lunes 10/8/20

Giacomo Manzù, el escultor italiano comunista, amigo inseparable del papa Juan XXIII

Manzú imaginó diversas esculturas religiosas, de suerte que su selección para el “Busto del papa Juan XXIII” fue ajustada y conforme, y de manera autorizada. El sentido del escultor sobre el papa nos recuerda la confianza y la verdad, la naturalidad y espontaneidad, de las láminas pintadas en las primeras etapas del Renacimiento que materializaron Rafael o Tiziano con los papas contemporáneos suyos.

El escultor Giacomo Manzù, el comunista y amigo entrañable de san Juan XXIII -el Papa Bueno-, fallecía el 17 de enero de hace casi treinta años. Giacomo Manzù (1908-1991), seudónimo de Giacomo Manzini, moría a los ochenta y tres años, llegando a ser el escultor italiano más importante del pasado siglo. Como comunista, recibió el Premio Lenin de la Paz, homólogo al Premio Nobel de la Paz, y que se otorgaba cada año en la URSS a quienes hubiesen “contribuido a la causa de la paz entre los pueblos”. No en vano, su última creación -ubicada en la entrada de las Naciones Unidas, de Nueva York- es Himno a la vida (1989), una enorme escultura de siete metros.

El artista significó mucho en el ámbito social y en el del arte; ambos unidos, porque a su frenesí por la manifestación escultórica siempre estuvo unida la clara y pura idea por la decencia, la justicia y la política. El papa Juan XXIII le hubo confiado el grabado en bronce de una de las cinco puertas que abren la Basílica de San Pedro, “La puerta de la muerte” (1964). Giacomo, defensor de las causas justas, nunca perteneció al PCI -Partido Comunista Italiano- y, aun con las ideas comunistas, nunca dejó de ser católico. Parecida relación a la que, como autodidacta, siempre mantuvo en la escultura. Sus lazos eran de libertad.

Mientras cumplía su servicio militar, aprovecha para un acercamiento al arte

Al otro lado de los Alpes estaba reapareciendo una escultura nueva, siendo uno de sus artistas más notables Giacomo Manzini, perteneciente al movimiento del Realismo Social. Eran los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y nuestro bergamasco, undécimo hijo de un zapatero y sacristán, ha de ponerse aprisa a trabajar. Se inicia en el trabajo de la madera y, mientras cumplía su servicio militar, aprovecha para un acercamiento al arte, ve las puertas de la Basílica de San Zeno, en Verona, las examina y reflexiona sobre ellas. Lo mismo hace también con las copias de la Academia de Bellas Artes Gian Bettino Cignaroli. Es el comienzo del nuevo arte italiano comenzado en los años 30s y que arraiga en los 40s. Relega el ‘clasicismo’ y abraza una huella romántica anudada a la impresión diaria de cada escultor. Los conductores serán Martini -Scultura lingua morta (1945), Messina -Estatua de Costanzo Ciano (1940), Marini -Busto en bronce de Igor Stravinsky (1951)-. Y Giacomo Manzù. Ellos son los mejores representantes. 

Manzú imaginó diversas esculturas religiosas, de suerte que su selección para el “Busto del papa Juan XXIII” fue ajustada y conforme, y de manera autorizada. El sentido del escultor sobre el papa nos recuerda la confianza y la verdad, la naturalidad y espontaneidad, de las láminas pintadas en las primeras etapas del Renacimiento que materializaron Rafael o Tiziano con los papas contemporáneos suyos; en nuestro caso, el papa está de frente y, como era propio en él, con franqueza. Está ataviado con una indumentaria enteramente natural, dentro de lo que venía siendo la norma papal ad hoc: la capa corta o mozetta y el camauro, o gorro rojo, que dejó de utilizarse después de su papado y que Benedicto XVI volvió a usarlo en 2005. Además, la impávida estabilidad de la figura es un melancólico recuerdo del escultor italiano de comienzos del Renacimiento, Donatello.

El más célebre escultor de la Italia del siglo pasado, quien declaró en alguna ocasión que el arte de la escultura de ningún modo es una idea, un pensamiento, 

"La escultura es el gesto de las manos. Un gesto  de amor. En el gesto del cuerpo yace la relación con el mundo"

se entregó por entero al retrato del ser humano, haciendo hincapié en la forma más sintética posible y en el ser del objeto por esculpir y, por ello, diferenciándose su actividad de la de los artistas de su tiempo más tradicionales; investigó la realización de esculturas que fueran no solo símbolo de lo esculpido, sino que asimismo protagonizaran representaciones de significación universal a quienes fuesen atraídos a su contemplación.

Manzù, el artista de la paz, que termina su escultura ‘La madre de la paz’ (1989), cuando ya había alcanzado sus ochenta años, la ve inaugurada en el palacio de cristal de las Naciones Unidas de Nueva York, una escultura en bronce de seis metros, y que representa la madre de la paz, una mujer, alzados los brazos, que tiene a su niño asido a su corazón, también levantados los brazos. Al año siguiente fallece, pero había significado para el artista el postrero de los mayores desafíos en su hermoso e importante recorrido estético y escultórico en cuanto a sus apreciables elaboraciones para el gran público.

Los apelativos de ‘artista de la paz’ o ‘escultor de la sensualidad’ tiene un común denominador, el de la humanidad, no poder entender las masacres humanas

Los apelativos de ‘artista de la paz’ o ‘escultor de la sensualidad’ tiene un común denominador, el de la humanidad, el no poder entender las masacres humanas y, a su forma, luchar contra ellas. Le había ayudado a ese despertar de los sentidos, precisamente una niñez de máxima pobreza. Parecía un sarcasmo, una desobediencia en toda regla, a los principios éticos, ecológicos y pacíficos del artista, el que comenzase a sonar, en contra del sentir de mucho más de medio mundo, el ruido de los tambores de guerra, retrasando el paso de la humanidad, como si de una época medieval estuviésemos hablando. Al día siguiente de su fallecimiento, Di Giacomo, su viuda, intentaba explicarlo ante la inminente invasión y guerra en Irak:

Por suerte, él, que tanto amaba y tanto había trabajado por la paz, se fue sin darse cuenta del nuevo fragor estallado en el golfo (Arias, J., 19 de enero de 1991. Fallece Giacomo Manzú, el escultor comunista… El País).

A los treinta y un años, cuando emprende la colección  de sus entretallas en bronce con contenidos religiosos - ejemplos de las Crucifixiones y el Descendimiento- estaba aludiendo, con el recuerdo significante del holocausto de Cristo, a los espantos de las conflagraciones entre los pueblos y las profanaciones de los sistemas totalitarios y fascistas. Un año más tarde, es profesor en Milán, y también, en Turín; sin embargo, al desencadenarse la 2ª Guerra Mundial, se desplaza a Clusone.

NUDO GORDIANO PARA EL SINSENTIDO

Tuvo muchas críticas el papa Juan (1881-1963) y tantas suspicacias o más que Manzini. Este no necesitaba tener mecenas en el Vaticano, cuando antes y después de estos trabajos ya había sido reconocido internacionalmente por sus encargos y exposiciones –EEUU, Salzburgo, Tokio, Rótterdam- y por sus escenografías para diferentes óperas. Al papa tampoco le hacían falta más enemigos que los que ya tenía a raíz del Concilio Vaticano II; por lo tanto, solo queda pensar que a un atolladero o contrariedad irresoluble o a una dificultad infranqueable que solo permite explicaciones imaginativas, pertenecientes al pensamiento lateral, les correspondía ‘cortar el nudo gordiano’, es decir, solucionar concluyentemente, sin miramientos, el rompecabezas que tenían ante sí el papa y su amigo el escultor. No repararon en investigar una opción para aquel paradigma: tenían ya descubiertas todas y cada una de sus posibles consecuencias, y no les importó. El conservadurismo e inmovilismo no podían tener espacio entre un artista y un dirigente de una iglesia ecuménica. 

Fueron dos extraordinarias e inusitadas personalidades, con cuyos aspectos de ambos la mayoría social siguió confiándose a la apertura de nuevas rutas en el pensamiento, en la religión y en la relación con los demás. Uno, de una manera más directa y por el papel que representaba; el escultor, en todo observador que se acercase a su obra. E imaginamos a los dos en la espiritualidad y sensualidad del arte y con la dedicación y el respeto a la actividad y buen hacer. Pero también, descubrimos nuevos rumbos con su abnegación hacia los demás y su compromiso social y político con los sin voz, con los desamparados y empobrecidos. Ambos, con su proximidad, antes o después nos cedían toda su posible solidez y confianza. Eran y habían sido tan paradigmáticos que cualquiera pudiera pensar que siempre habitaron con nosotros y que así sería eternamente. Y lo consiguieron.
 

Giacomo Manzù, el escultor italiano comunista, amigo inseparable del papa Juan XXIII
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