lunes 26/10/20

El descubrimiento de las pinturas de la cueva de Altamira, una amalgama sobrada de envidia, ignorancia y mala fe

No obtuvo su hallazgo el calor y el mínimo éxito debidos, cuando su impresionante logro para la historia, sin embargo, le opuso al sector más intolerante de la Iglesia y a la aprensión y a la burla, injuria e irrisión de la sociedad científica.

"¡Mira, papá, bueyes!"

"No nos hemos convertido en la humanidad, siempre lo hemos sido..."

"Si las ramas atraviesan el camino, hay que modificar el camino..."

Frases de la película Altamira, de Hugh Hudson

La primera expresión arriba escrita, además de ser cierta -vino del lado de María, la hija de Marcelino Sanz de Sautuola (Santander, 1831-1888), cuando tenía ocho años-, puede ser metafórica e icónica, una imagen o señal que aparece y de la que se pueden extraer muchas lecturas. La primera es el hecho de que la que descubrió las pinturas de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria) fue una niña. Dejando aparte el género de la pequeña científica y sin plantear diferencias, porque no es el tema ahora, los niños, en general, se significan por su enorme inteligencia y capacidad para el buceo en todo lo que les rodea, es decir, para la investigación, para la inquisición de los porqués y búsqueda de las posibles soluciones, y por tener una mentalidad abierta para experimentar todo. Sus capacidades innatas hacen que su interés por comprender sea enorme, y así arrogarse el cosmos que les rodea para aprehenderlo e introyectarlo.

Sautuola deseaba manifestar sus descubrimientos a los más duchos, según él, en la materia

Como María Sanz de Sautuola, conocen y viven con espontaneidad, y sus distracciones y sus coloquios, por ejemplo, muestran en cada momento su hambre de conocimiento y, para ello, los modos y talentos que tienen y aprovechan para descubrir el mundo, todo. Por eso, esa frase de la niña puede ser metafórica y simbólica. Porque para tener espíritu científico, no es necesario más que, en principio, estar libres de ataduras y lastres -“si no os hicieseis como niños…” (Mt. 18:3)-, y estar abiertos a la investigación y a la experimentación directa. Si la misión de los mayores y de la escuela no es tanto expresar qué es la realidad sino brindar los procesos y sistemas que favorezcan al niño para descubrirla -el discovery learning-, en el descubrimiento de la cueva tenemos un ejemplo.

Recuerdo que salíamos de ver la película, Altamira (2016), y escuché a una pintora Se juntaron la envidia, la ignorancia y la mala fe, en una amalgama en la que andamos sobrados. Parece, esta película, un resarcimiento de la familia, que nosotros agradecemos para no perder esa memoria. No andaba descaminada. A Marcelino, al que da vida Antonio Banderas, y cuya afición era la arqueología y antropología, no se le hizo justicia en su tiempo, en 1879, año del descubrimiento de las pinturas en la cueva de Altamira. No obtuvo su hallazgo el calor y el mínimo éxito debidos, cuando su impresionante logro para la historia, sin embargo, le opuso al sector más intolerante de la Iglesia y a la aprensión y a la burla, injuria e irrisión de la sociedad científica del último cuarto del siglo XIX, ante su denuedo por argumentar la verdad de aquella revelación.

Ahora, sus herederos le hacen justicia tras morir este hidalgo cántabro, naturalista, autodidacta y prehistoriador, en la peor chafarrinada que hubo lugar, habiéndosele denunciado de ser un falsario por haber manipulado, incluso, las pinturas. La película también nos muestra la diferencia que hay entre educación, aprendizaje y la etimología de erudición. Aún recuerdo la que nos dio de ella el filósofo Carlos Díaz Hernández, en 1971, en la Universidad Pontificia Comillas, en Madrid. Ante un enorme y completado aforo -muchos, provenientes de otra facultad en huelga-, desarrolló una diatriba en contra de esta palabra. Partiendo de su origen en ‘erudiscere’, rascar la mera corteza, y con el humor lacónico que le sigue caracterizando, derivó en asimilar al erudito como el ‘ratón de biblioteca’, que poco aprende y sus proyectos están lejos de articular un discurso de seguridad y esperanza.

Altamira -Paleolítico Superior- demuestra que convivieron pequeñas sociedades de cazadores y recolectores que se movían normalmente en un vasto territorio

Sautuola deseaba manifestar sus descubrimientos a los más duchos, según él, en la materia, como era el caso del joven prehistoriador marsellés Émile Cartailhac, cuya pública respuesta fue su suspicacia hacia la validez de las pinturas, un recelo que cambió en incertidumbre y, más tarde, en franca ojeriza y agresión difamatoria; en fin, una especie de parasitismo en la ciencia semejante al de los críalos o los cucos en la naturaleza; el marsellés, más por la autoridad y sugerencia del abate Henri Breuil que por propia convicción, finalmente se disculpó en un artículo pasajero de siete páginas en L'Anthropologie, y con suficiente atraso, ‘Las cavernas decoradas con dibujos La caverna de Altamira, España, mea culpa de un escéptico’ (1902), sensiblemente después de la aparición en el mediodía francés, en la Grotte de Font-de-Gaume (1901), de unas pinturas rupestres semejantes. Sus justificaciones, sus explicaciones, no las llegó a conocer el montañés. Había fallecido catorce años antes, sin reconocimiento alguno. Ironías del destino.      

El encuentro de nuestro científico fue silenciado. Se anticipó a su tiempo, pero su asombro y el de su hija ante tal maravilla artística e histórica hubo de esperar. Primero le llegarían, junto con la sinrazón de parte de la comunidad científica, la obstinación y terquedad de un sector de la Iglesia. Su visión de futuro iba a ser rubricada bastante más tarde. Altamira -Paleolítico Superior- demuestra que convivieron pequeñas sociedades de cazadores y recolectores que se movían normalmente en un vasto territorio en el que aprovechaban sus bienes para subsistir.

También puede comprenderse esta actitud insistente y opositora, y, sobre todo, de poder, cuando, tan solo ocho años previos al descubrimiento de los bueyes, Charles Darwin exponía en El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871), planteando por primera vez la discusión del proceso y evolución de nuestra especie y, sin embargo, excluía a nuestros antepasados de “arte alguno”; en la película se reproduce la frase atribuida a Picasso: “Después de Altamira todo es decadencia”. Para Cartailhac, asimismo, aquellos seres prehistóricos carecían de inteligencia alguna. Entonces, cómo podían haber pintado aquellas pinturas maravillosas de artista consumado unos seres tan primarios, y más cercanos a la especie animal que a la humana; y sin detenernos en el giro copernicano que suponía para la Iglesia tener que conjugar los textos bíblicos sobre la Creación con la ciencia. Tampoco había llegado aún a Cantabria ni a España el espíritu acerca de la evolución que tenía Teilhard de Chardin. Nuestro insigne cántabro lo tenía crudo mirase por donde mirase, ni del lado de la ciencia ni del de la religión.

De cualquier manera, nuestro personaje podrá pasar como aquel visionario y precursor al que los oídos ajenos se abren y sus miras se amplían con su mensaje, después de pasado un largo tiempo prudencial.

Solo queda recordar al que fue director, durante veinticinco años, del Museo Nacional y Centro de Investigación Altamira, y siempre admirado José Antonio Lasheras -conservador de museos y arqueólogo, fallecido en accidente hace cuatro años-, por su sueño en la cinta Altamira.

El descubrimiento de las pinturas de la cueva de Altamira, una amalgama sobrada de...
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