Sábado 23.02.2019

‘Esplendor en la hierba’

Cuando se publica Poems in two Volumes”, a los que pertenece esta Oda, el poeta tiene 37 años. No creo que hubiera dejado de ser joven el poeta ni que se sintiese viejo o anticuado, un hombre que duró aún cuarenta y tres años más y que tuvo una infancia y juventud en una inseparable intimidad y comunicación en medio de la naturaleza, lo que hace fácil suponer que esa variable actuaría honda, inacabable y poderosamente en su estilo, genio y sentimientos. 

 

(…) aunque nada pueda hacer

volver la hora del esplendor en la hierba,

de la gloria en las flores,

no debemos afligirnos,

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo…

De “Oda a la inmortalidad” (1807) – William Wordsworth (1770-1850)

Como casi siempre, vuelve a ser el cine el que nos hace encontrar a un guionista y a un poeta. El guionista, William Inge; el poeta, el romántico inglés William Wordsworth. Ambos van a ser en quienes se fije el genial y controvertido Elia Kazan para dirigir la película ‘Esplendor en la hierba’, en 1961. Precisamente no era esta su película preferida. Para él, no podía quitar espacio a ‘América, América’, dos años más tarde; prueba de ello es que, según los datos de G. Belinchón, en colaboración con A. Rubín, Kazan en “Mi vida” -sus colosales memorias-, solo dedica a la película en cuestión la mitad de un uno por ciento de páginas. Candidata a tres Globos de Oro a la mejor película y a los mejores actor (Warren Beatty) y actriz (Natalie Wood) protagonistas, y también candidata al Óscar a la mejor actriz protagonista, sí logra ganar el Óscar al mejor guión original; sin embargo, críticos, articulistas y amantes del cine siempre han reconocido en ella a uno de los más destacados trabajos de E. Kazan. 

En cuanto al fragmento de la Oda a la inmortalidad, de Wordsworth, transcrito arriba, opino que la traducción al pie de la letra de su medio y último verso debería ser “más bien encontremos fuerza en lo que queda atrás”, hoy lo cultural, quizás lo posmoderno, dice que el pasado ya pasó, murió, como si lo que nos identifica lograse zafarse del pasado, un brazo de mar que nos educa, nos forma e ilumina; o también es traducible, por lo anterior, como  “pues hallaremos fuerza en el recuerdo”. Imagino que traducir poesía es más complicado que conseguirlo en un texto más trivial. Por eso, considero que la traducción libre que se ha hecho siempre del verso del que estamos hablando es mejor, se entiende y explica mejor. El poeta inglés seguramente no se opondría. Nuestro idioma lo entiende mejor así, como está. Por otra parte, cuando se publica Poems in two Volumes”, a los que pertenece esta Oda, el poeta tiene 37 años. No creo que hubiera dejado de ser joven el poeta ni que se sintiese viejo o anticuado, un hombre que duró aún cuarenta y tres años más y que tuvo una infancia y juventud en una inseparable intimidad y comunicación en medio de la naturaleza, lo que hace fácil suponer que esa variable actuaría honda, inacabable y poderosamente en su estilo, genio y sentimientos. 

Quiero decir con esto que los versos anteriores a los expuestos que hablan de la juventud perdida parecería que están pensando en pasado; y, sin embargo, ¿a qué juventud se refiere una persona de su edad y tan lozana? No a la de los años que vamos teniendo, sino al espíritu y libertad que vamos dejando atrás. Considero que esos esplendores y esa gracia al comienzo de nuestras vidas van tansformándose -que no consumiéndose-, como también dice el Principio de conservación de la energía, en otras fuerzas también bellas.

Así, cuando escribe “Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba” está embelleciendo el mensaje del paso del tiempo con una metáfora​

Así, cuando escribe “Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba” está embelleciendo el mensaje del paso del tiempo con una metáfora, aclarándonos que seremos inmortales en la medida en que seamos capaces de recordar la belleza, la fuerza y el élan vital de lo que un día fuimos y sentimos. Ni más, pero tampoco menos. Inge, buen observador, nos indica la torturadora desdicha particular de los protagonistas motivada por una serie de circunstancias -la familia, las nuevas responsabilidades al ir creciendo, la situación económica y social decadente…- que les hacen separarse cada vez más. El final parece sellarnos que su amor sigue subsistiendo en el recuerdo, si bien es un límite del mundo concreto. Es ese aroma agridulce latente en la oposición de ahuyentar aquello que nos destruye y duele y a la vez partir hacia ello, o cuando debemos desaprovechar y desvanecer mucho en nuestra vida para alcanzar a recordarlo.

Poseemos a veces esa vaguedad oscura que no nos hace ignorar y sí ver perfectamente la anemia y el decaimiento de Bud Stamper, el amor y vigor de Deanie Loomis, la insipidez desagradable del impetuoso y energúmeno Ace -padre de Bud- o la asexualidad de la madre de Deanie. A Kazan, el director por antonomasia, nunca le fueron ajenos estos avatares. Puso suficientemente de sí en sus películas, elaborando un cine muy propio e individual asentado en la constante y tirante simetría entre lo que es y los sueños. Se contagió de Tennessee Williams con la habilidad de entender y sorprender los rincones en donde se encubre y quiere desaparecer lo antipático y repulsivo, la desazón, lo ambiguo y oscuro, lo humillante y triste y lo despiadado de la naturaleza del ser humano, de la gente que camina por la vida y que difícilmente los pobres mortales como nosotros no reparamos en ella porque no tenemos ganas ni tiempo de hacerlo ni ojos capaces de verla. Al fin, si la sociedad, los demás, no son un sueño, un encanto, es porque nosotros tampoco lo somos.

-Oh, Deanie, no sé lo que me pasa últimamente.

Estoy perdiendo el control.

Eres la única que me importa.

¿No te das cuenta, Deanie?

 

-Espero serlo

Todo el talento del que se sirve Elia Kazan en cada una de sus películas lo aprovecha para reflejar un mundo tan desagradable como el roce en una herida, tan torturador como una lesión en la cervical C2; y, sin embargo, ‘Esplendor en la hierba’ considera todos los factores y todo el fundamento de la comedia romántica o, mejor, del drama romántico. Desde el arranque, el espectador queda instalado en algo sobradamente tenso, y por otra parte, casi excesiva y extremadamente intenso en la pantalla, inevitablemente abocado a reventar. Por ejemplo, si emplea algo trivial y anodino como un romance de juventud en un ambiente de honestidad mezquina, distribuyendo a las chicas entre livianas y decorosas, no es más que para trasladarnos la imagen romántica de la huella del tiempo que pasa, de la gran zancada que simboliza el paso de la juventud, y que queda subrayado al final de la película, porque después de tantos infortunios, Bud ya no es el chico esplendoroso, capitán del equipo del instituto, esparciendo testosterona a su paso.

Cualquier fotograma le vale al director para expresar lo que a él le cautiva y, por si no había quedado claro en algún segundo del celuloide, queda anudado en ese final menos dulce que agrio, y muy amargo, a pesar de que les quedan en su despedida los versos de Wordsworth, el anhelo, la lozanía, el ensueño. Deanie es la que menos ha cambiado, a parte de sus sufrimientos. Liberada de una madre que nunca entendió nada, y de su chico que ella en un tiempo descubrió con la luz de su pasión como alguien atractivo y alucinante, cuando en realidad era un joven suficientemente simple y sin arte.   

‘Esplendor en la hierba’
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