camino de volverse tan bárbaros como puedan serlo los salvajes.

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

‘Cumbres Borrascosas’ (Wuthering Heights) y la personalidad de Emily Brontë
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