viernes 30/10/20

El segundo bisiesto

Si, por ejemplo, para los antiguos romanos, el primer mes era el de marzo y luego le pusieron delante otros dos, enero y febrero, qué nos puede importar trascendentalmente que cada cierto tiempo, cada año y medio, según, unos estrambóticos extravagantes científicos nos incluyan un segundo de más. Nuestros móviles y GPS lo pueden agradecer.

Hipogrifo violento,
que corriste parejas con el viento,
¿dónde -rayo sin llama,
pájaro sin matiz, pez sin escama,
y bruto sin instinto
natural- al confuso laberinto
de estas desnudas peñas
te desbocas, arrastras y despeñas?

(Acto 1º de “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca, 1635)

Se queja Rosaura porque su caballo ha perdido el control y ha rodado montaña abajo. La visión de su caballo desbocado, el dinamismo de la acción, el arisco y desigual atropello, furor y tirantez del panorama que se aparece ante nosotros, y ante Rosaura y Segismundo, tan contrario del seráfico y tranquilo carácter del bucolismo tradicional y armonioso… ¿Cuánto dura o puede durar nuestra condición impresionable y emocional y la de estos dos protagonistas?, de ahí que pueda ser interesante la descripción que hace Calderón de la Barca para comunicárnoslo y avisárnoslo.

Cada vez que pone su pezuña en tierra la aguja minutera y nos lo avisa -solo en los relojes antiguos de pared- con el sonido acompasado que producen, pasa un segundo. Ahora, con las prisas y empujones para no llegar tarde a los lugares, un minuto se nos aparece ciertamente más pequeño que hace unos años; por un minuto, más de una persona se ha quedado en puertas de conseguir un trabajo, por no acudir a la hora a una cita o por haber entrado tarde -por un minuto- a un examen de oposición.

Cuando preveíamos que no podía haber más submúltiplos, la ciencia sigue ahondando e inventándose más nombres para el apellido ‘segundo’

No podemos dejar atrás el vértigo y el mareo que nos resulta pensar en la pequeña fracción de un minuto, su sexagésima parte: el segundo. Muy poca cosa, la verdad, pero una inmensidad de tiempo si traemos a colación sus submúltiplos, que los hay. Imagínense por un momento -tampoco mucho, porque son medidas en el lado opuesto de lo interestelar- y podríamos quedar tocados imaginándonos unas medidas tan mínimas, que no insignificantes.

¿Quién no ha sufrido ante un profesor o profesora de Gimnasia -que dieron en llamar Educación Física por eso de las modas, pero que es lo mismo, al referirse ambas al proceso, al arte y al sistema para desarrollar, fortalecer y flexibilizar el cuerpo mediante la práctica y el ejercicio físico-, quién no ha sufrido, digo, cuando ese licenciado, cronómetro en mano, te sacaba los colores vociferando: “¡Fulanito, no vas a aprobar este trimestre, has tardado dos décimas más que la semana pasada. Así que da cuatro vueltas más al patio”!? Y el alumno, sudoroso de haber estado casi media mañana corriendo, con sus piernas más cortas que las de los demás y su anatomía posiblemente menos acorde que la de sus demás compañeros más deportistas, se ponía a correr de nuevo. Eso yo lo he visto. Y la culpa no la tenía el cronómetro, no. Sin embargo, junto con el que lo llevaba todo el día en la mano dándole al pulgar, parando y recomenzando, los alumnos comenzaban a tratar a ese precioso aparato de precisión con desafecto y cierta inquina y aversión.

Todos sabíamos que lo que mide ese reloj son las décimas de segundo, los decisegundos (ds). Pero también los centisegundos (cs), o centésimas de segundo. ¡Madre mía!, esto ya se empieza a complicar. Creo que aquí deberían seguir los físicos, pero los que no lo somos también debemos conocer algo al respecto, sometiéndonos a la dulce y pálida vertiginosidad de estas dimensiones. Por ejemplo, los ordenadores o los aparatos muy lentos de hardware, ya obsoletos, miden los ciclos de máquinas con el milisegundo (ms), en milésimas de segundo, que es lo que viene a medir cada pestañeo o parpadeo; bueno, algo más, concretamente cincuenta milésimas de segundo, por lo que, aunque estemos conduciendo o un cirujano operando en la mesa de operaciones, en un minuto dejamos de ver 1,2 segundos; el microsegundo (la millonésima parte de un segundo), y el nanosegundo (la milmillonésima) son las unidades de tiempo que sirven para medir los artilugios más potentes. El nanosegundo no se utiliza cotidianamente, pero ciertos campos de la química, la física y la electrónica se interesan por esta unidad de medida. Por ejemplo, un nanosegundo es lo que dura un ciclo de reloj que tiene un procesador con 1 GHz (gigahercio). Y también es el tiempo necesario para que la luz recorra unos 30 cm.

Albert Einstein hace un siglo, en las hipótesis de fotoemisión, aseguró que la luz no se componía de ondas, sino de otras partículas, los fotones

Claro, así escrito, podríamos no percatarnos de lo que estamos escribiendo, de la inmensamente pequeña que es esta unidad de medida de tiempo. Y el nombre con el que la han bautizado tampoco engaña, nano, que proviene del latín ‘nanus’, enano. Como dijimos, esta unidad se aplica también para medir las operaciones del campo informático. Y cuando preveíamos que no podía haber más submúltiplos, la ciencia sigue ahondando e inventándose más nombres para el apellido ‘segundo’, necesarios para denominar sus avances, investigaciones y progresos.

Pero ahí está la etimología para ‘conformarnos’ y hacernos ver que, desde la Antigüedad, las unidades de medida del tiempo han cambiado mucho. Así, por ejemplo, cuando entonces no les era necesario dividir más el tiempo, el minuto provenía del latín ‘minuta’, pequeña. Y el segundo, de ‘segunda’, es decir, segunda parte menor o más pequeña, en la forma como quedaba dividida la hora.

No vamos a entrar en el picosegundo, esa ‘pequeña cantidad que excede’, la billonésima parte del segundo. Ni en el femtosegundo, la mil billonésima parte del segundo, que fue hasta 2004 la fracción temporal más pequeña que se midió. Desde 1990, las operaciones de la hipermetropía, la miopía o el astigmatismo han llegado a perfeccionarse inigualablemente mediante el láser y el femtosegundo. También, las cirugías de córnea pueden llevarse a cabo sin cisura alguna con este método.

¿Y en el attosegundo, la trillonésima parte de la unidad del segundo, muy interesante en el ámbito de los láseres? Pues sí, científicos alemanes últimamente lograron producir pulsos láser, y medirlos, que solo duraban ochenta attosegundos. También, hace seis años, investigadores en la UAM han publicado “la primera evidencia experimental de la migración ultrarrápida de carga electrónica en una molécula de interés biológico” (UNED, noviembre de 2014): los láseres, la medicina, el cine,… son campos en que nuestro amigo, el attosegundo, tiene algo que decir.

Y Albert Einstein hace un siglo, en las hipótesis de fotoemisión, aseguró que la luz no se componía de ondas, sino de otras partículas, los fotones. Desde entonces acá, la fotoemisión ha sido definida como el proceso mediante el que un electrón -partícula atómica de carga negativa- se separa instantáneamente del átomo, cuando dicho átomo atrae energía proveniente de un ‘cuanto de luz’, como llamaba A. Einstein a lo que modernamente se llama fotón; Pues bien, la fracción temporal más corta registrada jamás es la de veinte attosegundos. No puedo certificar si tenemos una fracción de tiempo más corta, por aquello de la rapidez en la investigación del tiempo. Todo es vertiginoso.

Y, sin embargo, hay más, sí. Hay más submúltiplos del segundo: el zeptosegundo y el yoctosegundo. Pero dejémoslo por hoy. No se usan a diario, y quiero explicarles el motivo de este artículo. Como el tema tiene que ver con el ritmo vertiginoso del tiempo y una noticia o noticias candentes generadas en un momento determinado al poco tiempo hacen plof, porque la gente necesita otras nuevas, otras noticias nuevas, como si la primera noticia que tanto nos llamó la atención hubiese degenerado en un bluf -eso sucede sobre todo en la política-. Y es inverosímil en el mundo científico. Parece por ello que se nos ha pasado (tan pequeño es un segundo) que varios años ha tenido un segundo de más para sincronizarse, simultanearse, con nuestro planeta. Años que han sido un poco más largos. Solamente un segundo, pero ya sabemos las grandes dimensiones que tiene un segundo si nos fijamos en sus submúltiplos. Y todo, para compensar las arritmias o desigualdades que tiene la rotación de nuestro planeta.

Intercalamos un segundo a un día determinado, por mor de la rotación terrestre; e intercalamos un día más en un calendario, en los doce meses de un año, por causa de la traslación de nuestro planeta

Hablábamos al principio de que cuantas veces pone su pezuña en tierra la aguja minutera pasa un segundo, significando con ello el galope -a veces tendido- del tiempo. Ese tic o ese tac acompasado, y complementario, nunca mejor dicho, le hemos tenido desde el año 1972, con una periodicidad más o menos de año y medio entre uno y otro, y que unas veces cae el último día de junio, y otras en el fin de año. Y hasta el año 2023, tendremos esa cadencia.

Pero, ¿por qué es necesario enredar con todos los cronógrafos y relojes habidos y por haber?, ¿por qué la Tierra ha de dar la batalla a los cuatrocientos relojes atómicos que se utilizan y distribuyen en setenta lugares de investigación y experimentos o laboratorios científicos esparcidos por el mundo?

No es la primera vez que se intercala ese segundo, como hemos dicho -por eso también se le llama ‘segundo intercalar’-. Los cuatrocientos relojes y setenta laboratorios de los que hablábamos anteriormente son muy importantes, porque miden y acuerdan el Tiempo Universal Coordinado (UTC). Pero esto tiene un inconveniente porque estos relojes son, si cabe, más estrictos o correctos que la propia rotación terrestre: es por ello que aparecen poco a poco diminutas magnitudes anisosimultáneas entre el tiempo solar, según la rotación terrestre, y la hora del tiempo universal coordinado (UTC). Además, como la rotación terrestre se corresponde con las secuelas gravitatorias de nuestro satélite, la Luna y por las erupciones volcánicas y terremotos, lo que tardamos en dar una vuelta sobre nosotros mismos, nuestros días, no es uniforme: unas veces se adelanta; otras, se atrasa.

¿Y por qué debemos estar todos los terrícolas interconectados de tal manera? Los segundos bisiestos o intercalares se sobreponen o se fijan de manera simultánea, sincronizada, para todo el mundo. Si no, los GPS, por ejemplo, y sistemas similares, que demandan y piden esa perfecta sincronización, tendrían extraordinarias dificultades. La inocencia de un segundo puede encerrar efectos perjudiciales en la UTC, en la regulación de nuestros relojes cada año, si no intercalamos este segundo bisiesto.

No hay que preocuparse con estos cambios. Siempre hubo modificaciones, por ejemplo, también en los calendarios, y en el nuestro también. Precisamente para acordar y acompasar el tiempo oficial con el tiempo solar, aunque estamos hablando ahora de diferentes tiempos. Así, intercalamos un segundo a un día determinado, por mor de la rotación terrestre; e intercalamos un día más en un calendario, en los doce meses de un año, por causa de la traslación de nuestro planeta. Sin embargo, seguimos viviendo igual. Si, por ejemplo, para los antiguos romanos, el primer mes era el de marzo y luego le pusieron delante otros dos, enero y febrero, qué nos puede importar trascendentalmente que cada cierto tiempo, cada año y medio, según, unos estrambóticos extravagantes científicos nos incluyan un segundo de más. Nuestros móviles y GPS lo pueden agradecer, y nosotros agradeceremos más poder seguir besándonos al lado de la aceleración de la marea y debajo de la Luna, con o sin segundo bisiesto.

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