jueves 17.10.2019

Los documentos póstumos del club Pickwick, de Charles Dickens

Quien decida leer esta obra se encontrará ante un mundo rico de sentires, de gusto y humor irónico, de lo que significa la intimidad familiar, de un exhaustivo documento educativo, de la fuerza espiritual del ser humano, lo mismo que del valor del protagonista capital de la novela.

Todos los hombres a quien el poder de su genio ha elevado a una soberbia preeminencia suelen tener alguna pequeña debilidad que aparece más evidente por el contraste que ofrece respecto al conjunto de su personalidad (Los documentos póstumos del club Pickwick, Ch. Dickens, cap. XIII).

Los documentos póstumos del club Pickwick es la primera novela del más significativo novelista victoriano, el más distinguido escritor del tiempo victoriano, Charles Dickens (1812-1870), publicada a sus veinticuatro años. Samuel Pickwick es un extravagante caballero, un gentleman incapaz de producir dolor alguno a nadie, según la explicación más mentada entonces sobre este concepto que dio en The Idea of a University (1865) John Henry Newman -presbítero anglicano que se convierte al catolicismo en 1845 y proclamado cardenal en el 79-.

Como era natural y normal en la época, las obras iban escribiéndose por entregas, un sistema más económico para los editores y lectores

Creador y presidente permanente de la sociedad pickwickiana, Samuel con su club se ha autoimpuesto el noble y sustancial fin de buscar y catalogar las más llamativas y excéntricas manifestaciones del ser humano, pese a que como dice el novelista “Es penoso reflexionar sobre la perfidia de nuestra especie […]” (Ibidem, X). S. Pickwick y sus devotos fieles -Tupman, Snodgrass y Winkle-, sin dejar de lado a su leal servidor Sam Weller, van a marchar individualmente por las comarcas más lejanas de aquella Inglaterra de la época victoriana para, más tarde, cada uno comunicar sus propias indagaciones a los demás asociados, a modo de una puesta en común.

Se lanzan igual que anteriormente lo hiciese Don Quijote: este, buscando ‘desfacer agravios’; aquellos, logrando no solo la aventura y el disparate, sino también el arrebatador y penetrante espejo de la época. No en vano a esta novela se la ha calificado de cervantina y, tampoco en vano, Dickens fue un  simpatizante poco común del Quijote. El humor, la aventura, los preámbulos y la forma de espaciar la narración así lo atestiguan.

En Los documentos ya encontramos las ideas que Dickens va a destacar en toda su obra: 

La burla hacia la representación en el Parlamento:

(…) la gente de Eatanswill, como la gente de muchas otras pequeñas ciudades, se consideraban a sí mismos como de la mayor y más extraordinaria importancia, y que cada uno de los habitantes de Eatanswill, consciente del peso que revestía su ejemplo, se sentía obligado a unirse, en cuerpo y alma, a uno de los dos grandes partidos que dividían la ciudad: los Azules y los Amarillos. Ahora bien, los Azules no perdían ocasión de oponerse a los Amarillos, y los Amarillos no perdían ocasión de oponerse a los Azules; y la consecuencia era que, siempre que los Amarillos y los Azules se reunían en público, lo mismo en el Ayuntamiento, que en la feria o el mercado, surgían entre ellos disputas e injurias (...) (Ibidem, XIII).

O de cómo se tomaba todo ese tinglado la gente de a pie, la normal, la de la calle:

(…) y habría salido adelante con toda fluidez el caballero de cara rojiza si no hubiera sido demasiado colérico para darse cuenta adecuada del ánimo de broma de la gente (...) (Ibidem).

(...) Los postillones del otro coche, con sus rostros agitados por sendas sonrisas, contemplaban a sus adversarios desde sus cabalgaduras, mientras Jingle observaba la catástrofe desde su ventanilla, con evidente satisfacción (...) (Ibidem, IX)

Excepto cuando esa gente eran vagabundos y sin techo. El trato que recibían por parte de la autoridad era vejatorio y mortificante. Es lo que le sucedió a Mr. Pickwick, por una confusión, y hubo de probar de ese mismo jarabe:

-¿Quién eres tú, bribón? -dijo el capitán, administrando varios puntazos al cuerpo del señor Pickwick con el grueso garrote-. ¿Cómo te llamas? (Ibidem, XIX).

El presidio, el sistema carcelario o los motivos para ir a prisión; en este caso, la Fleet Prison, la cárcel de deudores:

(...) Había allí muchas clases de personas, desde el trabajador con chaqueta de pana, hasta el pródigo arruinado, con su batín de lana, muy dignamente desgastado por los codos; pero en todos ellos había el mismo aire; una especie de fanfarronería despreocupada e insolente de presidiario habituado, una actitud vagabunda de “a mí qué”, totalmente indescriptible en palabras, pero que cualquiera puede comprender en el momento en que lo desee, poniendo el pie en la cárcel de deudores más cercana, y mirando al primer grupo que encuentre allí, con el mismo interés con que miró el señor Pickwick (Ibidem, XLI). 

O las críticas a la articulación de la práctica de la ley, y a los abogados. Así describe ‘las oficinas públicas de la profesión legal’ para condenación y sufrimiento de los ciudadanos, y para alivio y pago de la profesión:

(...) En su mayor parte, son cuartos bajos de techo y mohosos, donde innumerables rollos de pergamino, que llevan un siglo sudando en secreto, emiten un agradable aroma, que de día se mezcla con el olor de la podredumbre, y de noche, con las diversas exhalaciones que brotan de los abrigos húmedos, los paraguas goteantes y las pésimas velas de sebo (Ibidem, XXXI).

Y en la descripción de uno de los condenados, con la actitud más aproximada y aceptable a la de alguien que está más allá que acá y ya ha decidido marcharse de aquí:

(...) Había huellas de privación y sufrimiento -casi de desesperación- en su aspecto demacrado y consumido por las preocupaciones; y se daba cuenta de su pobreza, pues se encogió al lado en sombra de la escalera en cuanto se acercó el señor Pickwick (Ibidem).

A los quince años, Dickens ya había sido ayudante en el despacho de unos procuradores y, más tarde, taquígrafo judicial, lo que le dio suficientes pruebas y sobrada desconfianza tanto de la política como del sistema jurídico.

En fin, como era natural y normal en la época, y también en cuanto a los escritores españoles, las obras iban escribiéndose por entregas, un sistema más económico para los editores y lectores. En el caso de Dickens, Los documentos abarcaron veinte entregas. Los ávidos lectores, sin esperar haber acabado de leer una, pensaban en la siguiente. Ese fue el éxito de una historia que comenzó siendo lo literario complemento de los dibujos artísticos; su éxito fue de tal magnitud que desde el principio se invirtió totalmente esa relación. Los artistas ilustradores ya no marcaron el camino a los textos dickensianos, sino viceversa; siendo así desde el capítulo tercero en una novela que tiene cincuenta y siete. Ese era el carisma de Dickens: gustaba a todo el mundo por su perfecto conocimiento del género humano y por su capacidad de saber expresarlo.

Quien decida leer esta obra se encontrará, además de con 892 páginas llenas de un estudio de la ciudad frente a la vida rural*, de las imprecisas monomanías ante lo incierto y que no conocemos, de los diversos medios de imaginar los conflictos en la vida, se encontrará -digo- ante un mundo rico de sentires, de gusto y humor irónico, de lo que significa la intimidad familiar, de un exhaustivo documento educativo, de la fuerza espiritual del ser humano, lo mismo que del valor del protagonista capital de la novela, el criado del señor Pickwick, Sam Weller, el más admirado por el novelista y que, en la estructura del ritmo, ideas y temas de la novela, es el nexo de fijación de los delirantes viajeros en el sentido común. ¿Un Sancho Panza más? Puede ser, pero perfectamente adaptado a la época victoriana.

*Noventa y ocho años más tarde, nuestro insigne pasiego Enrique Diego-Madrazo, con afinada observación analiza también las dos distintas sensibilidades en los niños, el del campo y el del asfalto. Publicación D. Enrique Diego-Madrazo: las maestras y los maestros. Su formación, sus cualidades y virtudes (II), de eldiariocantabria, 07/08/2018.

Los documentos póstumos del club Pickwick, de Charles Dickens
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