lunes 19.08.2019

José Higueras Mora, la luz de La Mancha

El pintor no deja indiferente al espectador, que queda asombrado, preguntándose de dónde puede venirle esa inspiración, esos campos cuya naturaleza, bien hiperrealista, bien difuminada, consigue el aire de la niebla, borroso, pero que delinean al observador, proyectándole a continentes de la fantasía y de la poesía, propiamente humanos.

¡Me gustan tus acuarelas, maestro!
Me parecen frescas, llenas de vida.
Tienen hasta… ese puntito de picardía.
Dejas correr el agua por cauces…
¿de melancolía? No. Están llenas
de luz, de ricos matices…
que a mí me parecen…
¡esa fragancia tuya!
Higorca Gómez Carrasco

Contemplar los óleos y acuarelas de José Higueras Mora (Camuñas, Toledo, 1943), el que pinta la luz, es ganar el tiempo deleitándose; es, una vez dejado de ver el cuadro, sentirse transformado. El pintor no deja indiferente al espectador, que queda asombrado, preguntándose de dónde puede venirle esa inspiración, esos campos cuya naturaleza, bien hiperrealista, bien difuminada, consigue el aire de la niebla, borroso, pero que delinean al observador, proyectándole a continentes de la fantasía y de la poesía, propiamente humanos. Sus múltiples registros del color, exentos de abigarramiento, son de un detalle y estilo, y de un gusto, que le hacen merecedor de ser un artista reconocido y encomiable. Y lo es.

El movimiento entre la luminosidad y la naturaleza se refleja en la obra de este artista singular

Su infancia transcurre imaginando dibujos, soñando pinturas y, en su juventud, pone la vista en París. Quiere pintar y desea exponer, tan seguro está de su oficio. Allí recibe clases, invitado por el paisajista Jean Marie Lefeuvre. Regresa a España, continúa aprendiendo dibujo de la mano de Cestero, en Zaragoza. Pasa a Madrid y pinta en el taller de Manuel López-Villaseñor y López-Cano: reencuentro con el puro realismo. Amplía su experiencia en Francia de nuevo, en Bélgica, Alemania, Japón… No es difícil adivinar, observando sus cuadros, cuál es la energía que puede hallarse en este artista. Su mujer, Higorca, la resume en el periódico neoyorquino del que es editora:

… es un hombre de carácter serio, de mucha palabra. Al mismo tiempo amable, bonachón, amigo de sus amigos. Ha sembrado amistades por todas partes dónde ha estado. Le gusta ayudar en todos los sentidos a todo aquel que se acerca (Higorca: Maestro Juan Higueras Mora: el pintor de la luz, en ‘Long Island al Día’).

Convaleciente de una enfermedad, decide elegir la acuarela, de secado más rápido, frente al óleo con el que comenzó su andadura. La nueva técnica le hará plasmar su verdadero arte del dibujo, manifestando una vez más su habilidad en la pintura. El movimiento entre la luminosidad y la naturaleza se refleja en la obra de este artista singular destinado a contagiarnos de la iluminación y realidad existentes en todo cuanto observa y lleva al caballete.

Nos contagia porque la comunicación entre el pintor y el espectador carece de injerencias o estorbo alguno

Nos contagia porque la comunicación entre el pintor y el espectador carece de injerencias o estorbo alguno. No hay que utilizar ninguna clave que pudiera interferir esa comunicación necesaria. El único secreto para hallar el corazón y el fondo del pintor está en lo que nos deja su obra que nos es familiar porque nos es fácil percibirlo: valores y sentimientos hondamente humanos. La calma, humanidad -aun no habiendo figura humana-, las texturas y significados del color, la paz, la razón ordenada, la sinceridad y el ánimo al admirar cualquier obra suya son los regalos de este trabajador del pincel, las sensaciones que nos comunica.

Ese es el sello de su arte, ese es el renombre que lleva consigo José Higueras que no ha dejado de realizar verdaderas y hermosas experiencias artísticas. El interrogante radica, quizá, donde estuvo siempre, es decir, la creación realmente armoniosa es la más eficaz para transmitir diversas -coincidentes y continuadas- esferas de comunicación o, expresado de diferente guisa más amable, para conversar con la totalidad de los seres humanos, pese a que -y esto es fundamental- no al conjunto de esa totalidad le haga opinar de igual manera.

HIGORCA GÓMEZ CARRASCO, EL AMOR DE SU VIDA

"Mis páginas están dedicadas a un pintor, a un hombre sencillo y humano"

Higorca es la seguidora por excelencia de José, su más acérrima defensora. Escribe asiduamente en el periódico digital de Nueva York Long Island al Día. Aquí ya ha publicado una treintena de artículos sobre el pintor en donde va haciendo una semblanza, desde los comienzos, delineando de una manera personal y muy detallada la vida de José y la suya propia. Al mismo tiempo, trabaja en varios blogs, lugares ideales, y los mejores, para ella, que nos permiten entrever diariamente estas ocupaciones suyas: Higorca también pinta. Como escribe en su máxima, en la declaración de intenciones de uno de ellos -que nos interesa más ahora -, sus “páginas están dedicadas a un pintor, a un hombre sencillo y humano, estudioso del mundo pictórico, y, sobre todo, amigo de sus amigos”.

La ensambladura entre la poesía de Higorca Gómez y la pintura de José es total, difuminándose ambas sensaciones en una suerte de sinestesia tal que puedes encontrarte leyendo un cuadro y, a la vez, contemplando los versos de esta poeta y pintora:

Silban sobre la cabeza…
No parecen cantos de pájaros.

¡Corred, niños, corred. Son bombas!

¿Dónde nos refugiamos?
¡Ya no tengo casa, ya no tengo nada!

Detrás de un árbol caído,
Quizás el tronco te sirva
Para proteger tu cuerpo desnudo.

Y… silban de nuevo.

¡Mamá, mamá, tengo miedo!
¡Ven pronto por si acaso muero!

Y… silban de nuevo
Como cruel y horroroso canto
En una tierra que, más bien, parece
Un doloroso desierto.
Nadie respira, nada se oye,
Casa derruidas, sin cristales,
Sin puertas, sin llantos,
Sin techos ni chimeneas,
Sin niños jugando en la calle,
Sin flores que adornen la acera,
Sin alma que pueda suspirar
Por un feliz mañana.

Higorca Gómez Carrasco, sobre el óleo Siria, de José Higueras Mora.

José Higueras Mora, la luz de La Mancha
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